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Los caminos llevan a Piazza del Duomo

Por Redacción LAVOZ.

En Milán todos los caminos conducen a la Piazza del Duomo, la increíble Catedral construida en 1387, en mármol y con medidas de coloso: 158 metros de largo por 108 metros de alto.

De estilo gótico, salvo la fachada neogótica, tiene en su interior nada menos que 3.500 estatuas que a diferencia de otras iglesias, se pueden fotografiar, eso sí, previo pago de dos euros.

La plaza es el punto de reu¬nión también de los jóvenes estudiantes que utilizan las escalinatas del Duomo para merendar. Mientras, miles de palomas sobrevuelan y se acercan a las manos extendidas

de los turistas que les ofrecen comida, comprada previamente a los oportunistas de siempre, en este caso africanos, a un euro el puñado.

A la izquierda del templo se encuentra la Galería Víctor Manuel II, nombre que recuerda al primer rey de la Italia Uni¬ficada. El magnífico edificio fue construido entre 1865 y 1877 y consta de dos arcadas perpendiculares cerradas con bóvedas de vidrio que al cruzarse forman un octógono de cristal y hierro fundido.

En su interior los comercios son un conglomerado de vanidades terrenales ya que exponen diseños de alta costura y joyas donde están presentes las marcas más famosas como Prada, Louis Vuitton, Massimo Dutti, y Gucci que le aportan un imponente brillo.

La galería tiene cuatro pisos en los que se distribuyen un hotel de lujo, bares y restaurante.

El hall principal conduce a la Plaza de la Scala que enfrenta al Teatro homónimo, comúnmente llamado la Scala de Milán, la sala de ópera más grande del mundo que data de 1778.

Entre los más destacados ¬directores que pasaron por ese templo del arte se pueden mencionar a Arturo Toscanini, Gianandrea Gavazzeni, Riccardo Muti y al argentino Daniel Barenboim, entre otros.

Sobre otro de los costados de la plaza se encuentra el actual Ayuntamiento de Milán que ocupa un edificio antiguo, amplio y cómodo, después de dejar el Palacio Real, cuyos orígenes se remontan a 1138 y que fue reconvertido en sede cultural.

Castillo Sforzesco. Desde ese punto y encaminados por Vía Dante se llega al castillo Sforzesco, verdadera fortaleza construida entre 1358 y 1368 con forma cuadrangular de 180 metros de largo, cada lado, y cuatro torres de vigilancia en sus vértices.

Allí vivió Francisco I Sforza de la dinastía Sforza de Milán y en la actualidad es un museo de arte, muy amplio y bien conservado, y desde el fondo se puede observar el Arco de la Paz, muy similar al Arco de Triunfo de París.

El tránsito en Milán es intenso pero fluido gracias a las varias y anchas avenidas por las que circulan distintos medios de transporte, incluso, bicicletas que tienen sus propios carriles.

Y por ellas avanzamos para observar en la iglesia Santa María de las Gracias, consagrada en 1463, el muro donde Leonardo Da Vinci pintó La última cena pintura realizada para el dique Ludovico Sforza entre 1495 y 1497.

El muro se encuentra en lo que era refectorio del antiguo convento y se ingresa por un costado de la iglesia. La entrada cuesta ocho euros y se adquiere por Internet y habilita el ingreso a un salón muy amplio con sólo seis bancos largos de madera que permiten sentarse a las 25 personas por turnos de 15 minutos. La pintura tiene ocho metros con 80 de largo por cuatro con 60 de alto.

Una luz tenue la ilumina. No se permite fotografiarla ni filmarla.

En ella se observa a Jesús que preside la mesa junto a los 12 apóstoles: Bartolomé, Santiago el Menor, Andrés, Judas Iscariote, Simón Pedro, Juan, Tomás, Santiago el Mayor, Felipe, Mateo, Judas Tadeo y Simón.

Enfrentado al mural del célebre artista florentino está el fresco realizado por Giovanni Donato de Montorfano llamado Crucifixión que culminó en 1495 y en la que se observa a Jesús crucificado, acompañado por algunos de sus seguidores y a sus pies, tendida, María Magdalena. Silencio absoluto y reflexión reinan en el recinto.

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