Venecia, un laberinto sobre el agua

Los turistas devoran como hormigas este destino. Y si bien la cantidad de palacios e iglesias para conocer es asombrosa, no hay mejor plan que perderse entre sus puentes y calles.

El sol apenas se asoma detrás de la isla de Lido, el enorme barco avanza majestuoso y, desde la cubierta, los pasajeros que madrugamos vemos una Venecia como nunca más volveremos a ver: desierta. Venecia duerme: las góndolas se mecen solitarias amarradas delante de la plaza San Marco, los palacios y las catedrales están en silencio y nadie cruza sus puentes todavía. Y tal vez porque aún no está cubierta por miles de turistas del siglo 21, con sus cámaras y celulares, Venecia se muestra en su esencia: poderosa y anacrónica, revelando que durante siglos fue una ciudad estado, con su propio rey o dux, y un faro en el arte, la arquitectura y el comercio de Europa.

La cantidad de palacios, iglesias y monumentos que existe es apabullante. Cada uno tiene un extenso pasado, fue embellecido por maestros de la pintura y hoy es admirado por un millar de viajeros. Pero antes que competir por la medalla al mejor turista y aprenderse cada sitio de memoria, conviene perderse en el laberinto de sus calles, pasajes, puentes y patios. Las 118 pequeñas islas unidas por 400 puentes están divididas en seis barrios o sestiere. A excepción del Gran Canal, el único por donde circulan las lanchas colectivas (vaporetto), el resto de los 160 canales son estrechos –algunos no llegan a los cinco metros– y sólo andan por allí las góndolas sin motor y las lanchas a baja velocidad.

DATOS ÚTILES. Información útil para enloquecer en Venecia.

Entre máscaras y puentes

Venecia se puede recorrer a pie. En varias de sus esquinas hay carteles amarillos que indican la dirección hacia los cuatro puntos más importantes –Rialto, plaza San Marco, Piazzale Roma y Academia–, por lo que no hay que preocuparse. Vale entrar en cada negocio de cristales de Murano –donde venden desde pulseras a esculturas–, en los de máscaras y en las zapaterías artesanales, que se intercalan con restaurantes, chocolaterías y heladerías.

Después de la plaza San Marco, el Rialto es una de las zonas más concurridas. Allí está no sólo el puente más antiguo, que cruza el Gran Canal desde 1588, sino también el mercado donde todos los días llega el pescado fresco y las frutas y verduras se exhiben como joyas.

El puente más moderno sobre el Gran Canal es el de la Constitución, que diseñó, no sin cierta controversia, Santiago de Calatrava en 2008. Está en Piazzale Roma, al lado de la terminal de tren y un estacionamiento que pone fin a la autovía-puente de la Libertad, que se extiende por nueve kilómetros sobre la Laguna de Venecia y une la ciudad con el continente.

El corazón de la ciudad

Hasta el más desorientado llegará sin proponérselo a la plaza San Marco. Allí, desde hace ocho siglos, la gente sigue congregándose y maravillándose por el conjunto arquitectónico que la rodea. Girando 360 grados, encierran la plaza el palacio Ducale, la Basílica de San Marco –de entrada gratuita y larguísima fila, a excepción de los que se anotan online–, la Torre del Reloj, el Museo Correr y la Procuraduría. En el centro está el Campanile, campanario de la basílica construido aparte y a donde Galileo se subía a ver el cielo en 1600 y, frente al Gran Canal, las columnas de San Marco y San Teodoro, de 1172, donde se hacían las ejecuciones públicas. La de San Marco tiene en su cúspide un león alado, símbolo de la ciudad. Dicen que pasar entre ellas trae mala suerte. En las galerías de la Procuraduría está el famoso Café Florián, de 1720, donde al atardecer una orquesta toca en vivo y la consumición más barata cuesta diez euros.

Es tal el gentío que hay que resignarse a que en las fotos aparezcan extraños, sobre todo orientales que viajan en grupos numerosos aglutinados alrededor de un guía con sombrilla.

Una lista interminable

El listado de tesoros a visitar incluye el teatro La Fenice; el grandioso palacio Ca’Rezzonico, donde funciona el Museo del Settecento Veneciano; Ca’Pessaro, donde están los museos de arte moderno y arte oriental; y la monumental Basílica Santa María della Salute, que se erige del otro lado del Gran Canal. Y la lista sigue y sigue.

Sucumbir al encanto de Venecia es dejarse envolver por su misterio, caminar sus calles sin plan y de pronto aparecer en un patio a donde milagrosamente no hay nadie y escuchar las voces de los últimos venecianos que murmuran en su dialecto.