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Valdés, la península salvaje

Playas tranquilas y aguas cristalinas son el punto de partida para interactuar con la naturaleza. Península Valdés es una de las áreas con el mayor número de animales marinos que se pueden observar. Ver además Encuentros bajo el agua.

Por Nicolás Combina (Especial).

Existen pocos lugares en la extensa costa atlántica argentina tan especiales como Península Valdés, en Chubut. Es un sitio protegido por su activa naturaleza, que al visitar el paisaje abierto de la Patagonia extiende sus brazos de estepa y mar profundo para encontrarnos, como si se tratara de ese amigo que vive lejos y al verlo le estrechamos un fuerte abrazo.

Al recorrer Península Valdés se puede apreciar de una manera diferente y muy de cerca la vida animal que se desarrolla en libertad por su escenario marino. 

Es una porción de tierra, cielo y mar donde la fauna silvestre no conoce de cautiverio. Este lugar tiene una de las mayores concentraciones de mamíferos marinos del planeta. 

Cada vez más, el snorkel con lobos atrae a numerosos viajeros.

Grupos de delfines y toninas overas surcan las olas, elefantes marinos del sur asoleándose en las playas, familias de orcas cazadoras, pingüinos de Magallanes, gaviotas cocineras y cormoranes de cuello negro, entre otros animales, hacen de Valdés un observatorio abierto que invita a contemplar de manera inigualable los modos de vida de su fauna a la que le debemos respeto y protección.

Turistas y científicos arriban al área protegida durante todo el año con la finalidad de interpretar un activo ecosistema que transcurre a nuestro alrededor y a muy pocos metros, donde a primera vista, y si no se agudizan los sentidos, todo parece desolado, quieto y estéril. 

La península se une al continente por una lengua de tierra –de poco más de 10 kilómetros de largo y cinco de ancho– conocido como istmo Carlos Ameghino. 

El accidente costero da forma al golfo Nuevo, al sur, y golfo San José, al norte.

La zona, de 3.625 kilómetros cuadrados, fue reconocida en 1999 como Patrimonio Natural de la Humanidad, galardón que da cuenta de sus particulares características geográficas y ambientales.

La naturaleza marina allí se pronuncia sin restricciones, el paisaje que domina es la tiesa estepa patagónica que de repente se vuelve costa de arena tras caer desde altos acantilados; las restingas muestran sus fósiles a un mar azul y verdoso cuya transparencia sorprende a quienes no conocen esta parte del país. 

Colonias de cormoranes comparten el hábitat en las loberías.

Con la llegada del verano, la península despide a quien le da fama mundial: la colosal ballena franca austral. 

Durante diciembre los gigantes cetáceos que llegaron en junio migran rumbo a las gélidas aguas próximas a la Antártida, pero la marea tranquila de los golfos sigue siendo el anfiteatro acuático para emocionarse.

Criaturas del mar

Como ocurre con el avistamiento de las ballenas y sus ballenatos que nacen con el otoño, hay otra especie que nos invita a vivir una experiencia incomparable y que posibilita un encuentro cercano, como si se tratara de una romántica reconciliación entre el hombre y la naturaleza salvaje. 

Nadar mar adentro con lobos marinos en libertad es una actividad que en pocos lugares de Sudamérica se puede realizar, allí entre las loberías dispersas por la península la cita es imperdible.

Dramático pasado

Sin embargo esto no siempre fue así, épocas pasadas una cruel matanza acabó con miles de lobos marinos. Su piel y aceite eran blanco letal de un comercio que inició en 1812 el británico Henry Libanus Jones, quien por cinco décadas recorrió las costas patagónicas para explotar el negocio de los cueros.

Luego, entre 1917 y 1953, Lorenzo Machinea obtuvo la concesión oficial y fueron faenados más de 260.000 ejemplares, lo que generó un lamentable retroceso en la población. Con el tiempo la prohibición de la caza y un enfoque sustentable sobre el recurso dieron lugar a la conservación y el ecoturismo como actividades que posibilitan por estos días la vida con más armonía.

La comarca de Puerto Pirámides tiene a la fauna marina como protagonista principal en las extensas y tranquilas playas chubutenses.

Numerosas colonias reproductivas de la especie de lobos marinos de un pelo habitan el área, se estima una población total de 20.000 animales distribuidos entre las extensas y silenciosas playas de la línea costera, donde el viento patagónico sopla fuerte y esculpe el paisaje desde hace millones de años.

En las loberías, apostadero continental de numerosos harenes, los lobos o leones marinos transcurren sus días entre las olas de espuma blanca y entregados a los rayos de sol. 

Sólo se requiere embarcarse, alistar el equipo de snorkel, respetar las indicaciones y echarse al agua: las hembras y cachorros darán inicio a la función.

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