Malasia, la fusión de oriente y occidente

Exotismo y futurismo se dan la mano en este país del sudeste asiático en el que el islam marca el pulso de la vida cotidiana. Tecnología, ensueño tropical y religión.

Unos pibes juegan al fútbol y algunas turistas se pasean en bikini mientras las mujeres locales entran al mar con túnicas y pañuelos que cubren sus cabezas, y las damas de las potencias petroleras de Medio Oriente se pasean enfundadas en un niqab –el velo negro que cubre sus rostros– combinado con una túnica negra que les tapa hasta los pies. Caminan al lado de sus maridos, que visten modernos trajes de baño por las playas de Langkawi, un archipiélago de 99 islas preciosas que emergen en el mar de Andamán, estado de Kedah, al noroeste de Malasia; uno de esos lugares donde el sol se esconde bajo el agua y cede paso a los fantásticos tonos del atardecer en el mar.

Camino a la playa de Pantai Datai se encuentra el Lago de la Mujer Embarazada. Para acceder a este espejo de agua hay que hacer un mini trekking por la jungla, y luego se impone un chapuzón. En nuestro destino final, una familia espera con un almuerzo a base de cangrejos y camarones grillados. Unos monos acechan, decididos a robarse la comida, y un descuido equivale a perder el almuerzo en sus garras. La tarde transcurre, apacible, entre zambullidas y siestas bajo una sombra generosa que aplaca el tremendo sol.

Otra visita imperdible en la zona son los manglares del Parque Nacional Kilim, un geoparque con formaciones de piedra caliza. Allí se puede entrar por un canal que conduce a la cueva de murciélagos, pasando por criaderos de pescado flotantes, para terminar el día en una pequeña isla solitaria.

DATOS. Información útil para conocer Malasia.

Paisajes urbanos

Los primeros pasos en Kuala Lumpur, la capital malasia, se pueden dar en Merdeka Square, la plaza de la independencia de esta nación del lejano Oriente que se liberó de Gran Bretaña en 1957 y que combina una buena dosis de tradición con futurismo. El tránsito no es desordenado: aquí no tiene lugar el típico caos del sudeste asiático.

Unos 13 kilómetros al norte de la capital aparecen las cuevas de Batu, un descomunal templo hinduista construido dentro de una caverna. Para entrar, hay que subir 272 escalones que conducen a las entrañas de este atípico santuario, donde merodean sacerdotes, peregrinos, ascetas y monos.

De aquella experimentación religiosa extrema que conecta con el pasado, y ya de vuelta en Kuala Lumpur, se puede ir directo hacia el futuro que encarnan las Torres Petronas, ícono y orgullo malasio, construidas por el argentino César Pelli. El ascensor sube a toda velocidad y se detiene primero en el Skybridge, el puente que une a las torres gemelas en el piso 42. Después de tomar las fotos de rigor en ese punto, quedan unos minutos más para disfrutar de la increíble panorámica desde lo más alto: el piso 88.

Barrios del mundo

Una buena alternativa es caminar por Chinatown y  Little India. El barrio chino es un mundo de gente que llega a comer y comprar baratijas e imitaciones de relojes, carteras de marca y camisetas de fútbol.

A pasitos de allí, en el barrio indio, se consiguen preciosas alfombras orientales, más baratijas y especias de todos los colores, olores y sabores. El templo de Sri Mahamariamman es el más antiguo de los santuarios hinduistas de ciudad y, aunque fue restaurado hace poco tiempo, mantiene su estructura original. En el interior, muy colorido, resaltan cientos de esculturas de las deidades del panteón hindú.

Así, un choque de culturas asesta la gran metrópolis, donde los códigos occidentales se metieron sin pedir permiso. Es una pequeña muestra de oriente, con toques de occidente.