Huacachina, espejo de agua y del alma

Ica, ciudad ubicada en el centro sur peruano, enclavada en el estrecho valle que forma el río Ica, entre el Gran Tablazo y las laderas occidentales de la Cordillera de Los Andes, cobija el oasis de Huacachina. 

Una referencia histórica, destino elegido por miles de turistas y locales curiosos. Y también, epicentro del quiebre en la mirada interior al encontrar arena, arena, arena y nuestras sombras.

Desde la ciudad se llega rápido. Una moto taxi chilla por las calles y cinco kilómetros después la voz urbana se apaga y uno presiente, sin equivocarse, que la geografía está por cambiarlo todo. A lo lejos, todavía con el motor retumbando en los oídos, las dunas asoman después de varias curvas. En la entrada esperan un sopor agresivo y el silencio. Resta encontrar, al fin, el oasis natural en su nacimiento –estimulado después de manera artificial– dispuesto en medio del desierto. No se paga entrada. No al menos con dinero. Pero arribar aquí tiene un precio: la historia que somos aflora, la magnitud de la contemplación se impone y no hay adonde escapar.

Sin apuro se recorre el malecón que te deja a solas con el “charco” verde. Algunos barquitos flotan en la orilla y esperan navegantes. La quietud del agua inspira calma, aunque en la profundidad se revuelvan mitos y uno puede sentir, a la vez, como regresan episodios del propio pasado.

Las huellas del camino

Desde el remanso custodiado por eucaliptus, palmeras y huarangos, las enormes “montañas” de arena que lo rodean tientan a cualquiera. Sus alturas invitan a recorrer las cumbres movedizas y no queda alternativa: la caminata se inaugura con los pies pesados, las zapatillas se hunden en la arena y el sol encandila la mirada. La otra opción es descalzarse, sentir la textura del suelo, quedar en contacto con el presente.

Al ganar altura, la fascinación aumenta. La vista podría ser una toma panorámica perfecta. El viento, huidizo, descarga ráfagas esporádicas y si uno no se afirma con las plantas de los pies corre el riesgo de salir volando. El paisaje conmueve: sobre la cabeza, el cielo inmenso con nubes de formas extravagantes; hacia todos los rincones emergen relieves irregulares de arena y abajo, en diagonal, el oasis es una manchita de pintura sobre un lienzo amarronado.

Uno puede quedarse el rato que quiera o soporte. La temperatura elevada no repara en nadie y permanecer allí es desafío y riesgo a la vez. El clima seco no impide que alrededor de 90 personas, en su mayoría comerciantes y empresarios, residan allí y abracen al extranjero con amor. Hay hostels, restaurantes, tiendas de artesanías, locales turísticos con ofertas para hacer sandboard, deportes acuáticos y paseos en buggy, esos autos todo terreno que trepan sin esfuerzo cualquier terreno adverso.

Leyenda incaica

En quechua, huacca significa llorar y la expresión china, mujer; Huacachina sería la mujer que llora, o que hace llorar. Una de varias leyendas indica que allí vivió una princesa inca. De pupilas verdes y pelo dorado, la mujer tenía el don del canto y sufría por amor. Cualquiera que la escuchaba, lloraba. Divagaba por los rincones del desierto y sus coplas perforaban la arena para enterrar el nombre de su enamorado. Cuentan que una vez, en uno de esos huecos, entró agua tibia y ella por detrás. Cuando salió de las aguas descubrió un espía, un cazador al acecho. Corrió entre las dunas y en su escapatoria dejó pedazos de su vestido en los arbustos. Huía con un espejo en la mano y, al tropezar, este se hizo añicos y los cristales rotos se transformaron en la laguna, donde ella cayó. Desde entonces, dicen, se convirtió en sirena y en noches de luna llena interpreta su canción.

Las horas transcurren sin apuro. El atardecer es una foto inmortal anaranjada incapaz de ser retenida en cualquier cámara fotográfica. Las sombras comienzan a desaparecer, el frío surge gradual y ya con la noche encima otra vez lo indecible: estrellas usurpan el cielo y la luna, muda, aparece para mirarse en la laguna. A partir de allí todo se vuelve difuso hasta alcanzar la meditación. Las imágenes se proyectan anárquicas en el tiempo. Regresan viajeros del siglo XX, ya que se creía que estas aguas tenían propiedades curativas provenientes de napas subterráneas. Las tonalidades de luz varían sobre la inmensidad del espectáculo, como si el sitio tuviera infinitas versiones de sí mismo.

Los pozos construidos por el hombre para acceder al agua más pura, sumado a la evaporación durante el verano por las altas temperaturas, hacen que los niveles de vertedero se reduzcan cada vez más. Hace tiempo extraen el recurso de lagunas naturales creadas por el desborde del río y así abastecen la laguna, en un esfuerzo por preservar la zona declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

Cuando parece que no hay más por descubrir, la biblioteca del pueblo invita a pasar. Adentro los libros rebalsan en repisas y cuadros colgados a la pared con escritores que le dicen algo a uno. Divagar entre los textos es un intento por enriquecer lo vivido. Como si el paso por el oasis de la Huacachina no cupiera en el cuerpo. En el umbral de la puerta se deja leer: “El reloj es del tiempo, tú no”. Otra vez las preguntas irrumpen desesperadas como aquella mujer que lloró en el desierto; y queda, entonces, leer un poema o esperar un mensaje venido de otro mundo, alguien dispuesto a convidar una certeza entre tanta nada y recordarnos: viajar es un acto de fe, una elección crónica y peligrosamente bella.