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El interior de España: un viaje con sentimientos

Pronto, a poco de circular por el valle, se presenta el contraste de lo nuevo y lo viejo, vamos pisando una calzada romana que unía Burgos con Astorga y que sigue en uso por los peregrinos, mientras al costado discurre la nueva autopista regional.

Por Redacción LAVOZ.

Pronto, a poco de circular por el valle, se presenta el contraste de lo nuevo y lo viejo, vamos pisando una calzada romana que unía Burgos con Astorga y que sigue en uso por los peregrinos, mientras al costado discurre la nueva autopista regional.

Deslumbrados y con una energía especial que nos impulsa, transitamos las localidades de Mañeru, Cirauqui, Lorca y Villatuerta, hasta llegar a Estella, ciudad que se integra al camino de Santiago por orden del rey Sancho Ramírez, en 1090.

Una de las calles de Logroño, con la típica concha que marca que es parte del Camino de Santiago.

Presenta preciadas obras del románico, iglesias, puentes, palacios y en el Codex Calixtinus se dice que en ella “el pan es bueno, el vino excelente, la carne y el pescado abundantes y rebosa de todas las delicias”.

Con la misa del atardecer llegamos al albergue parroquial, donde dos voluntarias, una italiana y otra japonesa, organizaban la cena comunitaria entre todos los peregrinos. Configura una hermosa experiencia, en la que cada uno pone sobre la mesa sus alimentos y los comparte con el resto, mientras a la vez se habla de las vivencias del camino. Así mismo se pone orden y limpieza.

Un detalle: afuera de todos los albergues existen estanterías donde se dejan las zapatillas y botas, para que se ventilen.

Por la mañana, después de una noche de lluvias y tormenta, salimos a afrontar las soledades de Navarra, que en este tramo presenta muy pocas poblaciones.

Un trago de vino

A poco de salir, una satisfacción más del camino: al llegar al monasterio de Irache, del 1054, en la bodega homónima se encuentra la Fuente del Vino, un grifo donde cada peregrino se sirve vino. 

Arriba, la cartelería señala: “Peregrino, si quieres llegar a Santiago con fuerza y vitalidad, de este gran vino hecha un trago y brinda por la felicidad”. Esto intenta recuperar en parte la ofrenda hospitalaria del medioevo cuando a ningún peregrino se le negaba un trozo de pan y un vaso de vino.

Entre ondulados sembradíos de trigo, en este caso, seguimos camino y nos cruzamos con un peregrino que calzaba en un pie una zapatilla y en el otro un borceguí, mientras llevaba colgadas las otras dos piezas de cada par. Se nos explicó que se corresponde con el paso de lo que se llama la Fuente de los Moros, un aljibe medieval perdido en la pradera.

Villamayor de Monjardin domina la altura de un cerro, con su iglesia de San Andrés del siglo XII y su castillo ganado a los musulmanes. La línea del camino se pierde a lo lejos y aparecen los olivos y viñedos; así transcurre hasta Los Arcos.

Fuente del vino, donde los peregrinos deben tomarse un vaso.

Se dice que todo el esplendor de la ciudad se lo debe a que, como era una población fronteriza entre Navarra y Castilla, no tributaba y los excedentes se invirtieron en la monumental iglesia de Santa María, que posee la virtud de reunir estilos que van desde el románico hasta el neoclásico.

La arquitectura civil que acompaña la calle mayor, también muestra la riqueza de estilos; aquí se dan bares y restaurantes, unos al lado del otro, que cargan de alegría, cañas y tapas el día. Al final de la calle atravesamos la Puerta de Castilla, antigua entrada a la muralla del siglo XVII.

A pocos kilómetros, entramos en Torres del Río, pequeño poblado del siglo VIII donde, para llegar a su centro histórico, debemos superar una tremenda rampa; allí nos enfrentamos con la iglesia del Santo Sepulcro, que tiene la particularidad de poseer una planta octogonal, de similar forma que el templo de Jerusalén, y se le atribuye su construcción a los caballeros templarios de la Orden Militar del Santo Sepulcro. 

Abruma la sobriedad y las proporciones de la arquitectura de influencia mora. En su puerta, un cartel reza “para visitar la iglesia buscar a la señora vecina que posee las llaves”. A ella recurrimos y atentamente abrió la iglesia, tras lo cual quedó a la vista una cúpula con nervaduras en forma de estrellas y sólo un altar con un Cristo crucificado; la piedra y la arquitectura son todo, nada de decoración, una de las joyas del camino.

Con los caprichos de la naturaleza, enfrentemos continuos subibajas, o “matapiernas”, en toda la superficie sembrada, hasta la pendiente más pronunciada donde un cartel anuncia que entramos a la comunidad de La Rioja.

Antigua calzada romana que unía Brugos con Astorga y hoy todavía es utilizada por los peregrinos. Al costado, la nueva autopista regional.

Negras nubes a nuestras espaldas nos hacían extremar el esfuerzo y así llegamos a una zona industrial de las afueras de Logroño, donde debajo de un gran árbol, a orillas del camino, en un puesto de sellado de credenciales, una señora muy pintoresca brindaba datos de cómo entrar a la ciudad, vendía souvenirs y realizaba pronósticos del tiempo.

Con viento fresco y las primeras gotas de lluvia cruzamos el puente de piedra que salva el río Ebro, de 1884, y entramos en Logroño, ciudad hija del camino.

En estos primeros días de andar el Camino de Santiago nos ocurrieron cosas importantes: acostumbrados a viajar en bicicleta, el cuerpo respondía muy bien a las exigencias físicas, pero el hecho de transitar una ruta donde por miles de años otros lo han hecho peregrinando, va cargando de sentidos la marcha.

Se nos fue haciendo carne el lema: “No basta caminar más alto y más lejos, hay que caminar también más adentro”. 

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