Un viaje de película a Noruega para "cazar" auroras boreales

Brota el invierno europeo. Y, como cada vez que habito el hemisferio norte en estas fechas, renace un viejo deseo: experimentar en primera persona el fenómeno de la aurora boreal.

Agarro el mapa y lo desmenuzo. La línea imaginaria del Círculo Polar Ártico es la que delimita las opciones. Por las condiciones climáticas que la caracterizan, la ciudad de Tromsø es la elegida para afrontar el desafío. Está ubicada en el extremo norte de Noruega; a la misma latitud que Alaska, Groenlandia y Siberia, pero su temperatura es mucho más favorable debido a que la corriente del Golfo de México la atraviesa.

La isla de Tromsøya, que alberga al destino, resplandece rodeada del oscuro Mar de Noruega. El abundante blanco maquilla el escenario. Los pinos, a ambos lados de la calle, son una central de acopio de nieve.

Mientras se camina, es primordial tener cuidado con el hielo acumulado en las veredas. En cada esquina se suceden las caídas. Lo más recomendable es usar una suela con pinchos metálicos que se adapta fácilmente al calzado (se consigue en cualquier tienda de suvenires).

DATOS ÚTILES. Información útil para enamorarse de Tromsø.

El reloj marca las tres de la tarde y el atardecer se consumó hace ya un par de horas. De octubre a marzo, la oscuridad predomina en el Ártico y es gracias a este factor que las “luces del norte” se hacen visibles –incluso en los meses de agosto, septiembre y abril se las puede percibir, aunque con menor intensidad–.

Camino por la calle principal de Tromsø. Este paisaje tan extremo me hace sentir inmerso en una película, o en un cuento. La temperatura va en descenso con el avance de los minutos. Beber un gløgg –vino caliente con canela, jengibre, pasas de uvas, cardamomo, cítricos, vainilla y almendras– en el puestito sobre la plaza es una gran idea para ahuyentar al frío.

La noche se encuentra despejada, lo que hace pensar en una gran cita con la aurora. Para verla, es preciso alejarse de la ciudad y de la contaminación lumínica. Un cielo oscuro favorecerá al avistaje.

Salgo rumbo a la montaña, donde se posa la base del teleférico Fjellheisen, una de las principales atracciones de Tromsø. Para llegar, hay que cruzar el puente de más de mil metros de largo que conecta las islas de Tromsøya y Kavaløya. Inaugurado en 1960, es una de las postales más famosas de la ciudad. Al llegar al otro extremo, aparece la iglesia Tromsdalen, popularmente conocida como “la Catedral del Ártico”.

Una vez alcanzada la otra orilla, la luz artificial de la ciudad comienza a extinguirse. Las coloridas casas de madera y techos a dos aguas, cubiertas de nieve y decoradas con estalactitas, acompañan durante el paseo. El monte Fløya se eleva paso a paso. Esquivando el hielo, el andar comienza a hacerse pesado. Pierdo la cuenta de cuántos grados bajo cero habitan la atmósfera. Mis pies padecen el ambiente helado.

Pero mantengo la vista en dirección a lo alto. De repente, dos hilos fluorescentes emergen desde el firmamento. Incipientes. Tímidos. Como quien anticipa lo que vendrá. Al cabo de unos instantes, la aurora boreal explota en mi cara. Y quedo suspendido ahí por algunos minutos.

No puedo abarcar la escena completa. El verde llueve a pinceladas; poco a poco se suman el púrpura y el magenta. Las luces de colores danzan por los aires. El tiempo parece detenerse apoyado en este portal hacia lo fantástico.

Es una noche de las que se acomodan sobre el estante de lo majestuoso. Una noche que me lleva a pensar que no existe manera de poner en palabras lo que sucede en el Círculo Polar Ártico.