Una visita a Roma, fuera de clichés (o casi)

Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)
Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)

La increíble ciudad es la puerta de ingreso ideal a Italia. Además de los lugares típicos, hay muchos otros rincones romanos para disfrutar de una estadía.

Lo primero que pienso al escribir esta nota es todo lo que no voy a decir. No voy a decir que Roma es un museo a cielo abierto ni una ciudad histórica, ni a llamarla “cittá eterna”.

No voy a hacer referencia a Fellini ni a La dolce vita cuando hable de la Fontana di Trevi, ni a mencionar a las Vespa o decirle “gelato” al helado. Porque la ciudad es mucho más que ese conjunto de lugares comunes, y a la vez mi recorte es mucho menos pretencioso.

Roma fue mi puerta de entrada a Italia. Una de las primeras cosas que noté caminando por sus calles es que había muchos laureles, igualitos al que crecía en la entrada de mi casa en Córdoba, así que de entrada la sentí familiar.

Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)
Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)

Lo segundo fue el calor: en junio, un poquito antes de que empiece el verano en Europa, la temperatura en la ciudad se parece a la de nuestra provincia en pleno enero pero sin humedad; y el sol sobre la piedra y el cemento quema.

Fui al Coliseo, al Foro Romano, al Panteón de Agripa y a las plazas más conocidas. Comí pasta (sobre todo) y probé helado. Vi la Fontana di Trevi pero a cara lavada: en obras y sin agua. Entré a la Basílica de San Pietro in Vincoli para acercarme al Moisés de Miguel Ángel.

Hice cola durante horas en los Museos Vaticanos para llegar a la Capilla Sixtina, donde pasé unos minutos mirando el techo entre mucha gente y escuchando por altavoces prohibiciones en loop. Pero mis fragmentos de la ciudad, lo que recuerdo -lo que elijo-, son otros.

Roma en cuatro escenas arbitrarias y subjetivas

De las plazas que conocí, la que más me gustó fue Navona. Por un lado, porque mezcla el esplendor de las fuentes creadas por Bernini y Della Porta con una de las manifestaciones más elocuentes del turismo masivo: los vendedores ambulantes de suvenires.

Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)
Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)

Por otro, porque es un espacio público hermoso para ver gente comiendo, leyendo, jugando, charlando, paseando y vendiendo y comprando cosas. Y además, porque no soy fan del helado pero ahí probé el único del viaje y una parte se me derritió en la mano.

Otro de mis recortes es el río Tíber o Tevere, porque me atrae dimensionar hasta qué punto la naturaleza interviene en un espacio dominado por el hombre (¿o era al revés?) y atraviesa la ciudad.

Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)
Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)

Acabo de leer que tiene 405 kilómetros y que es el tercer río más largo de Italia. En su paso por Roma, lo que me transmitió fue tranquilidad. Los atardeceres sobre el agua, desde la orilla o desde un puente -si vamos a elegir, elijamos el Sant’ Angelo-, son un placer.

Del otro lado del río, donde no están los principales atractivos turísticos, está el barrio Trastevere (cuyo nombre significa justamente eso: detrás del Tíber). Y si bien hace ya unos años que los turistas recorren sus calles, en esta parte de la ciudad se respira otro aire.

Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)
Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)

Hay más espacio (o menos gente), fachadas de colores cálidos, muchas plantas, algunos grafitis y un ambiente relajado que encuentra su mejor expresión en el vermut y la picada de la tardecita, en lugares como Freni e Frizioni, donde pagás un trago y comés lo que querés. Ahí me dediqué a hacer una de las cosas que más disfruto cuando viajo: vagabundear.

Por último, mi ruta incluye a Villa Borghese, un parque público de 80 hectáreas pegadito a la Plaza del Popolo, el tercero más grande de la capital. En Villa Borghese hay nueve entradas, museos, teatros, estanques, fuentes, arcos, grutas y templos, entre otras cosas.

Todo funciona como un gran decorado para lo más lindo que tiene el parque: sus jardines.

Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)
Un recorrido por lo menos conocido de Roma. Un plan posible para esta gran ciudad. (Foto: Florencia Vigilante)

Los llamados “pulmones verdes” de las ciudades son, para mí, lugares donde la urgencia, el Fomo (fear of missing out: miedo a perderse de algo) y los mandatos turísticos se disipan. Tengo algunas prácticas que ayudan: caminar a la sombra de los árboles, sentarme en un banco a hablar con gente y buscar spots con buenas vistas al destino -en este caso, el monte Pincio, en la parte sur del parque-.

Me vuelvo de Villa Borghese así: caminando despacio, con la imagen de Roma desde las alturas y con una flor en la mano.

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