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Playas

El lado B de vivir en un paraíso turístico: dos cordobeses en Jericoacoara

Una pareja se instaló en uno de los destinos más renombrados del nordeste brasileño. Cómo es la vida a miles de kilómetros de Córdoba y a sólo unos pasos del mar.

Por Juan Manuel Pairone (especial).

En el nordeste de Brasil, en el lejano estado de Ceará, a casi 2.900 kilómetros al norte de Río de Janeiro se encuentra Jericoacoara, una perla caracterizada por su paisaje de dunas y aguas de colores imposibles.

En los últimos años, esta pequeña localidad ubicada a 300 kilómetros de Fortaleza y aislada entre montañas de arena se convirtió en un destino turístico de fama internacional, catalogado como “paraíso” en más de una crónica viajera.

 

Por esta misma razón, allí han recalado muchos cordobeses en busca de un trabajo temporario o de una aventura distinta. David Socolocci y Emilia Maccario, dos cordobeses que viajaron en pareja hacia aquellas latitudes, estuvieron los últimos cinco meses allí y acaban de dejar la villa de Jericoacara para instalarse en Preá, a sólo 13 kilómetros.

Una isla

Jericoacoara tiene la particularidad de estar incomunicada, sin caminos que la conecten a los pueblos cercanos. Allí sólo se puede llegar a través de las dunas, en vehículos especiales, o por la playa. “Tiene una lógica de isla aunque no lo sea físicamente. No está rodeada por agua pero está aislada en muchos sentidos”, comenta David. “En el ideario de la gente se habla de salir de ‘Jeri’, no de ir a otros lugares”, ejemplifica, al tiempo que señala la disparidad de precios en relación con los parajes vecinos.

“Lo ideal es trabajar en ‘Jeri’ y vivir afuera, donde todo te sale la mitad”, añade el cordobés. “Muchos nos quedamos en el pueblo porque vivir afuera implica viajar todos los días, tener menos tiempo libre y una vida más urbana”, razona, aunque comenta que un alquiler puede resultar hasta cinco veces más caro en Jericoacoara que en cualquier de los poblados cercanos.

 

En el último tiempo, muchos argentinos llegaron hasta allí buscando trabajo, sobre todo en el rubro gastronómico y hotelero y también en la gama de actividades relacionadas con uno de los deportes que pueden practicarse en las playas más agrestes: el kitesurfing. “Los brasileños que vienen a instalarse desde otros lados en general ya caen con un emprendimiento propio”, compara David.

Moradores y locales

Como en cualquier lugar pequeño en plena expansión, en Jericoacoara se distingue muy bien a los habitantes nativos de los “moradores”, aquellos que vienen a aprovechar el crecimiento económico del lugar en épocas de temporada alta. “Para que me hagan descuento en las tiendas o cuando voy a comprarles a los pescadores, tuve que ir logrando que me reconocieran, ser un cliente medianamente habitual, charlar un poco”, dice David, que destaca la vida de pueblo que ofrece el lugar.

Hay una diferencia muy clara entre el centro del pueblo, donde todo es un poco más caro, y la parte de más arriba, donde vive la gente más humilde. Esa parte es más parecida a un pueblito típico del nordeste. La otra ‘Jeri’ es más como un shopping”, explica Socolocci. Sin embargo, pese a la oleada de nuevas costumbres que sacudió al pueblo, los miles de kilómetros de distancia con Córdoba se hacen sentir.

 

Parecen culturas cercanas pero hay abismos de diferencia. Aunque ‘Jeri’ no es un pueblo típico, está enclavado acá. Las diferencias culturales son fuertísimas”, asegura David. “En Córdoba uno está acostumbrado a preguntar por todo. Acá también, pero es más complejo. Son mucho más relativos. Cuando yo preguntaba dónde podía comprar pescado fresco me decían ‘tenés que ir a la playa’. No son muy específicos a la hora de explicarte las cosas. Estuve dos semanas hasta que me di cuenta de cómo podía comprar el pescado que quería”, ejemplifica.

En el caso de la lengua, el "portuñol" no parece ser opción por estos lados. “Uno se imagina que es portugués, que lo va a entender, mal que mal. Y sí, pero al principio cuesta muchísimo. Hablan un portugués muy cerrado, muy rápido. Si ellos no están dispuestos a que vos lo entiendas, es como si escucharas a dos vietnamitas charlando, literalmente. No entendés nada si ellos no quieren”, grafica David.

Otro lugar

“En Córdoba teníamos unos horarios más relajados, supernocturnos. Yo, como temprano, me dormía a la 1 de la mañana. Acá todo a las 21 está cerrando. El día empieza muy temprano, el sol sale a las 5.30 y se pone a las 17.30, 18. Es de noche muy temprano, se cena muy temprano”, enumera Emilia.

 

Ambos mencionan las calles completamente de arena y la cercanía del mar, al que necesariamente hay que empezar a entender. Todos los días se espera la puesta del sol: es un momento preciado y esperado. Y cuando los puestos de caipirinha se ponen de acuerdo la fiesta y el baile también se dan cita en la playa.

El clima acompaña esa vida atravesada por la naturaleza y su presencia imponente. “Es muy raro encontrar una casa que tenga ventanas de vidrio”, ejemplifica David, que dice que se olvida de la ropa y anda en malla prácticamente todo el tiempo, listo para darse un chapuzón en el mar en cualquier momento.

15 minutos es lo máximo que podés caminar para llegar a la playa”, acota Emilia, que destaca con énfasis la posibilidad de aprovechar un hueco en el horario laboral para refrescarse y volver a la rutina. David lo tiene claro y, por ahora, lo disfruta como un lujo cotidiano: “Ir a nadar al mar a las 7.30 y después encarar tu día está fantástico; te cambia mucho todo”.

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