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Dalí, el pintor de su tierra

Los viajes tienen que dejar algo más que pies cansados y tarjetas de crédito cargadas. En este caso, la consigna se cumplió con creces, ya que desde Rosas, antigua colonia griega, se pasó a Figueras y Cadaqués, dos sitios signados por la vida y obra de Salvador Dalí.

Por Pablo Bertorello*.

“El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar escenas extraordinarias en medio de un desierto vacío. El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar pacientemente una pera rodeado de los tumultos de la historia”. Salvador Dalí.

De paso por Rosas, o Roses como le dicen los catalanes-, la pequeña ciudad española que acaricia el Mediterráneo y se debate entre la pasividad de sus 20 mil habitantes durante gran parte del año y la locura veraniega de turistas que supera cómodamente las 100 mil almas que se esparcen en sus distintas playas, se abrió la puerta para adentrarnos en dos lugares tan fascinantes como disímiles, signados por la vida y obra de Salvador Dalí: Figueras y Cadaqués.

Pero antes es necesario remarcar algunos de los atributos de la antigua colonia griega de Rosas, que se extiende entre el mar y la montaña y respeta su esencia turística y marinera, emplazada al norte de la Costa Brava y a menos de 30 kilómetros de la frontera francesa.

Con un encanto arraigado en la simplicidad, Rosas muestra la estructura de un conjunto defensivo renacentista a orillas del mar, regado de una buena variedad de playas y una importante cantidad de calas entre acantilados rocosos. 

Además, en sus cercanías relucen dos verdaderas joyitas; los parques naturales de las Marismas del Ampurdán (en catalán: Aiguamolls de l´Empordá) y Cabo de Creus (Cap de Creus), este último formado por ocho municipios: Cadaqués, Llançá, Palau Sabardera, Pau, el Puerto de la Selva, Rosas, La Selva de Mar, y Vilajuïga, que se extiende sobre unas 13.000 hectáreas, de las cuales 3.000 son marinas y las restantes terrestres.

Apenas se ingresa la primera sorpresa la genera la muralla que reviste la antigua ciudadela, fundada como una colonia griega. Mientras se recorre la ciudad, basta levantar la vista para observar la panorámica del castillo de Trinitat, edificado en el siglo XVI, que se destaca como una de las estructuras antiguas más relevantes, posicionado en lo alto, como corona que cierra la bahía interior del golfo, sobre el faro que custodia la ciudad.

Además, la parte céntrica no tiene desperdicio: allí donde se ubica el puerto pesquero más destacado de la costa del norte de Cataluña, se despliegan hacia ambos extremos las amplias playas que van acompañadas de una costanera que invita a pasear, a ritmo lento e inhalando profundo, mientras la brisa, común de la zona, despeina.

En el corazón de este atractivo reducto, las callecitas angostas cual laberinto se dibujan con algunas irregularidades y sobre ellas se extiende la zona comercial que aglomera a los turistas en horas de la tardecita noche.

Allí, los visitantes recorren los locales de productos típicos de la región o relojean los precios de alguna que otra chuchería, mientras que otros deciden instalarse en algún cálido barcito o restaurante para deleitarse con un exquisito plato de mariscos y una cerveza bien fresca.

“¿Les gusta Dalí?”, fue la pregunta que urgió, descontextualizada, en la charla que teníamos sobre Rosas con Gustavo Catini, un platense casado con una cordobesa que vive, junto a su familia, en el seductor destino de la Costa Brava hace unos cinco años.

“Tienen que visitar Figueras y Cadaqués”, insistió, sugiriendo seguir las huellas del artista surrealista. “En ambos lugares están los museos de Dalí y, además, Cadaqués es tan precioso como cualquier isla griega”, aportó Marcela, la oriunda de Del Campillo, un pueblo del sur cordobés. Sin más que agregar, la inducción estaba hecha.

Por supuesto que ambos destinos, por sí mismos, ameritan una visita. Pero el hecho de que pocos artistas han tenido tanto vínculo y fascinación por su tierra natal como Salvador Dalí, hace que la atracción encuentre su complemento perfecto.

Según el propio Dalí, el viento que a menudo azotaba esta región catalana era el responsable de su “completa locura”. El artista nació (1904), vivió, creó y murió (1989) en este rincón de la provincia de Gerona (en catalán, Girona), donde se exhibe gran parte de su legado, en lugares que fueron testigos de su vida y escenarios para su inspiración.

Figueras

Pero para conocer y comprender al artista hay que visitar Figueras, la ciudad que lo vio nacer y en la que el joven Salvador pasó su juventud.

Tan sólo hay que desandar poco más de 20 kilómetros desde Rosas para llegar a la urbe, que funciona como punto neurálgico de esta zona costera debido a que allí llegan y salen los renombrados trenes de alta velocidad (AVE).

Quizá el máximo atractivo del lugar es justamente el teatro-museo Dalí. Este fascinante espacio cultural es una invitación para agudizar los sentidos. Construido sobre las ruinas del antiguo Teatro de Figueres, fue inaugurado en 1974 y expone un amplio abanico de obras que configuran la trayectoria artística de un verdadero genio. 

Todo está aquí. Desde sus primeras experiencias artísticas y sus creaciones surrealistas, hasta las obras de los últimos años de su vida. Algunas de las obras más destacadas que se exponen son Port Alguer (1924), El espectro del sex-appeal (1932), Autorretrato blando con bacon frito (1941), Poesía de América-Los atletas cósmicos (1943), Galarina (1944/45), La cesta del pan (1945), Leda atómica (1949) y Galatea de las esferas (1952), entre otras, además de esculturas, cerámicas, grabados, fotografías, hologramas y la extraordinaria colección de joyas que diseñó entre 1941 y 1970.

Este verdadero templo cultural, con su diseño único y llamativo que no le permite pasar inadvertido, debe ser necesariamente interpretado como un todo, ya que fue concebido y diseñado por él mismo para ofrecer al visitante una verdadera experiencia, involucrándose en su mundo cautivador e inigualable. En su interior, también se aloja la última habitación y el mausoleo del artista.

*Especial

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