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El castellano, riojano

Si bien el vino es el nexo de numerosas rutas que discurren por territorio riojano, tampoco es difícil trazar caminos muy interesantes para visitar monasterios de retiro espiritual y castillos de defensa y vigilancia que en muchos casos permanecen muy bien conservados.

Por Redacción LAVOZ.

Estamos en el siglo XI, el Medievo transita por su ecuador y Europa comienza a generar los primeros rayos de luz que mucho tiempo después darían paso al Renacimiento. San Millán de la Cogolla es un pueblo perdido en los valles riojanos, donde el latín dominante llega muy desfigurado y ha dado paso, como en casi toda la península ibérica, a una versión autóctona con giros y modismos que sirven a las gentes comunes para comunicarse entre sí.

En el monasterio del lugar, un monje copista trata de hacer accesibles unos códices que habían llegado de muy lejos, para que su difusión no choque con la incomprensión de los pobladores vecinos. Así, se le ocurre anotar al lado de la palabra “culta”, un término más familiar con el uso popular, trabajo que hoy se conoce como las Glosas Emilianenses. Probablemente, este estudioso nunca llegó a saber que su pluma estaba pariendo a uno de los idiomas más ricos y extendidos del planeta.

Sin embargo, para ser rigurosos, es oportuno mencionar que los Cartularios de Valpuesta, una localidad castellana ubicada a pocos kilómetros de San Millán, fueron reconocidos recientemente como los primeros documentos escritos, allá por el siglo IX, en “una lengua latina asaltada por una lengua viva”.

La que está viva, y lo podemos corroborar, es la polémica entre riojanos y castellanos por ostentar la envidiable distinción de ser la cuna del español.

Testigos de una historia. Si bien el vino es el nexo de numerosas rutas que discurren por territorio riojano, tampoco es difícil trazar caminos muy interesantes para visitar monasterios de retiro espiritual y castillos de defensa y vigilancia que en muchos casos permanecen muy bien conservados.

Casi inevitable es el conjunto de los monasterios de Suso y Yuso, en San Millán de la Cogolla, no solamente por la trascendencia que tuvo en el nacimiento del castellano (según se cita aparte) sino por sus valores arquitectónicos y el hermoso entorno natural que los rodea. Suso, el más antiguo y austero, comenzó a construirse en el siglo V y contiene rasgos visigóticos y prerrománicos, aunque predomina el mozárabe del siglo X. El de Yuso se inició allá por el 1053 y tuvo un origen de leyenda. Fue demolido y reconstruido en el siglo XVI, en estilo herreriano, que es su aspecto actual.

La leyenda tuvo que ver con la pretensión del rey de Navarra de trasladar el cuerpo de San Millán a Nájera, una ciudad cercana. Pero los bueyes que tiraban del carro mortuorio se plantaron a la salida del valle y no se movieron ni un metro más. El rey, llamado García, que en aquellos años era un nombre y no un apellido tan común como hoy, interpretó este plante animal como una señal de que el santo no deseaba cambiar de aldea. Y entre creyente y supersticioso, don García mandó a erigir el nuevo monasterio a pocos metros de Suso.

Otros monasterios interesantes son el de Nuestra Señora de Vico, en Arnedo, regido por la orden del Císter, donde podemos adquirir repostería y porcelana, y el Monasterio de Valvanera, cuyos monjes elaboran un exquisito licor, de propiedades medicinales.

Respecto a los castillos, en La Rioja se contabilizan unas 40 construcciones de este tipo, siendo una tarea difícil quedarse con un puñado para recomendar. Todos están cargados de historia, capítulos trascendentes de una región donde los cuernos de guerra sonaron a menudo tras aventuras políticas, religiosas o de amoríos.

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