La magia Lisboa a través de sus azulejos

A partir de 1550 los murales comienzan a representar historias. (123RF)
A partir de 1550 los murales comienzan a representar historias. (123RF)

Callecitas estrechas de curvas interminables, paredes azuladas por donde se mire, a los pies adoquines rústicos, y si se alza la vista, balcones con macetitas. Si algo más tiene para presumir Lisboa son sus azulejos.

Presentes tanto en los palacios como en las estaciones de tren, este tipo de cerámica es lo más característico de la capital portuguesa, pero además de ser un decorativo bello, son un libro abierto para conocer la historia local.

Raíces árabes

Este tipo de recubrimiento fue originalmente introducido por los árabes en España y con los años se extendió por Europa, a Portugal llegaron por primera vez en la década de 1490, desde la Península Ibérica: Sevilla, Manises, Valencia, Málaga y Toledo. Eran estampados con motivos geométricos y encajes.

Reconstrucción

Como muchas ciudades, la capital de Portugal cuenta en su pasado con una catástrofe ambiental que cambió el rumbo de su historia. Corría el año 1755 cuando un gran terremoto devastó la mayor parte de las edificaciones. La reconstrucción de la ciudad se volvió imprescindible y urgente.

Por el bajo precio en comparación con otros revestimientos, las alfarerías locales comenzaron a producir más azulejos. Con el crecimiento de la demanda este material pasó a formar parte de la decoración célebre de las fachadas de sus edificios.

De recubrimiento económico, las baldosas pasaron a ser un verdadero lienzo de expresión a través del cual los portugueses contaron sus historias. Algunos edificios tienen combinaciones de colores simples o tramas más complejas, otros incluso representan escenas históricas y religiosas.

El adoquinado de sus calles también se remonta al evento que asoló la ciudad, ya que se reutilizaron los escombros de los edificios derrumbados para asfaltar.