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El turismo oscuro crece detrás de las tragedias

La tendencia fue descubierta en la década de 1990, pero ha crecido su práctica en los últimos años hasta el inicio de la pandemia. 

Por Marina Perassi (Especial).

El turismo oscuro es una práctica histórica y nada novedosa. Tiene muchas otras denominaciones como turismo negro, turismo de miedo, turismo de misterio o “gosht tourism” porque está vinculado a la muerte, a lo trágico, a los crímenes y, por todo eso, al sufrimiento. 

A pesar de esa esencia morbosa que lo estigmatiza, y por encima de numerosos debates éticos, es parte de lo que se denomina turismo cultural. Se trata de visitar sitios donde la muerte puso su impronta. Los vestigios de las guerras, los desastres naturales, los cementerios, las ciudades con leyendas urbanas y los sitios donde ocurrieron genocidios, motivan este tipo de prácticas: se trata de un turismo de experiencias que en ocasiones no parte de una base cultural sino de lo emocional, de la curiosidad o del morbo, pero que no puede estar separado de lo cultural e histórico. 

Entre los más populares se destacan Pompeya, en Italia, que sufrió la erupción del volcán Vesubio, que cubrió todo el poblado en el que murió gran parte de sus habitantes; Auschwitz, Polonia, por los campos de concentración y exterminio nazi; Hiroshima, Japón, destruida casi en su totalidad por una bomba atómica que envió Estados Unidos, durante la Segunda Guerra Mundial; Chernóbil, Ucrania, donde ocurrió en 1986 uno de los accidentes nucleares más graves de la historia, cuando explotó un reactor nuclear; o la Zona Cero de Nueva York, en el lugar que ocupaban las Torres Gemelas antes de su destrucción total a causa de los atentados de septiembre 2011.

Turismo de cementerios

Los cementerios son una suerte de museo a cielo abierto, más aún si los recorremos con traje y anteojos de exploradores y focalizamos nuestra atención en la riqueza cultural, arquitectónica, histórica y patrimonial con que han sido construidos. En Europa existe la denominada Ruta europea de los cementerios como producto dentro de la oferta turística cultural y se lo considera “turismo de patrimonio”. 

Otra mirada para este tipo de recorridos es bajo la denominación de “turismo tanatológico” o “necroturismo”, como se denominan las visitas específicamente a cementerios. A pesar de que muchos críticos lo consideran una práctica morbosa y en muchos sitios la muerte sigue siendo un tema tabú, esta tipología se impone por la demanda y no por motu proprio. 

En Buenos Aires, entre los sitios más visitados están los cementerios de La Chacarita o de Recoleta, y en Córdoba acaban de mejorar la infraestructura del histórico cementerio de San Jerónimo, como una de las políticas de la Dirección de Turismo.

Entre los de mayor cantidad de visitas en el mundo se destacan el Cementerio Judío de Praga, donde descansan más de 100.000 judíos; el cementerio Père-Lachaise de París, Francia, en el que están referentes de la cultura como Chopin, Jim Morrison u Oscar Wilde; o el General Chichicastenango de Guatemala, “el más colorido del mundo”. Allí, se pintan las tumbas según los roles del fallecido: una tumba blanca representa pureza, el amarillo a los abuelos y al sol, el turquesa a las madres y a la protección, y el resto de colores tienen que ver con los gustos del difunto.

El cementerio de La Recoleta porteño se destaca por sus ostentosos mausoleos, bóvedas y panteones construidos por familias aristocráticas, en los que descansan muchos protagonistas de la historia nacional. 

Turismo, en fin

Muy por encima de los debates éticos que enjuician negativamente a esta práctica, la demanda es cada vez mayor, sea por interés cultural o por satisfacer el morbo propio. 

La industria turística mundial está siempre atenta a satisfacer los requerimientos de los viajeros, más cuando se trata de productos innovadores, en los que están servidos y disponibles los recursos tangibles.

Tres sitios muy morbosos

El bosque de los suicidas de Aokigahara, Japón.

Conocido como el “mar de árboles”, se trata de un frondoso bosque en la base del monte Fuji. El silencio en su interior estremece, y es fácil perderse aún con sendas turísticas marcadas. Este sitio es elegido para suicidios. Diariamente, un grupo de voluntarios recorre el bosque para retirar cadáveres. Muchos visitantes llegan movidos por la curiosidad y se recomienda recorrerlo con guías especializados. Se cree que esta práctica se remonta a finales del siglo 19, cuando las familias humildes abandonaban a los ancianos allí para que murieran. 

Isla de las muñecas en Xochimilco, México.

Una leyenda urbana cuenta la historia de una niña que se ahogó frente a los ojos del dueño de la isla que, atemorizado, no pudo entrar al agua para salvarla. Desde ese momento, él comenzó a dejar muñecas para que acompañaran el alma de la niña. Otra versión asegura que las utilizó como amuleto, pensando evadir el enojo del espíritu. Es una especie de santuario escalofriante, desborda de muñecas de todos los tamaños y formas, vejadas por el tiempo, rotas, mutiladas, sucias. 

Ataúdes colgantes Sagada, Filipinas.

En algunas etnias de Filipinas, Indonesia y China, en comunión con sus antiguas creencias, se mantiene el ritual funerario de colgar ataúdes en las paredes de los acantilados. Usaban de base vigas incrustadas en la montaña o piedras naturales que sobresalen de la pared. La creencia era que, al colocarlos en altura, las almas de los difuntos estarían más cercanas al cielo. Otros argumentan que también era un modo de resguardarlos de la presencia de animales carroñeros.

 

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