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Playas

“Jeri”, donde el sol se esconde sobre el mar

Situado en el estado de Ceará (Brasil), Jericoacoara encandila con dunas interminables, lagunas turquesas y uno de los mejores escenarios del mundo para practicar deportes de viento.

Por Marcelo López (Especial).

Visitar Jericoacoara (o “Jeri”, como le dicen todos) es una pequeña aventura que vale la pena vivir. Sin dudas es un destino diferente a lo que uno puede imaginar si asocia las palabras “playa” y “Brasil”. En primer lugar, porque está fuera de los circuitos tradicionales, aunque en los últimos años haya ganado un espacio en la oferta y los catálogos de turismo. En segundo lugar, porque su paisaje no responde al estereotipo de destino costero y, en tercer lugar, por el camino que hay que emprender para llegar hasta allí.

DATOS ÚTILES. Información útil para disfrutar de Jericoacoara.

La arena

El camino a “Jeri”, asentada en el interior de un parque nacional que lleva su nombre en el estado de Ceará, casi siempre comienza en Fortaleza. De ahí parte un ómnibus de turismo a un viaje de casi dos horas por el nordeste árido de Brasil, entre palmeras, campos vacíos y parques eólicos, hasta llegar a la localidad de Jijoca de Jericoacoara.

Previo pago de la tasa de ingreso al parque, hay que acomodarse en camionetas acondicionadas con asientos de madera y estructuras tubulares para llevar pasajeros dentro y equipaje en los techos. Está todo coordinado, por lo que no hay demasiada pérdida de tiempo ni posibilidad de confusiones.

Se parte recorriendo calles asfaltadas pero donde la arena ya se hace sentir, pasando entre pequeñas casas coloridas con las puertas abiertas para mitigar el calor. Motos y bicicletas estacionadas son la única prueba fehaciente de que hay vida humana.

Pronto, el camino se transforma hasta hacerse una mezcla de tierra y arena, mientras la camioneta se adentra en el corazón del parque. Algunas cabras, unas pocas vacas, casas desperdigadas, alambrados escuálidos y muchos árboles enmarcan el recorrido.

En un momento, el circuito se abre a la profundidad de un desierto que lo cambia todo. Pequeñas lagunas de agua de lluvia salpican el lugar y hay enormes montañas de arena, que parecen estar quietas pero que se sabe que se van moviendo granito a granito. 

Esa hora y algo de viaje pasa rápido y la vista y los sentidos no tienen tiempo de aburrirse. En una de las últimas curvas, detrás de una duna comienzan a divisarse las palmeras y las antenas (paradojas de la modernidad) de lo que es la villa de Jericoacoara. La llegada es polvorienta, como todo el camino. Se ve un cartel que cruza la calle y da la bienvenida, un estacionamiento para los pocos autos particulares que llegan allí y el primer sembradío de casas que luego se van multiplicando.

Pueblito costero

En “Jeri” todas las calles son de arena. Aquí el viento es parte indivisible del paisaje y uno podría pensar que el día en que se apague desaparecerá el pueblo. Sin embargo, y extrañamente, no molesta demasiado.

El pueblo en sí mismo es muy bonito: tiene pequeñas callecitas que van y vienen, negocios primorosamente decorados (tal es así que no parecen formar parte del paisaje brasilero), restaurantes, bares, hoteles y posadas.

El mar crea una bahía de mediano tamaño al borde de la cual han crecido y se han multiplicado enormes arboledas y, a la sombra de estas, paradores, restaurantes y algunas posadas. El paisaje es un tanto decepcionante cuando enfrentamos el agua porque las mareas son muy extensas y entre altas y bajas puede haber una diferencia de hasta 100 metros. Por eso, cuando el agua baja hay que caminar bastante para lograr cubrirse al menos las rodillas.

Sin embargo, el mar es agradable: la temperatura es buena, hay pocas olas y es cristalino dependiendo de la hora y las circunstancias. Al mismo tiempo, cuando la marea se retira quedan junto a la primera línea de playa pequeñas lagunas donde el agua se estanca.

La tarde en este paisaje es ideal para tomar un trago, y para eso no hay nada mejor que acercarse a la Rua Principal cuando cae al sol. En ese pedacito de calle van apareciendo pequeños puestos de tragos, jugos y bebidas. Todos frescos y todos naturales, combinados con ron, vodka, cachaca o lo que uno prefiera para cerrar el día.

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