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Voy de viaje

Memoria íntima de pueblos chicos

Dos colosales algarrobos históricos en el medio del monte destacan por su descomunal altura y los troncos cuyos diámetros no alcanzamos a abrazar.

Por Redacción LAVOZ.

Dos colosales algarrobos históricos en el medio del monte destacan por su descomunal altura y los troncos cuyos diámetros no alcanzamos a abrazar.

Los relatos de la zona aseveran que bajo su sombra descansaron los generales Manuel Belgrano y José de San Martín, episodio difícil de comprobar pero enraizado en la memoria comunitaria.

Antes de retomar la marcha conocimos los restos del molino harinero hecho de quebracho hachuelado, sin clavos, sólo acuñado, de gran valor por su antigüedad y que apena por su inexorable deterioro.

Viejos caseríos

En el inicio de la pedaleada buscamos el camino que tras un recorrido de 25 kilómetros conduce al cauce del río Saladillo, donde comienza un tramo de asfalto y siete kilómetros más adelante se arriba a Los Telares, una localidad más de las muchas que crecieron arropadas por el desarrollo que llevó el ferrocarril a tantos e ignotos paisajes argentinos. 

En los terrenos vecinos a la estación, encontramos el quiosco La Esperanza que vende exquisitas empanadas y pastelitos. El comedor del lugar, una pequeña habitación sin ventanas, tiene la particularidad de presentar el piso tapizado de tapas de cerveza. En el lugar conocimos los típicos personajes de los pueblos, algunos con copas de más y otros con el asombro pintado en sus rostros al vernos viajar en bicicleta. 

De nuevo en la ruta rodamos 25 kilómetros hasta Chilca Juliana y sumamos 30 más hasta Medellín. Ese último es un pequeño poblado que aseguran se fundó en 1544, diez años antes que Santiago del Estero, la denominada “Madre de Ciudades”.

Abandonamos la ruta provincial y continuamos por un camino vecinal hacia Villa Atamisqui, cuando el sol se hundía en el horizonte.

La sorpresa fue el inesperado cruce de una gran boa, de las vizcacheras, por el camino. Tras el alerta inicial la observamos y la depositamos en el monte para ponerla a salvo. Ella, confiada, nos dejó hacer.

Villa Atamisqui 

Cuando Villa Atamisqui encendía las luces ingresamos al pueblo, que ya conocíamos por una recorrida realizada el año anterior.

Sin dudar, nos dirigimos a la misma pensión donde la dueña tras reconocernos siguió con la tarea de amasar cientos de empanadas junto a una vecina.

Al otro día fuimos a saludar a las tejedoras de telar a las que les entregamos las fotos del año anterior. Ellos tiene esa sana costumbre de sumar a los visitantes a la ronda de mates donde narraron las novedades de la región.

Cumplido el objetivo de recorrer parte del Camino Real comenzamos a trazar planes de futuras visitas, porque en esos paisajes agrestes de tierra adentro, donde la provincianía es el común denominador, se encuentran relatos populares fantasiosos y reales, anécdotas y conocimientos que enriquecen cualquier la travesía. 

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