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Cuaderno de viaje

Cuaderno de Viaje: Volver del cementerio

Después de un accidente doméstico que lo dejó al borde de la muerte, Mariano Tupiza, de 80 años, sigue atendiendo su peluquería de toda la vida en Tupiza, Bolivia.

Por José Santiago (Especial).

Cuando Silvia –su mujer– le dijo que pusiera la pava, Mariano Gutiérrez Flores no pudo mirar a los ojos a la muerte. Invisible, la pérdida de gas en la cocina generó un fuego que lo dejó sin tiempo a nada: le envolvió estómago, manos y el rostro con quemaduras graves. Era 1° de mayo de 2015 en Tupiza, Bolivia.

–Mi mujer me mandó a poner la pava para el mate. Fui a la cocina y, cuando quise prenderla, la pérdida de gas había sido grande y me quemé el cuerpo–, le cuenta a Voy de Viaje este hombre de 80 años. Conversa con las manos apoyadas sobre una escoba en Oster, su peluquería de toda la vida. Adentro del local están desparramados cepillos, varias máquinas eléctricas, afeitadoras, tijeras, navajas y un asiento de acero frente a un gran espejo.

El accidente lo dejó al borde de la muerte. Todavía evoca aquel día, que pudo ser el último. “Tenía una campera, pantalón y remera: todo se quemó. Gritaba ‘auxilio, auxilio’ hasta que un hijo mío apareció y me llevaron al hospital”, rememora, mientras acomoda los elementos de trabajo para comenzar la jornada.

A media mañana, Tupiza es pura calma. Al sur boliviano y a 790 kilómetros de La Paz, aquí el paisaje es desértico escarpado y se distingue por sus formaciones rocosas de color rojo. Adentrarse en los senderos que conducen al cerro Corazón de Jesús o la Cruz no tiene desperdicio. Por otro lado, si uno deja hablar a los locales, el hecho histórico y curioso no tarda en llegar. En 1908, los célebres bandoleros Butch Cassidy y Sundance Kid –de Estados Unidos– montaron sus últimos atracos en estas tierras. Cuentan los que cuentan que ambos pistoleros fueron cercados por el Ejército boliviano en el vecino pueblo minero de San Vicente y que hubo un tiroteo feroz en el que los bandidos resultaron heridos. También se sospecha que Cassidy remató a su compañero y después se quitó la vida.

Un hombre en el espejo

Mariano salió adelante después de estar internado tres meses en el hospital Español de Bolivia. El periodo de curación implica viajar a Tarija (al sureste de esa nación) para tratarse con médicos españoles. Al parecer, las quemaduras cicatrizan, y las manchas en la piel serán sólo un recuerdo ingrato.

–Llevo mucha plata gastada en el tratamiento. He visto a decenas de médicos y la cura llevará su tiempo. Pero ya estoy mejor–, dice, y muestra los dedos agrietados por la vida y un fuego brutal y repentino.

–¿Sos de Argentina? Yo trabajé allá varios años, en la fábrica de azúcar Ledesma. Fuimos a buscar la vida allá–, comenta, sin perder el tono pausado. Y de su boca nace una risa fantasmal y reencuentra las raíces que todavía lo vinculan con la patria argenta:

–Mi hijo vive en Orán, Salta. Él es un excombatiente de Malvinas. También tenemos una peluquería allí.

El oficio lo encontró en Buenos Aires y, desde entonces, se las ingenió para subsistir: “Hubo épocas en las que no teníamos para comer ni dormir. Pero con mi señora no aflojamos, y hemos trabajado siempre”.

En Tupiza lo que siempre pasa es el tren, además de ser atravesada por rutas importantes para la conexión del territorio. Desde allí se accede a Potosí hacia el norte o a Uyuni en el oeste. Y también es la primera región que aparece después de atravesar la frontera en Villazón. Decenas de mochileros eligen los vagones más económicos para llegar hasta el Salar, otro de los conmovedores atractivos de la república.

La peluquería color sepia

A las espaldas de Mariano hay una estera con distintos modelos de cortes de pelo. Algunas fotografías lucen amarillentas y sólo unos posters de mujeres desnudas mantienen un color fulgurante. Sobre un rincón, una pila de diarios sirve para los ocasionales clientes que esperan turno.

Mariano pregunta por la realidad argentina con Mauricio Macri como presidente. “¿Cómo están allí? La mano viene jodida, ¿verdad? He leído sobre muchos despidos”, comenta, y no tarda en buscar entre los periódicos el artículo alusivo. Revisa el diario con sus manos quemadas hasta dar con la noticia en la sección Internacionales. Critica las medidas adoptadas y comenta que en Argentina algunas cosas tienden a repetirse.

A las 10.30 de la mañana, un sol riguroso se cuela por las desvencijadas puertas de madera de la peluquería, un espacio de otro tiempo que todavía sobrevive y con el que su dueño se gana el pan del día. Otros tupiceños, en cambio, se dedican al trabajo agrícola, al ferroviario o a criar cabras para extraer queso, leche y lana para elaborar artesanías.

En los ojos grises del peluquero aparece una mirada profunda, como si fuera el rasgo distintivo de resistencia y sufrimiento de su tierra. Antes de despedirnos, las manos se estrechan. Y con la entereza que la historia les ha otorgado, me dice entre risas que volvió del cementerio.

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