Saint Martin- Anguilla: la promesa del paraíso

Maho Beach, a metros de la cabecera de la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional Princesa Juliana. La panza de los enormes aviones pasa sobre la cabeza de los bañistas.
Maho Beach, a metros de la cabecera de la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional Princesa Juliana. La panza de los enormes aviones pasa sobre la cabeza de los bañistas.

Es una pequeña isla en el mar Caribe, compartida por dos países, Holanda y Francia, casi en mitades iguales. Sus playas, las aguas que la bañan y los paisajes que la conforman la convierten en un paraíso. Ahí nomás, a 20 minutos de lancha, espera Anguilla, otro edén.

Si se la busca en Internet, lo que se ve a continuación parece trabajo del más hábil manejo de edición de fotos. Esa remota isla es una construcción imaginaria. Descreída de las intensidades de los azules, comienzo la peregrinación climática. Mientras busco el pasaporte extraviado en alguno de los numerosos bolsillos que el invierno obliga a pasear, miro por la ventana del aeropuerto el paisaje inerte de una ciudad adormecida.

A unas 10 horas de Córdoba, conexión con Panamá mediante, el cromatismo desafía los sentidos y desde la ventanilla del avión dan ganas de zambullirse en ese espejo de agua infinita. Sint Maarten o St. Martin, según de qué lado de este friendly Monopoly se sitúe uno, es una pequeña isla -de poco más de 90 kilómetros cuadrados- dividida en dos: un sector holandés y el otro francés.

Pinel Island, a pocos minutos de navegación, para disfrutar de aguas mansas y cristalinas, y arena blanca y fina. El lugar es custodiado por pequeños pájaros y grandes iguanas.
Pinel Island, a pocos minutos de navegación, para disfrutar de aguas mansas y cristalinas, y arena blanca y fina. El lugar es custodiado por pequeños pájaros y grandes iguanas.

IMPERDIBLE. Las múltiples variedades de azul en Anguilla.

La isla estuvo bajo dominio de España, Francia, Holanda e Inglaterra, pero en 1648 se firmó el Tratado de Concordia con el cual la isla pasó a ser la menor porción de tierra compartida por naciones soberanas.

Sint Maarten, al sur de la isla, es el lado holandés y su capital se llama Philipsburg. Originalmente formada por dos calles, Front Street y Back Street, alberga tiendas de las marcas más exclusivas, como Tommy Hilfiger o Tiffany, a la par de lugares de venta de tejidos artesanales o puestos ambulantes que ofrecen refrescos naturales.

No se asombre el caminante si al entregarse al merodeo sensorial termina alelado ante la contemplación del mar. Sobre la costa que Philipsburg acompaña, está Great Bay, una de las infinitas y más hermosas playas de la isla. Y este sector atesora también una de las zonas mejor nutridas en gastronomía de autor, donde se puede degustar un exquisito mahi mahi, pez de aguas cálidas, en sus múltiples y sabrosas variantes.

Marina de Marigot, la capital del lado francés de la isla.
Marina de Marigot, la capital del lado francés de la isla.

El regocijo del paladar tiene lugar en otro sector, vecino a Maho Bay, en donde se sitúa el aeropuerto internacional Princesa Juliana y Sonesta Ocean Point resort. Desde este imponente hotel se tiene un primer plano de la fotografía que identifica a Sint Maarten, el aterrizaje rasante sobre el mar Caribe de las naves cargadas de turistas.

Es la Friendly Island, dice todo aquel al que se le pregunte ya sea en inglés, holandés, francés o español. Es que en tan poco territorio, la mayoría de las nacionalidades tiene representantes. El guía, Jeffrey, con una amplia sonrisa como uniforme, dice que prefiere pensarla como una salad bowl, una ensalada en la que cada uno tiene su propia identidad que forma parte de una mayor, colectiva.

Maho Beach, a metros de la cabecera de la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional Princesa Juliana. La panza de los enormes aviones pasa sobre la cabeza de los bañistas.
Maho Beach, a metros de la cabecera de la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional Princesa Juliana. La panza de los enormes aviones pasa sobre la cabeza de los bañistas.

Llegando al punto más oriental del lado holandés, Oyster Pond, Jeff relata la fábula de la división de la tierra entre ambas naciones. Según cuenta, dos soldados partieron desde ese punto de la costa en direcciones opuestas y bordearon la isla. Hasta donde cada uno lograra avanzar antes de encontrarse frente a frente, su nación gobernaría. El rezago del soldado holandés o una más sólida defensa militar, otorgaron a Francia la porción mayor, dice guiñando el ojo.

¿Cuál es la diferencia entre los dos lados?, pregunta de libreto. Jeffrey, nacido en el lado holandés y cuya esposa es oriunda del lado francés, donde además vive, dice que quizás sea la arquitectura y cierto estilo de la gente. Habría que añadir algo, los precios. Si bien ambos sectores son económicos por ser libre de impuestos, Sint Maarten lo es más.

A minutos de conexión terrestre y sin trámites migratorios, se accede a St. Martin y atrás queda Jeffrey. Bienvenido Philippe, un gigante con reverberancia de cantante de gospel que dice que las iguanas que podemos encontrar en las lagunas naturales de la isla, aparecieron luego de que un barco que las transportaba naufragara producto de una tormenta.

La escenografía jurásica posa para los flashes y ya se asoma Marigot, capital del lado francés. La extensa y populosa feria de productos regionales y artesanías permite, de cuando en cuando, el paso intersticial de la brisa marina. En las glorietas de la plaza se asoma un excéntrico con un caballo que cree ser perro, ensayan sus gracias y se enoja con los adoradores de Baco dedicados a la contemplación en cada sombra de la plazoleta.

En pocos minutos, a pie, se accede a Fort Louis, un fuerte de 1789 con excelentes vistas panorámicas de St. Martin e islas vecinas. De la misma manera se llega a los pequeños restaurantes donde se puede comer un exquisito Red Snapper, pez atlántico e ícono gastronómico de la isla.

Front Street, una de las calles principales de Philipsburg.
Front Street, una de las calles principales de Philipsburg.

A pocos minutos de navegación está Pinel Island, un refugio insular con aguas mansas y cristalinas y arena blanca y fina. El lugar ofrece bar y mercado de artesanías; por custodios, pequeños pajaritos, y grandes y coloridas iguanas. Un paseo diferente puede ser Loterie Farm, un ingenio azucarero ubicado al pie del Pico Paraíso, que aprovecha el bosque local y ofrece escalada de árboles, caminatas o relajación en las piletas de agua natural.

Garantía de sello francés es otra excursión, atípica y muy entretenida. Tijón es una perfumería y boutique, en la cual se puede sacar al Walter White interior para ensayar, fabricar y personalizar la propia fragancia.

Lo que no se debe dejar de visitar es algún lolo, restos locales con verdaderas joyas culinarias y los variados bares que aprovechan el tesoro natural de su lugar y habilitan mesas en la playa.

Entonces, a la caricia del oleaje en los pies se suma la música en vivo y el anonimato de la luna, que permite conocer a Luc quien dilata los límites de la legalidad para poder ahorrar y visitar a su hijo que vive en Toulouse.

San Martín es la isla bautizada por el Colón adánico, que ante lo indómito americano no halló palabra de su lengua para poder nombrar la isla y, echando mano a esa creatividad tan de la época, la bautizó de acuerdo al santoral.

Capital gastronómica del Caribe, isla de playas cálidas y arena suave, la de las calles glamorosas con olor a mar. Es un lunar amigable en el rostro del mundo.

*Especial