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Cuaderno de viaje

Vida de pueblo en una isla griega

Zante está ubicada en el deslumbrante mar Jónico. Sin embargo, no todos sus atractivos se despliegan sobre la costa.

Por Florencia Vigilante (Especial).

A diferencia de otras islas griegas, Zante (o Zakynthos) no puede pensarse en blanco y azul. Con antiguas casas de piedra y callecitas estrechas, su arquitectura se acerca más a la de un pueblito italiano. Esta isla de 406 kilómetros cuadrados (Córdoba capital tiene 576) se ubica al oeste de la Grecia continental, sobre el mar Jónico, a la altura de la punta de la bota de Italia.

Su capital se parece un poco a otras ciudades costeras, sus playas figuran entre las más lindas del mundo (para confirmarlo, googlee “Navagio”) y cuenta con cuevas de piedra blanca que sólo son accesibles por mar, pero no todos sus atractivos se despliegan sobre la costa. En el interior abundan el verde, los pueblos de montaña y bosques de pino que recuerdan a los paisajes de Calamuchita.

Sus habitantes viven del turismo en verano y de la agricultura todo el año. Vinos, aceitunas, aceite de oliva y queso son algunos de los principales productos que generan estas tierras, cuya identidad queda plasmada en los campos de olivos, los tractores que de vez en cuando aparecen en la ruta y las cabras que avanzan en grupo al costado del camino.

Para recorrer Zante, la mejor (y prácticamente la única) opción es alquilar un auto. Preste atención mientras maneja: en el sur, cerca de las playas, quizás tenga que frenar para que un pavo real cruce la calle.

Hacia el interior

Si está en sus planes conocer esta isla griega, hágase un favor y busque alojamiento en Agalas. Este pueblo del interior es capaz de darle esa “vida de campo” que persigue cuando va a las Sierras: tranquilidad en dosis extremas, productos de la tierra y aire puro. Está compuesto por un puñado de viviendas, una iglesia, dos o tres locales para comer algo, una casa roja que vende pan y un museo y galería de arte.

Es de esos lugares en donde se conocen todos, por lo que cualquier persona no habitual es una novedad y hay que saludarla. Ojalá en algún callejón se cruce con Johanna y lo invite a su casa a comer higos. Después de atravesar un jardín con flores, llegará a una habitación que tiene una mesa, una heladera y también una cama. A menos que hable griego, no le va a entender una palabra a esta mujer; pero de alguna forma se va a generar una charla. Johanna mueve mucho las manos y usa los dedos para indicar su edad: 76. Debe ser abuela por cómo incita a comer.

La casa que alquila Dyonisio, el dueño del museo y galería de arte, es otra joyita. Adentro hay muebles reciclados, piedras dibujadas, postales, imágenes pegadas a pedacitos de madera, un libro con ilustraciones de peces y un santuario. Afuera hay un cartel con algunas frases en inglés y en griego para que al menos pueda saludar a sus vecinos temporales. Por todos lados hay color y recuerdos. Seguramente Dyonisio le hará probar vino casero, aceitunas de su olivo, frutas del jardín y una mermelada que hizo con cerezas de su patio. Tampoco van a faltar flores en la mesa.

 
 
 
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Holu

Una publicación compartida de Flor Vigilante (@fvigilante) el21 Jun, 2018 a las 8:18 PDT

En lo de Al Capone

En uno de los restaurantes/bares de Agalas, un cartel invita a comer o “simplemente conocer a los locales”. El primer propósito es bueno, pero el segundo es mejor. El patio tiene unas cuatro mesas y un tractor con varias macetas encima. A unos metros hay una huerta y un corral con un burro.

El dueño del lugar responde al apodo de “Al Capone”. Dice que ama Scarface y parece salido de ahí. Le va a contar que trabajó durante 40 años en barcos petroleros que viajaban por EE.UU. y Centroamérica, y que no dejó exceso sin cometer. Si no va durante su primera noche en el pueblo, tendrá que bancarse el reproche. Es probable también que entre historia e historia se vaya sumando a la mesa gente de distinta procedencia, como otros griegos de Agalas o una pareja austríaca que también piense que es el mejor lugar para pasar la noche. Al Capone va a proponer otra ronda de cerveza, de whisky o de ouzo y todos van a hablar sin entenderse demasiado.

Después de esta experiencia, posiblemente camine hasta donde esté alojado un poco aturdido, pensando que Agalas es una mezcla de frutos de la tierra, casas viejas y personas que sueñan, se quejan de la crisis y se ríen mucho y por cualquier cosa. Como sucede en algunas otras partes del mundo.

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