Saben esperar las mujeres de Villamil

Ellas son esposas, madres e hijas de pescadores entrenadas en el oficio de la paciencia. Historias mínimas en esta playa de Ecuador que goza con el segundo mejor clima del mundo. 

Patricia, Margarita, Shirley Vanessa y Keisy Dayana. Los botes que en callan en la costa de Villamil, Ecuador, tienen nombre de mujer. Son esposas, madres e hijas ejercitadas en el oficio de esperar. Saben a qué hora sus hombres se van de casa para internarse en el incierto océano pero desconocen cuando regresan.

Todas las mañanas, el mar se retira unos doscientos metros. Los botes se entierran en la arena hasta que, horas más tarde, vuelven a bambolearse cuando la marea sube al atardecer.

No hay mejor manera de describir lo que sienten estas mujeres. En cada partida, el corazón se les estruja. La sangre se les va del cuerpo como el agua se retira de la playa. Recién recuperan su pulso natural con el alivio de saber que sus hombres están de regreso en casa.

Puras, como el oxígeno

General Villamil, más conocido como “Playas”, a 90 kilómetros de Guayaquil, fue declarado por la Unesco el segundo mejor clima del mundo. A cinco mil metros de altura, las corrientes se fusionan y crean aquí abajo un microclima, donde el oxígeno es el más puro del planeta.

Además, en la época seca –que va desde mayo hasta diciembre– raramente llueve. El sol permanente lo convierte en sitio predilecto de turistas. Para ellos, el mar es descanso. Para los lugareños, es fuente de alimento.

Por su ubicación privilegiada en la bahía, el sector gozó siembre de una población generosa de peces y moluscos. Pero hoy la actividad pesquera se encuentra en decadencia, debido a la disminución de la vida marítima, la contaminación ambiental y el avance de las zonas urbanizadas.

Aquí, la pesca artesanal se resiste a desaparecer. Mientras los turistas se tuestan en la costa, los marineros siguen navegando en balsas a vela, legado de la cultura aborigen guancavilca. Y aunque fueron reemplazadas por botes de fibra a motor, todavía pueden verse encalladas en la playa norte de Villamil. Se resisten a desaparecer. Siguen allí, bamboleándose puras, como el oxígeno.

Piratas del océano

Un reggaetón suena a todo volumen en la cevichería que da al mar. Olor a bolones fritos que se mezcla con pescado fresco. Una pareja de novios se saca fotos en la playa. Ella, embarazada, viste de blanco. A pocos metros, los primeros botes camaroneros comienzan a llegar.

Margarita Tomalá García busca en el horizonte la embarcación de su hijo. “Sí, niña. Una se ‘angustea’. Una vez lo esperé hasta la madrugada y no venía. Pensé que los piratas lo habían asaltado, pero al final se había estropeado el motor”, cuenta.

Los piratas de los que habla son los ladrones del agua. Los asaltantes llegan a desvalijar embarcaciones completas, robando hasta el ancla y dejando a los marineros a merced de la marea.

Margarita no se cura de espanto. Buena parte de sus 71 años la pasó esperando. Primero fue con Andrés, su esposo. Y ahora le toca con sus ocho hijos varones, que mantienen el oficio de la familia.

La mujer tiene el rostro surcado por las arrugas, y ojos que rara vez sonríen. Todos los días camina hasta la playa, espera por sus hijos, y recibe a cambio un camarón que vende por dos dólares a los turistas.

La pesca de aquella tarde de octubre no fue fructífera. Su hijo Héctor regresó con apenas cinco libras de camarones. Su botín estuvo valuado en 20 dólares, una cifra igual a lo que tuvo que pagar por el transporte y alimentos para dos días.

No hay para la papa

Elementos vitales de la cadena de la descarga, aquí en Villamil cada uno cumple con su rol. Están quienes aportan las camionetas con las que se trasladan las redes, motores, conservadoras para camarones y baldes para pescados más chicos.

Y los que nacieron con generosa humanidad, llamados “forzudos”: son los encargados de hacer rodar los botes a través de troncos que colocan en la arena. Así los transportan hasta el otro extremo de la playa, hasta hacerlos encallar.

Si alguno se quedó afuera de esta completa ingeniería, puede ayudar a empujar las redes, todos los días al atardecer, a cambio de un balde de pescado.

“A mis hijos no les queda otra que salir a pescar, porque en el pueblo no hay para la papa. Juntan el dinero a fin de mes y así pueden pagar la escuela de los chicos”, exclama Margarita.

Y aunque un cantautor madrileño pidió que los que esperen no cuenten las horas, es muy difícil para esta mujer no dejar suspendido el corazón en cada partida.

La viejita recibe su camarón y abandona despacio la playa. Mañana será un nuevo día, y vuelta a rezar para que sus hijos no caigan en las garras de algún pirata. Para que el bote que lleva su nombre no se deshaga en altamar.