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Vivir el sueño de la libertad en dos ruedas

Una crisis llevó a Renzo Paletti (30) a la ruta en plena pandemia. Se las ingenió para ingresar en moto, legalmente, a otros países. Nueve meses y miles de kilómetros después, relata la experiencia que empezó en Jovita, Córdoba.

Por Juan Martín Orellana (Especial).

Diciembre de 2020, al atardecer. Luego de una lluvia fugaz, Renzo Paletti termina de subir su equipaje a una moto Guerrero 150. Acaba de despedirse de sus padres. Pasó la noche con ellos, en la cama que ocupó hasta los 18 años, cuando dejó el pueblo por primera vez para ir a la universidad. No sabe cuándo volverá a tocar una similar. 

En pocos minutos, abandonará Jovita (Córdoba) nuevamente para internarse en la ruta con una carpa y una mochila. Y un sueño: empapar sus ojos de sol, de mar y del cielo de Latinoamérica con la ilusión de hallar así una nueva forma de libertad.

“Salir con este calor, hermano. ¿De verdad tenés ganas de viajar?”, le pregunta un amigo. Renzo sonríe. Chocan los puños. Desde hace unos meses, en el mundo solo es posible abrazarse así. Luego enciende la moto y empieza a irse. Desaparece poco a poco a través de las calles que lo vieron crecer, con una gota de humedad atravesándole la cara.

Nueve meses, 15 mil kilómetros y decenas de ciudades después, cuenta que tiene amigos viajeros de diversas partes del mundo. Que su carpa amaneció en estaciones de servicio, en la cima de montañas y muchas veces, pero pocas para el tamaño de su deseo, frente al mar. Que fue hospedado en una mansión lujosa en Paraguay, comió salmón y paseó por las calles en Mercedes Benz. Y, semanas más tarde, pasó un mes en la favela más peligrosa de Río de Janeiro, en una vivienda sin luz eléctrica. Quiere vivirlo todo, experimentarlo todo. Sostiene que solo así se derriban los prejuicios.

Cuando enciende la cámara -la entrevista transcurre por videollamada-, la amplitud de su ropa delata que ha dejado una decena de kilos en algún lugar de la ruta.

“Eran kilos de ansiedad, de miedo”, dice.

En la “Ciudad Amistad”

Llegó hace unos días a Caraí, un pueblo de 10.000 habitantes que pertenece al Estado de Minas Gerais. Le dicen “Ciudad Amistad”, porque allí todos se ayudan con todos. La casa donde reside está ubicada sobre una montaña. Se lo observa hablar fluidamente el portugués con las personas que lo acompañan, un búlgaro y una pareja de brasileños. También ellos son “viajeros profesionales”.

“O nómades, podés ponerle la palabra que quieras. Buscamos la aventura, la improvisación. El confort nos aburre, sentimos que en la quietud está la muerte. Estamos en plena revolución contra lo establecido. Una revolución pacífica”, detalla.

Todo ser humano carga sobre sus hombros una historia de peso. Por alguna razón, un enorme número de personas a lo largo del mundo cree que viajar tiene efectos terapéuticos.

La aventura representa para ellos un acceso a la liberación, una oportunidad de empezar de nuevo. “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule, yo, no soy yo. El vagar sin rumbo por nuestra mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí”, escribió Ernesto Guevara luego de su travesía de nueve meses en moto por el continente.

En pocos días, Renzo cumplirá el mismo tiempo arriba de la suya, en la persistente búsqueda de sí mismo. Pero el viaje no fue la primera opción para aliviar el dolor. Diez años atrás, un psiquiatra le diagnosticó depresión y le prescribió medicamentos. Según relata, los antidepresivos lo hundieron aún más en la oscuridad. Le impedían pensar y sentir. Anulaban su creatividad.

Más tarde, experimentó con el psicoanálisis y fue distinto. “Me hizo mirar donde no quería, en mis temores. Sentí la necesidad de tomar las riendas de mi vida, de crecer. Sin terapia, quizá habría tardado más en asumir la decisión de salir de viaje”.

Sueño y camino

Soñaba con el mar. Visualizaba sus pies en la arena, alcanzados de tanto en tanto por tímidas olas que al segundo se despedían para volver a la inmensidad. Confiaba en que su sonido monótono por las noches le entregara las verdaderas respuestas. Esas imágenes, en los días difíciles, eran el combustible que impulsaba su sueño. Cuando llegó a Bombinhas, tras viajar durante meses por el norte argentino y algunas ciudades de Paraguay, se puso a llorar. Frente al mar, con la moto que había conseguido en Facebook semanas antes de partir, recordó a las personas que había conocido. A cada uno de los hombres y mujeres que cruzó en el camino.

“Ahí me di cuenta de que era el proceso, el aprendizaje, lo que valía más que la belleza del paisaje. Hoy soy otro, o más precisamente, sé quién soy. Lo descubrí kilómetro a kilómetro, en el diálogo con personas con puntos de vista muy diferentes a los que yo conocía”.

Quiere sentirse liviano. Fue dejando muchas cosas en el camino y tuvo que aprender a vivir con lo imprescindible. Conserva dos remeras, dos pantalones, un par de zapatillas y unas ojotas. Lava una muda y usa la otra. Vendió la carpa de cuatro personas y compró una individual, que está lista en cinco minutos para alojarlo donde lo encuentre la noche.

“La gente en las ciudades, yo mismo en el pasado, he acumulado cosas que nunca usé y después olvidé. Considero que es un mal hábito. Cuando salí en noviembre tenía cubrecamas, juegos de sábanas, un colchón inflable y decenas de herramientas. A los dos meses, me desprendí de casi todo. A veces, como muestra de aprecio me regalan ropa, pero al poco tiempo termino dándosela a alguien que la necesite más que yo”, detalla.

Los peligros de idealizar el viaje

Christopher McCandless se gradúa con honores en 1990. Al día siguiente, entrega la totalidad de sus ahorros a una ONG y se sumerge en la vida silvestre. Lo hace tan profundamente que, a pesar de las persistentes búsquedas, se vuelve indetectable. Su familia no tuvo noticias suyas hasta 1992, cuando un cazador en busca de refugio encontró su cadáver dentro de un colectivo abandonado en Alaska.

La biografía de McCandless fue llevada al cine por Sean Penn en el año 2007. A pesar del trágico desenlace, Into the Wild inspiró a que decenas de jóvenes emprendieran una odisea rumbo a Alaska, con el objetivo de fotografiarse junto al icónico colectivo. Dos de ellos perdieron la vida en 2008. Al menos 15 fueron rescatados en la última década.

Está claro que ante una crisis, la ruta es una tentación para llenar la existencia. Pero también puede ser un lugar despiadado. Renzo quiere hablar de eso.

“Estoy viviendo la aventura de mi vida -dice Renzo-. Pero a quienes se disponen a viajar, quiero decirles que no es para cualquiera. Yo puse mi carpa en lugares donde la gente me decía que era peligroso, y para mí no lo fue. Desde mi percepción. Quizás otro, en la misma situación, reacciona de una manera distinta. El límite entre la locura y la lucidez está cruzando una delgada línea. Ayer hablé con una amiga, también argentina, que salió de viaje con su pareja. La cosa no funcionó entre ellos, quedó sola y en la desesperación quiso quitarse la vida. Por eso, mi responsabilidad es advertir que no es fácil”.

En Brasil hay una expresión para referirse a las personas en situación de calle: “Morador da rua”. Renzo no lo sabía. Lo empezó a saber en mayo, cuando le quedaba dinero solo para un tanque de nafta. En la desesperación, el idioma portugués que estaba empezando a fluir, se borró de su mente. Era incapaz de comunicarse.

Como quien arroja una botella al mar, relató en un grupo de Facebook su situación. Pidió ayuda. Allí apareció un viajero argentino que, sin conocerlo, le armó una ruta de contactos con direcciones precisas de casas donde le abrieron las puertas y lugares donde le ofrecieron trabajos provisorios.

“Cuando dependés de la solidaridad, entendés que es una virtud que posee gente muy distinta. En El Naranjal, Paraguay, le pregunté a una persona en la calle donde podía encontrar un hostel. El tipo me contestó: esta noche la pasas en mi casa. Y en total fueron seis días, en los que la familia entera preparaba comidas especiales porque yo estaba ahí”.

“Por las tardes -continúa-, paseaba en una motocicleta de alta gama. Dos semanas después, conviví con una familia en una favela en Conceição das Alagoas, en un barrio ocupado por narcos. La vivienda no tenía conexión eléctrica. Me bañaba por las noches a la luz de una vela. Dormía, soñaba y luego despertaba con la música de los disparos. Pero la gente que me recibió me entregó su corazón en las manos. Ahí es cuando las estructuras mentales, los prejuicios, se quiebran”.

En moto, es único

Renzo se mueve en moto. Remarca que su experiencia sería diferente en avión, a dedo, en bicicleta o en casa rodante. La elección del vehículo lo conectó con Moto Ayuda Internacional (MAI), un grupo de WhatsApp que funciona en varios países del mundo. En una ocasión, cuando le quedaba poco dinero, asistió a un evento de la organización con 50 encendedores. Reunía de tanto en tanto a un grupo de gente y les contaba su historia. Los vendió a todos por el valor de 9.000 pesos argentinos.

“A veces, la gente me pagaba y no recibía el encendedor. Eso me enseñó que muchas veces funciona mejor moverse en un ambiente que ofrecer al azar en la calle un producto a la gente que no lo necesita, y encima pretendés que te den dinero por eso”.

En otra ocasión se le rompió la moto en medio de la ruta. Escribió al grupo de MAI y una persona le pidió la ubicación y le envió el remolque.

“14.000 pesos argentinos. Sin conocerlo. Nunca hablamos personalmente”.

Su plan es seguir de viaje por el norte de Brasil y luego cruzar a la Guyana Francesa. Pero desconfía de la palabra plan. Prefiere la improvisación. Se sienta en su moto como ante un piano de jazz, y entonces solo el presente existe. Fluye, a través de las sensaciones que percibe en el aire y avanza por lugares que jamás había oído nombrar. 

Así, por destino o azar, ingresó a tantas casas, integró tantas familias, que se siente de todas y de ninguna. Un pedazo más del camino.

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