Puerto Madryn: un ballet en el mar

Foto: Secretaria de Turismo y Áreas Protegidas del Chubut.
Foto: Secretaria de Turismo y Áreas Protegidas del Chubut.

“Todos los años llegan de 4.000 a 4.500 y su población actual se estima en 13.000 ejemplares”, dice con seguridad Marta, nuestra guía, cordobesa para más datos. Está hablando de las ballenas francas australes, las vedettes de la temporada invernal en Puerto Madryn. Y agrega: “Antes llegaban en julio, pero ahora han adelantado su arribo y ya se las ve por aquí desde abril”.

El avistaje de las ballenas francas es uno de los mayores atractivos de la ciudad, ubicada en las mansas aguas del Golfo Nuevo, Península Valdés, en la costa atlántica de Chubut.

Puerto Madryn creció exponencialmente desde el censo de 2001, cuando tenía 42.000 habitantes; en 2010 duplicó esa cifra (82.000), y actualmente cuenta con más de 110 mil habitantes. La población está conformada por madrynenses; galensos, descendientes de galeses nacidos allí, y un sinfín de provincianos de todo el país, muchos de ellos cordobeses, además de algunos chilenos.

La ciudad vive de, principalmente, el derrame económico que genera Aluar, la productora de aluminio, que concentra más de 3.000 empleados; la pesca, de merluza y langostinos; el turismo, de playas en el verano y de avistaje en invierno (de ballenas, pingüinos y lobos marinos), y de la minería no metalífera.

Las características propias de Madryn (como le dicen los locales), con cuatro kilómetros de playas, algunas de arena y otras de canto rodado, de 180 metros de ancho y una amplitud de mareas de cinco metros, permiten tanto las actividades veraniegas (las aguas alcanzan temperaturas de casi 20 grados), como las de avistaje, ya que con marea alta, las ballenas rodean el golfo en sentido horario y es posible verlas a pocos metros de la costa.

Este enorme mamífero, que puede alcanzar los 18 metros de longitud (la hembra, el macho es más chico) y pesar 40 toneladas, llega a esta área para aparearse, parir sus ballenatos, destetarlos o criarlos hasta que alcancen cierta madurez que les permita emprender el viaje, alrededor de febrero o marzo, hacia las cálidas aguas del sur de Brasil, donde se alimentarán bien para emprender nuevamente el viaje al sur.

Los “bebés” crecen rápido, a un ritmo de 30 / 40 centímetros por día y se alimentan de la leche de sus madres, que han acumulado suficiente energía y grasa para “pasar el invierno”, como aconsejaba un exministro de Economía argentino.

A 15 kilómetros de Puerto Madryn hay una playa, El Doradillo, apta para hacer muy buenos avistajes y tomas fotográficas. Hacia allí fuimos y el espectáculo justificó ampliamente el viento que azotaba, todavía frío. Con la marea alta, las ballenas nadaban y jugaban muy cerca de la costa, en un extraño ballet de machos, hembras y ballenatos que mostraban sus enormes cabezas callosas, con los chorros de vapor que expelen cuando respiran, o sus colas semejantes a la “V” de la victoria.

Frente del hotel Territorio, con imponentes vistas al golfo Nuevo.
Frente del hotel Territorio, con imponentes vistas al golfo Nuevo.

Y nos entró la duda: el espectáculo eran ellas en el agua, para nosotros, o esos seres parados en la playa con caras absortas, para ellas. Y la pregunta surge porque se acercan tanto que parece que nos están observando. Y aquí interviene Marta, la cordobesa guía, para explicarnos que son muy curiosas y amistosas, de ahí su denominación de “francas”.

Pero, las ballenas tienen sus depredadores naturales, aunque parezca increíble. Son las gaviotas, que aprovechan que las ballenas salen a la superficie, se posan sobre sus lomos y con el pico lastiman su piel para comer la grasa que, en una gruesa capa, cubre el cuerpo de las ballenas. Estas tienen cómo evitarlo o sacarse de encima a esas tenaces enemigas: se sumergen y las gaviotas quedan flotando en la superficie. Pero tienen que salir a respirar y ahí nuevamente las aves vuelven a la carga, en una lucha sin pausa que se reitera a cada momento.

Partiendo de la base de que toda esa zona es Área Natural Protegida y Patrimonio de la Humanidad y que es el hábitat natural de muchas aves y especies sensibles al impacto que puede provocar el ser humano, resulta conmovedor saber que todos los años llegan y seguirán llegando estos sorprendentes mamíferos y otras especies, como los pingüinos, lobos y elefantes marinos. Por eso, es muy importante que el turista sea consciente de esto y mantenga la higiene de los sitios que visita.

Los “pescaron” in fraganti

En Puerto Madryn, desde hace cinco meses, permanece amarrado un pesquero chino que poco a poco va mostrando en su casco el paso del tiempo, mientras avanza el óxido.

En abril pasado, el guardacostas Derbes de la Prefectura Nacional lo interceptó pescando sin autorización dentro de la Zona Económica Exclusiva Argentina (Zeea) a la altura de Bahía Camarones y con 600 toneladas de calamar en sus bodegas. El buque chino fue remolcado a Puerto Madryn y desde entonces, allí se encuentra amarrado.

El barco chino, Hu Shun Yu 809, se oxida en el muelle Luis Piedrabuena, de Puerto Madryn.
El barco chino, Hu Shun Yu 809, se oxida en el muelle Luis Piedrabuena, de Puerto Madryn.

Pero la situación más grave no es la de la nave, llamada Hu Shun Yu 809, sino la de sus tripulantes, ya que por las leyes migratorias no pueden desembarcar en territorio nacional y deben permanecer a bordo.

La tripulación estaba compuesta por 31 marineros, a 16 de los cuales se les permitió viajar a su país. Los 15 restantes quedaron en el barco porque, según explicó Prefectura, es la dotación mínima necesaria para operar la nave en caso de que tenga que hacerse a la mar.

Las condiciones de salud e higiene de los marineros no es la mejor, pero reciben alimentación que diariamente se les provee y que financia el gobierno chino, a través de su embajada.

Mientras tanto, los madrynenses tejen historias y caminan por el espigón hasta el extremo donde el buque chino se va deteriorando poco a poco. Entre esas historias, circula con insistencia una que afirma que los tripulantes del barco eran, en China, presidiarios que purgaban sus condenas por distintos delitos.

A partir de allí, resulta fácil deducir los relatos que va tejiendo el imaginario popular de Puerto Madryn. Pero eso no es posible ya que el barco está rigurosamente vigilado por los prefectos y sólo acceden quienes les llevan alimentos o algún médico, cuando es requerido.

La única salida posible para el barco preso y su tripulación es que se pague la multa correspondiente, que ascendería a un monto de entre dos y tres millones de pesos, además del valor de la pesca decomisada.

*Especial