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Voy de viaje

Saona, la isla del tesoro

Es tentador quedarse a disfrutar de los resorts. Todo a mano, todo incluido, todo confortable. Pero hacerlo implicaría perderse alguna de las propuestas de la isla.

Por Redacción LAVOZ.

Es tentador quedarse a disfrutar de los resorts. Todo a mano, todo incluido, todo confortable. Pero hacerlo implicaría perderse alguna de las propuestas de la isla. Existen paseos, atracciones y excursiones, más allá de los muros del hotel.

A la hora de irnos a dormir, Ramiro, en el front desk del hotel, nos anticipa: “Descansen bien que mañana van a descubrir un tesoro”. Al regreso le diremos nuestra opinión.

Y, en tren de elegir, el imperdible es el paseo a la isla Saona. Las embarcaciones parten desde el puerto de Bayahibe, distante a pocos kilómetros de Bávaro Beach. 

Desembarco en el mar. Bajar del catamarán, con el agua a la cintura y una copa en la mano. ¿Qué más?

Hay dos maneras de llegar a la isla Saona: un viaje corto de 25 minutos, en lancha rápida a los corcoveos sobre el oleaje, o el catamarán, una relajante travesía donde alternan bocadillos, mucho ron, merengue y bachata a todo volumen.

Antes de llegar a destino, todos se detienen en un enorme banco de arena que forma una piscina natural, de apenas más de un metro de profundidad y aguas absolutamente cristalinas. Imposible resistirse a pasar el rato sumergidos en las cálidas aguas y a cada paso, encontrar estrellas de mar que se multiplican por cientos. 

De nuevo en la embarcación, no dejamos de asombrarnos de los colores del mar: la más increíble paleta de azules, verdes y turquesas. A poco de navegar se llega a la isla. Palmeras y más palmeras forman un bosque intrincado de cocoteros que llegan hasta la playa, de fina arena blanca.

La isla se encuentra dentro del Parque Nacional del Este, una reserva natural y científica, con bosques, manglares y playas, donde pueden encontrarse aves, delfines, manatíes y otras especies protegidas. Viven allí 450 pobladores que subsisten de la caza y de la pesca, agrupados en un poblado llamado Mano Juan.

La excursión incluye un almuerzo bajo la sombra de las palmeras, con comidas típicas y sencillas, barra de bebidas a discreción y todo el tiempo para retozar en las fantásticas playas, que los visitantes disfrutan hasta el último minuto, casi al atardecer, cuando emprenden el regreso con ron, bachata y merengue.

La llegada de regreso al hotel nos lleva directo a Ramiro, quien nos recibe con una amplia sonrisa. Ni falta hace que le digamos qué nos pareció el paseo.

Música y fernet, presentes

Todo el tiempo, en todo lugar, suena música en la isla. Juan Luis Guerra, los Hermanos Rosario o Romeo Santos. Todo el tiempo, bachatas y merengues. 

Aguas absolutamente cristalinas y cálidas.

Estos ritmos emblemáticos tienen algunas características comunes con otros de nuestras tierras. La bachata, al igual que el tango, surgió de la marginalidad urbana de los bares y burdeles de Santo Domingo. Fue mal vista por ser música de las clases bajas. 

A diferencia del tango, es un ritmo relativamente nuevo, de finales de la década de 1960 o principios de la de 1970, pero al igual que aquel, es melancólico y remite a los vaivenes del amor y el desamor o expresa la tristeza y nostalgia del migrante. En el caso del tango, los inmigrantes europeos. En la bachata, las migraciones del interior profundo de la isla.

El merengue, por el contrario, es un ritmo alegre, básicamente bailable y ligado a la fiesta. Los cordobeses tomaron parte de su base y, fusionándolo con la tarantela de los italianos y el pasodoble de los españoles, dieron origen al cuarteto. 

Como símbolo de gratitud por tan importante legado, los turistas de “la Docta” llevaron a Dominicana el fernet con cola, que de a poco va encontrando su lugar en el gusto de los locales.

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