Persiguiendo las luces del norte

Facundo Farías viajó al Círculo Polar Ártico, desafiando el frío y la incertidumbre, para ser testigo de uno de los espectáculos más impresionantes de nuestro planeta: las auroras boreales.

Tal vez Noruega no es el primer lugar al que se nos ocurriría ir de vacaciones, pero para quienes buscan experiencias fuera de lo común y no pueden (ni quieren) estar demasiado quietos, salir a perseguir las luces del norte puede ser el desafío ideal. Y precisamente ese tipo de persona es Facundo Farías, un cordobés de 32 años egresado de la UTN como ingeniero informático que vive y trabaja en Barcelona hace casi tres años.

Después de explorar los rincones menos publicitados de Europa, y de unas cuantas escapadas a Tailandia, Egipto y Marruecos, no quedaba otra que empezar a buscar las figuritas difíciles del álbum. Así fue que, en febrero de este año, decidió hacerse un particular auto-regalo de cumpleaños y viajar con su novia y compañera de aventuras, Melina, a Tromsø (Noruega) para tratar de presenciar la magia del cielo nórdico.

–¿Cómo te preparaste para este viaje?

–Primero me interioricé sobre el tema de la aurora boreal: cómo se produce, dónde es más fácil verla, cuándo, etc. No aparece sí o sí; hay condiciones más favorables que otras y necesitás suerte también. En general, hay que tener en cuenta tres factores: la actividad solar (las luces del norte son producidas por partículas solares cargadas que llegan a la atmósfera) que se mide del 1 al 9 (los meses más fuertes son febrero y marzo), el clima (tiene que estar despejado) y la luz del ambiente (se necesita un lugar oscuro, sin contaminación lumínica).

–¿Entonces no hay garantía de verlas?

–No, en las agencias te lo aclaran. Por eso la excursión se llama “Chasing the Northern Lights” porque se trata justamente de “cazar” auroras boreales. Si no se ve en un lugar, los guías te llevan a otro y otro, buscándola. A nosotros nos llevaron primero a una playa, estuvimos dos horas y no pasó nada. Había actividad solar, estaba despejado, el lugar era oscuro y aun así no aparecían. Subimos al bus para ir al siguiente punto y, cuando hacemos 200 metros, una línea verde aparece de repente atravesando el cielo. Ahí nomás pegamos la vuelta y nos bajamos corriendo con las cámaras. Era alucinante: cruzaba el firmamento de punta a punta, apareciendo y desapareciendo. Es algo mágico y la incertidumbre de no saber si vas a poder verla le agrega una emoción especial.

–¿Qué les recomendarías a los futuros cazadores de auroras?

–El tema de la ropa es importantísimo si tenés en cuenta que hace entre -10 °C y -20 °C. Si la idea es sacar muchas fotos, vale la pena comprar unos guantes específicos, porque con los gruesos no podés. Y los pies son clave, sobre todo a la hora de hacer excursiones en la nieve. Vienen unas botas muy buenas que son impermeables y aislantes. En Europa, si te la rebuscás, podés conseguir rebajas. Lo gracioso es que vos salís hecho un muñeco Michelin y los locales andan de jean y camperita polar.

–¿Y qué tal los costos?

–Noruega no es un destino especialmente barato, pero en Europa, si planificás con tiempo y tenés cierta flexibilidad, conseguís buenos precios, sobre todo gracias a las aerolíneas low cost. Tromsø es una ciudad chiquita pero los hoteles son caros. Nosotros conseguimos una guest house a precio moderado (70 euros la noche para dos personas) y tenía cocina, lo cual es muy bueno porque sentarse a comer en un restaurante es muy costoso. La excursión para ver las auroras boreales la hicimos con Artic Guide Service y nos salió 150 euros a cada uno. Si tenés la mala suerte de no verlas, las agencias generalmente te hacen un descuento de entre el 30% y el 50% para que vuelvas al día siguiente.

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