Cuaderno de Viaje: Un talismán en Katmandú

Shiva Kumar Rai lleva en sus genes el ADN de los kirati, la más prestigiosa casta de chamanes de Katmandú. Cuando su padre murió, en marzo del año pasado, le dejó tres hermanos de distintas madres –uno de ellos nació tres meses antes que él– y un legado de sabiduría ancestral basado en un complejo sistema de influencias de nueve planetas. Este aprendiz de hechicero tiene lo que todo nepalí aspira a tener: un buen apellido.

Llegué a su casa de barrio Naikap, al noroeste de la capital de Nepal, invitada por una amiga en común. El patio estaba ordenado y limpio, algo inusual en Katmandú, y en una de las paredes borravino había una campanita que cada tanto alguien hacía sonar para ahuyentar los malos espíritus.

El repiqueteo de varios tambores sonaba desde el interior de la vivienda, a la que sólo se accedía descalzo. “El universo está lleno de sonidos. Sin música, no podemos comunicarnos con la energía”, diría más tarde el  anfitrión, quien lleva 23 años estudiando chamanismo pero aún no ha logrado graduarse.

Su escasa estatura no le hacía justicia a su discurso seguro: Shiva era capaz de convencer al más incrédulo. Esa tarde calurosa de abril, llevaba una boina marrón.

“El miedo bloquea el sistema de chacras”, dijo, en relación con los siete puntos energéticos del cuerpo. “Hay que volver a la naturaleza, porque allí habitan los espíritus que nos ayudan a tener un buen karma”.

Sonriendo con su dentadura perfecta, resaltada por su tez morena, sirvió un delicioso té negro de jengibre y pidió que regresara al día siguiente, para una sesión “de limpia”, donde “desbloquearía mi energía”. Le hice caso, reconozco, por curiosidad.

Malas constelaciones

Volví puntual a la hora convenida. Con cara de dormido, Shiva me preguntó si tenía la regla. Aclaró que la menstruación era un período de purificación y que, durante ese tiempo, no estaban permitidas las curaciones. Recién cuando me reconocí libre de pecado pude entrar a su templo de sanaciones, hechicerías y misterios.

La aterradora imagen de Bhairav, el dios del fuego, daba la bienvenida con sus cuatro manos y su corona de calaveras. Entonces recordé que, en Nepal, las divinidades no siempre están en paz y pueden también demostrar ira. Cielo e infierno son dos piezas que se encastran en una indisoluble realidad.

Máscaras horripilantes miraban hacia el sur, el sitio donde habitan los seres del purgatorio. “Para luchar contra los demonios, mejor tenerlos en casa”, comentaba el aprendiz de chamán. Colgando del techo, había antiguos tambores de cuero. Y, en una especie de altar, tres elementos: un cuenco con arroz, un jarrón con helechos y una vela siempre encendida.

Una viejita de pelo negro, tirante hacia atrás, entró mirando el suelo. Era la tía de Shiva, perteneciente a la misma casta –así se define, como en India, la estricta división social entre familias–. En un dialecto que no pude reconocer, preguntó por qué había venido, y él me tradujo. Entonces hablé de mi mal de tiroides y de lumbar. Comenté que, cuando me enojaba, no lo decía en el momento y después explotaba.

Me senté en el piso sobre un almohadón, cerré los ojos y escuché a la hechicera cantar una especie de mantra.

La mujer tomó mi muñeca, como si midiera el pulso, mientras recitaba su salmodia. Continuó con la mano derecha y, al detectar el mismo punto, supe que algo no andaba bien. Su canto se tornó potente, frenético e impulsivo. Hasta que estalló en grito. Abrí los ojos: noté su mirada desencajada. “¿Qué pasó?”, pregunté. “Es que tenés los planetas desalineados”, aclaró.

–Todos los seres estamos conectados a un círculo de nueve planetas– tradujo Shiva–. Pero además existen otras constelaciones que nos traen problemas. Las llamamos grahas. Hace unos tres meses, los planetas se te desalinearon: te quedaste sin trabajo y sin amor bajo la influencia de malos espíritus.

–Pero tengo trabajo y amor– retruqué.

–Sí, pero eso hace que explotes. No te preocupes, el dios supremo de los hinduistas también quedó encerrado en una mala constelación. Entonces se convirtió en escarabajo y pudo salir, ayudando a fertilizar la tierra.

Amuleto con instrucciones

La viejita retomó su salmodia valiéndose de las medicinas de su altar. Con el humo de la vela formó aureolas. Cantó más fuerte. Con el agua del florero me bendijo. Cantó más fuerte aún. Al arroz del cuenco me lo tiró como ofrenda, hasta que el rezo se volvió grito y el grito, temblor. Se sacudió así, poseída, tal como la viajera Alexandra David-Néel describió una sesión espiritista del Tíbet:

“Cuando el médium comienza a temblar compulsivamente es que ya ha tomado posesión de él un ser del otro mundo: dioses, genios, demonios o espíritu de un muerto. Entonces se pone frenético y canta, con voz entrecortada, lo que el personaje invisible quiere comunicar”.

Así estaba la mujer, traduciendo quién sabe qué cosas desde el más allá, hasta que largó un alarido y se desplomó. Tardó unos minutos en recobrarse, tomó el cuenco de arroz y salió de la habitación. Regresó con la compotera vacía y un talismán –un colgante de hilos de colores–, que me entregó con estrictas instrucciones: no dejar que nadie lo tocara.

Me levanté del suelo –estaba mareada– y entregué a Shiva mi contribución. Antes de irme, le pregunté cuánto tiempo duraría mi desbalance. A lo que contestó:

–No sabría decirte. Tres meses, o tres años quizás.

Dejé atrás las calaveras y las máscaras horripilantes. Antes de cruzar las rejas negras, hice sonar la campana para ahuyentar los malos espíritus. Por las dudas nada más.

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