Los mercados, una pieza fundamental (y gratificante) de las ciudades

Los bichos son del tamaño de un pajarito y están todos amontonados en una bandeja de madera como si fueran galletas. Encima hay un papelito ajado y escrito con esmero que dice “fetos de llama disecados, 40 pesos bolivianos”. Al cambio de ese momento son algo más de 5 dólares.

La Calle de las Brujas en la ciudad de La Paz alude en realidad a un laberinto de cuadras en zigzag atiborradas de puestos donde casi no se puede entrar de tanta mercadería. Las mesas y las paredes están cubiertas de cuencos llenos de amuletos, imágenes, figuras, cereales, frasquitos, pócimas, hojas de colores. Del techo cuelgan perchas con más animales rígidos como momias, pero del porte de un perro mediano.

“La llama es un animal sagrado, señorita, y se lo ofrecemos a la madre tierra. Hay que enterrarlo cerca de la puerta para que proteja las casas”, explica la mujer. Debemos tener la misma edad, yo no le diría “señorita”, pienso, pero le digo que faltan más de tres meses para la fiesta de la Pachamama. Y ella responde que todos los días hay motivos para honrarla, pedirle y agradecerle, señorita.

Ella se asume “yatiri”, como le dicen en lengua aimara a las guías, chamanas y brujas sin que ello implique ningún sesgo despectivo. Al contrario, la tradición milenaria les asigna la misión de ayudar, de sanar, de atraer la suerte, en sintonía con la naturaleza. Ella aprendió todo de su madre y de su abuela, y ya se lo transmitió a su hija, que también es madre.

“La tortuguita vive muchos años y nos da la salud. El cóndor ilumina el viaje. La inteligencia está en el búho. El sol es energía”, enumera en una simplificación apta para turistas con poco tiempo mientras arma una canastita que llama “mesa” y la ofrece con las manos abiertas. Ya quisiera un poco de todo eso. Lástima no poder llevarme también su voz calma y ceremoniosa.

Pesca del día

Ninguna novedad, los mercados pueden ser lugares donde perder la cabeza por un buen rato para embarcarse en un viaje ancestral de olores y sabores, como sucede en la Feria Fluvial de la ciudad-puerto de Valdivia. Fundada en 1552, se trata de una de las más antiguas del país y es también la capital de la Región de los Ríos de Chile.

Flotando en la orilla, con el ancho río Calle-Calle como telón de fondo, los puestos se nutren de la carga que traen las lanchas y se organizan casi al ras del suelo dejando un pasillo generoso para que circule la gente. Desde bien temprano hasta las 15, ahí se cultiva el ritual del intercambio que hizo fuerte a la zona en la época prehispánica y colonial.

Los pescados y mariscos se exhiben en orden puntilloso clasificados por secciones, colores, tamaños y precios; todos con las aletas para un lado, los ojos saltones para el otro y el espinazo derechito como un soldado. Cada puesto recibe a los clientes con su balanza de metal colgada de una soga y la mesa improvisada en un tablón al fondo donde un fileteador hace maravillas con un cuchillo que parece un sable.

Qué gratificantes pueden ser los mercados de capitales cuando quieren. Y lo mejor es que no hace falta irse tan lejos. Que no se escape el invierno sin un buen chocolate con churros, acá nomás, en la Cortada de Israel.