Cómo celebra México su Día de los Muertos

Desde la intimidad de las ofrendas en cada casa hasta el primer megadesfile que copó la ciudad, inspirado en la última de James Bond, cómo fueron los días de la celebración más importante.

El picor del chile de los tacos invade el cuerpo de los pies a la cabeza, pero se expresa claramente por los ojos vidriosos. La imagen de la mesa de al lado no es esperanzadora: un esqueleto se toma un café, tranquilo, se fuma su cigarrito aún cuando en el restaurante ya está prohibido fumar desde hace años. La asociación es inmediata, pero nadie ha muerto por un poco de picante. Los mozos se ríen de los extranjeros debiluchos que inundaron Ciudad de México durante la celebración del Día de Muertos, desde fines de octubre hasta los primeros días de noviembre. El esqueleto es de papel maché, tiene colores vivos, y forma parte de una ofrenda extraordinaria, con sus flores típicas y sus velas siempre encendidas.

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Los restaurantes muestran sus altares característicos, como casi todos los comercios o mercados; también las plazas, que se eligen para las ofrendas públicas a los personajes populares recientemente fallecidos, como el enorme Juan Gabriel o el incómodo Roberto Gómez Bolaños (hay mucho amor/odio en torno al creador de El Chavo), y los muertos de siempre como Frida Kahlo.

Muertos por aquí, muertos por allá, la ciudad se expresa en sus vidrieras, en las calles con personas que van maquilladas al trabajo, o hasta en los aeropuertos, donde los empleados de una aerolínea muestran su cara blanca y sus colores vivos en papeles picados.

Pero donde la celebración resguarda aún las tradiciones por fuera del gran espectáculo de imágenes es en los cementerios o en los hogares, donde cada mejicano realiza su ofrenda para celebrar a sus difuntos.

Todos los días

El Día de Muertos en México es de muchos días. Tiene fechas distintas según las regiones del país, y se remonta a mucho tiempo antes de la llegada de los españoles (casi 1.800 años antes de Cristo).

Los mexicas ya guardaban los cráneos como trofeos y los mostraban durante rituales que simbolizaban la vida y el renacimiento. Después, la Iglesia Católica permitió los ritos paganos en su plan evangelizador, y hoy conviven la celebración ancestral con símbolos y elementos del cristianismo.

Del mismo modo, se mezclan las actividades típicas con lo más comercial de estas jornadas, y un cruce (inevitable, aunque a muchos les pese) con otras celebraciones como la gringa Halloween.

Día de Muertos también es diferente para cada quien: en los cementerios pueden verse personas ensimismadas, haciendo guardia o decorando las tumbas para sus seres queridos. Algunos eligen el recogimiento, aunque otros pueden llevarse mariachis para cantar desde el dolor, o hasta dejarse vencer por la borrachera con tequila y los recuerdos de los que ya no están.

Las clases altas festejan también, pero lo hacen con fiestas coquetas de disfraces, mientras las clases más bajas llevan las flores recogidas de su propio patio, y mueven a pura pala la tierra de la tumba para que luzca recién hecha.

San Andrés Mixquic

Si la Ciudad de México es tan grande y tan maravillosa, donde cada rincón es una invitación para tomar fotografías, en Día de Muertos se potencia al infinito.

No hay lugar donde se mire que no cuente con una Catrina o un Catrin, una Llorona, una calaquita (calavera) de miles de materiales, comestibles o no; una Frida Kahlo, símbolo del arte y la cultura de la ciudad.

También hay algunos lugares que con el tiempo se convirtieron en los preferidos para el turismo for export, como San Andrés Mixquic, que en torno a su iglesia y el cementerio se construyó una feria que parece interminable y acapara todos los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto. Y para el sentido de la oportunidad, por qué no: el comercio parece allí de lo más espiritual.

Desde taquerías con variada y apetecible oferta gastronómica hasta un recorrido por la sobria iglesia, las noches del Día de Muertos en Mixquic han llamado la atención tanto a locales como a turistas de todos los continentes. Entre flashes, cámaras de video y toda la variedad de smartphones, se escucha mucho inglés, algo de alemán y castellano de otras regiones, incluido el inconfundible argentino.

También este año, México organizó su primer megadesfile, y tras el éxito –mensurado en 250 mil personas– confirmaron que seguirá cada año. Para el 29 de octubre, se contrató a un batallón de maquilladores y vestuaristas para poner al servicio de centenares de voluntarios que durante todo un día fueron Catrines y Catrinas y otros tantos personajes atractivos, muertos vivos, muertos lindos y bien pintados, que recorrieron el Paseo de la Reforma desde el Ángel hasta el Zócalo.

De película

Curioso es que mientras los locales a veces se incomoden con la referencia a Halloween, su desfile haya nacido a la sombra de Hollywood. La idea surgió luego de que Bond, James Bond, lograra escaparse milagrosamente de una operación de la agrupación Spectre, en pleno Zócalo y durante un atractivo Día de Muertos.

Pero si en la secuencia inicial de aquella película la fiesta explotaba en 4K toda la belleza de la muerte y la iconografía del lugar, en la realidad a la foto hubo que sumarle tanta gente que lució desbordada y no del todo apetecible para la vista.

Las sensaciones de los mejicanos estuvieron divididas por la grieta entre los que creen que la espectacularización del Día de Muertos hará perder la esencia y a los que piensan que es un buen modo de incentivar el turismo y que no afectará a lo que cada mejicano haga puertas adentro de sus casas para festejar a sus seres queridos, que vienen de visita por estos días a buscar aquello que tanto les gustaba en vida.

En los hogares, los elementos que no pueden faltar en las ofrendas son el papel picado (láminas de papel crepé recortadas), las veladoras (velas), las comidas y bebidas favoritas de los difuntos, los retratos y las flores de cempasúchil, que se cultivan sólo para esta ocasión especial.

Después, el armado de la ofrenda queda librado a cada quien: arte o artesanías; el Pan de Muertos (un pan dulce riquísimo); calaquitas con los nombres de los muertos o incluso de los vivos que alguna vez morirán; otros gustos de los fallecidos (artísticos, deportivos, por qué no políticos) que vendrán de visita cada 2 de noviembre.

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