Parque Nacional Las Quijadas: tras las huellas del pasado

EL PARQUE LAS QUIJADAS.
EL PARQUE LAS QUIJADAS.

En un armónico universo de formas y colores, se preserva la naturaleza. En ese espacio que testimonia distintos movimientos geológicos se fusionaron dos grandes pasiones: el cicloturismo y las recorridas por la vasta geografía nacional.

Una vez más, la provincia de San Luis fue el escenario elegido de un fin de semana para fusionar dos pasiones: el cicloturismo y conocer la geografía nacional hasta sus íntimos secretos.

En esta ocasión, la partida fue desde la Reserva Natural Quebracho de la Legua con el objetivo de llegar al Parque Nacional Las Quijadas.

Con apenas unos grados por encima de cero iniciamos la marcha hasta el cruce con la ruta nacional 147. Son nueve kilómetros y luego se dobla hacia el sur donde ya en el horizonte se divisa el rojizo cordón montañoso de Las Quijadas.

Luego de transitar 20 kilómetros un cartel de madera anuncia la entrada al parque, donde se abona la entrada y se encuentran los servicios de atención al visitante. Allí comienza la calzada de ripio (seis kilómetros de largo) y a mitad de camino se encuentra el sitio arqueológico Hualtarán, que presenta 23 hornillos enterrados donde los aborígenes cocían cerámica y alimentos.

Las simpáticas maras demuestran su carácter de buenas anfitrionas dejándose ver en el parque y, más allá, se observa un camping arrinconado en la montaña, con precarios quinchos, baños y una garita de la cooperativa de guías que lo conforman.

La naturaleza se manifiesta en todos lados y de manera amigable con el visitante: manadas de guanacos pastan, los zorros comen de la mano de los turistas y llamativos pájaros de colores se animan a comer las migas de las mesas. Sin dudas, un emocionante universo de formas y colores en armonía natural.

La playa de estacionamiento es el punto de partida para recorrer el parque que propone tres alternativas: una autoguiada que abarca sólo los miradores y dos guiadas, una de dos horas y media denominada “Las Huellas del pasado” y la otra, de más de cuatro horas que llega a la base de Los Farallones. Las más largas incluyen a los recorridos más cortos.

Optamos por las huellas del pasado, en cuya primera parte conduce a los tres miradores. Transcurre por pequeños caminos en la cornisa, con barandas, correctamente señalizados. Así, uno queda enfrentado a las formaciones llamadas farallones, que cual una gran mil hojas geológica de arcilla, roca, arena y distintos procesos climáticos a lo largo de 30 millones de años (período cretácico inferior), adquirió esas fisonomía.

El impacto es fuerte, se pueden seguir líneas de barrancas, aleros y grandes cornisas en una sucesión interminable que forma el cordón montañoso de Las Quijadas.

Desde arriba, las personas se ven como pequeños puntos de colores que se mueven en los miradores y en la parte baja del valle.

Por detrás del cordón montañoso sigue el parque hasta las lagunas de Guanacache que se alimentaban del río Desaguadero, hoy seco, por las represas realizadas en las provincias vecinas.

El panorama invita a contemplar los efectos de luces y sombras a medida que avanza el día y que varía los tonos rojos de la arcilla.

EL PARQUE LAS QUIJADAS.
EL PARQUE LAS QUIJADAS.

La historia en reversa

A continuación se desciende hacia el llano unos 150 metros que parecen un retroceso en la historia, un descenso al pasado donde se descubren los restos de distintos momentos geológicos. Se suceden dunas petrificadas, antiguos lechos de agua, raíces y troncos fosilizados.

Nos detenemos en lo que se denomina Plaza de los Fósiles, lugar donde se reconoce en las rocas lo que antes fue barro y era hábitat, hace milenios, gusanos y lombrices.

Los guías señalan formaciones tubulares que hicieron esas especies y que llenaron con sus excrementos, luego esos se fosilizaron y formaron lo que se denomina “coprolitos” (heces fosilizadas).

Sigue el descenso hacia el valle, el sendero se ve flanqueado por dos plantas cuyas ramas asemejan gruesas espinas verdes aparentemente iguales pero no es así. Una es la denominada “chica” especie endémica del gran Cuyo, con la particularidad de florecer sólo cuando llueve mucho más de 500 milímetros y la otra, llamada “ala de loro”, utilizada por los lugareños como medicinal y como combustible para el horno. En la base hay “chagua” o “caraguatá”, especie parecida al aloe.

En el tramo final de la excursión se arriba a la última estación por la historia de la Tierra.

Es donde se encuentra una huella de saurópodos. Una enorme depresión en la roca con forma de tres dedos hacia delante y otro pequeño hacia atrás, descubierta por el paleontólogo argentino José Bonaparte.

El reino del silencio

En el centro del valle hay tres ojos de vertientes rodeadas de vegetación que tienen agua todo el año. Vacas, cabras, burros y caballos salvajes bajan al lugar a saciar la sed y luego trepan a la zona alta en búsqueda de pasto.

Históricamente los troperos llevaban el ganado a ese espacio, donde acampaban y al día siguiente seguían camino. Por la noche dejaban sueltos a los animales con la tranquilidad de estar en un lugar cerrado de manera natural, como un potrero.

De allí derivó el nombre Potrero de la Aguada, que constituye, una singular formación geológica del centro norte del parque.

Ya terminada la visita, el camino de regreso fue por el mismo sendero, con la mirada de despedida hacia a las extrañas formaciones. Ese estímulo visual genera preguntas que quedan sin respuestas en ese reino de silencio.

De nuevo en las bicicletas, mientras gozábamos del atardecer en un día de sol espectacular, nos sobrepasó una camioneta y de repente se detuvo para recoger una tortuga.

Por suerte un guarda parque nos acompañaba e intervino rápidamente para impedirlo.

En el material gráfico del parque se habla del peligro de extinción de la tortuga terrestre, pero muchos visitantes no lo quieren entender.

La marcha continuó feliz con este epílogo ya que algo en ese instante acababa de acomodarse en el mundo.

Después de un baño a balde, como se estila en el campo, participamos de una comida con los guardaparques.

EL PARQUE LAS QUIJADAS. Universo de formas y colores.
EL PARQUE LAS QUIJADAS. Universo de formas y colores.

El relato del nombre

A mediados del siglo XVIII, una huella cercana al ingreso del actual parque unía San Juan con Buenos Aires. Por ella transitaban viajeros y troperos con arreos de ganado. En el cordón montañoso se escondía una banda de cuatreros que les robaban las vacas a las que mataban para arrebatarles el cuero.

Actuaban con tanta violencia que dejaban esparcidos los esqueletos y quijadas.

Con el tiempo, escuadras federales comenzaron a perseguir a los cuatreros hasta su desaparición.

Un diario de época publica un artículo de los Cuatreros de Sierras de las Quijadas y refleja tal situación que con el devenir de la historia fue el origen del nombre del paraje.

El parque

En 1991 se creó el Parque Nacional Las Quijadas que abarca 75 mil hectáreas de las cuales 4.500 están destinadas a ser visitadas.

Las sierras alcanzan 600 metros de alto y 40 kilómetros de largo y 18 kilómetros de ancho. En el medio un cráter de tres kilómetros por un kilómetro habla de una falla geológica.

Sus límites son, al norte el ángulo de encuentro de las provincias de San Juan, Mendoza y San Luis y al oeste las lagunas de Guanacache con el río Desaguadero.

La antigüedad de la formación de la sierra de Las Quijadas es de 120 millones de años y el cordón que se visita tiene 30 millones.

Lo que hay que saber

Servicios: sanitarios, quiosco, administración, camping asadores, quinchos y playa de estacionamiento controlada.

Entrada: $ 25 y se recorren los miradores de manera autoguiada.

Recorridos: Huellas del pasado con guía, $ 60 por persona (recorrido de dos horas y media); Farallones, $ 120 por persona (cuatro horas y media).

Época recomendada para visitar: por el clima árido y la amplitud térmica de la zona, las temporadas ideales para recorrer el parque nacional son el otoño y la primavera.

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