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Bajo el sol de la Toscana

Todo cabe en la campiña que rodea Florencia: pueblos medievales, tesoros del arte y la arquitectura universal, vinos inolvidables y la intensa trufa blanca.

Por Silvina Pini (Especial).

Pocos saben que la elegante Toscana tiene un pasado tosco. En épocas del Imperio Romano, las serranías al norte de Roma estaban habitadas por los etruscos, gente poco educada en comparación con los romanos, que no conocían los refinamientos de la mesa y por eso eran llamados los “mangiafagiolli” (comeporotos). La palabra “tosco” proviene de este pueblo. Las vueltas de la historia han convertido a la Toscana en el súmmum del arte y la arquitectura, usina de la moda, tierra del vino y de la codiciada trufa blanca.

Florencia, capital de la región, está rodeada de una campiña con un centenar de pueblos amurallados de los que la separa un abismo: mientras Florencia es la cuna del Renacimiento, los pueblos que la rodean están sumergidos en los siglos XII y XIII. Recorrer en auto la Toscana es retroceder a la Edad Media. Entre sus apacibles colinas pobladas de cipreses se esconden pueblitos medievales; algunos, apenas una fortaleza con 500 habitantes. Por las noches se suele escuchar bufar a su animal insignia, el cinghiale (jabalí).

La mejor manera de conocer la zona es alojándose en un hotel rural de ubicación estratégica como Laticastelli, un antiguo castillo del siglo XIII situado a sólo diez kilómetros de Siena, la ciudad más importante de la región. Sus calles angostas y sinuosas, vedadas al tránsito, tarde o temprano terminan en la Piazza del Campo, una inmensa explanada flanqueada por edificios del 1200 y el Palazzo Pubblico, con su campanario en la Torre del Mangia que supo ser la segunda torre más alta de Italia. La catedral, revestida en mármoles blanco y rosa y cuyo campanario se divisa desde cualquier punto de la ciudad, deslumbra con sus mosaicos y las obras de Donatello, Miguel Ángel y Bernini que guarda en su interior.

DATOS. Información útil para recorrer Toscana.

A pocos kilómetros de Siena comienza la ruta del Chianti, un camino custodiado por cipreses que de pronto se abre en laderas verdes y pardas, geométricamente plantadas con vides y olivos. Una a una aparecerán las siluetas de fortalezas del siglo XIII en lo alto de las colinas: San Gusmé, la porta del Chianti, Gaiole, Castello di Brolio, Radda in Chianti, Castellina in Chianti. Todas tendrán su muralla de piedra rosada, su gran puerta de entrada, sus callecitas peatonales y sus señoras a quienes es fácil imaginar con las manos en la masa.

Por fuera de esta ruta se enhebran más pueblitos a escasos kilómetros unos de otros: Cortona, donde se filmó Un amor en la Toscana o San Gimignano, donde se rodó Té con Mussolini. San Gimignano se distingue desde lejos por sus catorce torres. A Pienza hay que llegar una hora antes del atardecer y esperar la puesta del sol en un callejón sobre la muralla que da al poniente, en el Valle de Orcia. Al tiempo que el sol se va, sube una blanca neblina desde el valle, típica de la región.

Al oeste de Pienza, sobre el final del Valle de Orcia, se inicia la otra ruta del vino: la del Brunello, que gira en torno al pueblito de Montalcino, de cinco mil habitantes. Cerca de allí parten caminos de tierra que llevan a fincas productoras de vino, hoteles rurales y otros de lujo como Castiglion del Bosco, propiedad de Massimo Ferragamo, el menor de los seis hijos de Salvatore. Además de sus villas que hospedan a la realeza europea, el restaurante está abierto a los visitantes que quieran almorzar mirando los viñedos después de recorrerlos y degustar sus vinos en la bodega.

En época de trufas, algunas fincas organizan caminatas entre bosques de álamos y sauces en busca del hongo más caro del mundo, guiadas por un tartufero y sus perros.

Ese es el encanto de la Toscana: perderse en sus caminos y toparse con una muralla medieval a la vuelta de una curva, probar un vino y un queso y dejarse llevar por esa mezcla única de sofisticación y naturaleza salvaje.

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