Opciones para un fin de semana en Buenos Aires

Un recorrido posible por Buenos Aires. Foto: Ente Turismo Buenos Aires
Un recorrido posible por Buenos Aires. Foto: Ente Turismo Buenos Aires

Me encanta viajar a Buenos Aires. Los días allá pasan rapidísimo. Me gustan sus puestos de flores llenos de colores en cada esquina y jugar a imaginar historias de celebración y también de perdón detrás de quienes compran los ramos que con dedicación preparan las floristas.

Me gustan, también, las paredes del pasaje Russel, en Palermo Soho, llenas de grafitis. No me importa el Obelisco, sino lo que pasa alrededor. Me gustan los kioscos 24 horas, las despensas, los bodegones y las verdulerías, las calles atestadas que me abruman y revitalizan al mismo tiempo (más lo segundo que lo primero).

Es que me late Buenos Aires en sus cosas chiquitas, mundanas, olvidables. Hay rincones que son especiales aunque no aparezcan en ninguna guía. Ahí es donde la ciudad, aún manchada de hollín (o precisamente por eso) muestra su mejor cara.

¿Cómo se recorre, entonces, esta urbe que es tantas a la vez? Vagabundeando, como escribió Roberto Arlt en una de las notas de sus aguafuertes porteñas. Despierta, despojada de prejuicios, dispuesta a aprender de la escuela agria que es la calle.

Vamos, entonces, hasta algunos de mis imperdibles.

1. Entrar a todas las librerías

Ateneo Grand Splendid en Buenos Aires. Foto: Florencia Vigilante
Ateneo Grand Splendid en Buenos Aires. Foto: Florencia Vigilante

Está llena: Buenos Aires es la ciudad con mayor cantidad de librerías por persona del mundo, y en cada visita se puede descubrir una nueva. Siempre entro, así sea por un ratito, porque me generan ansiedad y felicidad al mismo tiempo. Hace poco, volví a El Ateneo Grand Splendid, en Callao y Santa Fe; un antiguo teatro repleto de ejemplares que hoy es considerada una de las más lindas, según National Geographic.

También pasé por las de saldo en la calle Corrientes, entre Esmeralda y Callao. Están abiertas hasta el anochecer, y recorrerlas después de comer una pizza que derrocha mozzarella resulta prometedor.

De ahí regresé con un libro de Spinoza por el precio de dos alfajores. En Palermo, Libros del Pasaje (Thames 1762) es mi preferida, por las conversaciones honestas con los libreros y el valor de sus recomendaciones, a las que es imposible darles la espalda.

2. Recorrer sus museos

Debo haber pasado más horas en museos que en cualquier otra parte de la ciudad. Es que en realidad algunos de ellos son mucho más que museos: se tratan de espacios vivos; de encuentro, radares de movimientos artísticos, fábricas de cultura y escenarios donde todo (sí, todo) es posible. Como la lista es interminable, en esta reseña traigo sólo tres. El Malba (Museo de Arte Latinoamericano, Figueroa Alcorta 3415) es hoy la casa que da cobijo a obras de grandes artistas de nuestra América, como Frida Khalo o Antonio Berni.

El Centro Cultural Kirchner (Corrientes 348) alberga al Palacio de Correos y Telégrafos inaugurado en 1928, y ahí conviven en armonía el archivo y la memoria con muestras contemporáneas y shows en vivo.

Entrar y encontrar músicos que justo, justo empiezan a sonar o escuchar de fondo voces de mujeres que recitan poemas hace parecer que es nuestro día de suerte, aunque en realidad resulta de lo más habitual.

Y por último, y aunque merezca un capítulo aparte, el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) con su Patio de los Naranjos; con su piso empedrado, su arquitectura jesuítica, sus árboles frutales y sus reposeras para descansar, donde nos sentamos con M. a pasar nuestra mejor resaca.

3. Disfrutar de la gastronomía

Acá, la carta es amplia. Desde parrilladas hasta locales exclusivos de comida vegetariana y vegana, peruana, mexicana y asiática, miles de bares, pizzerías, mercados y restós saturan nuestros sentidos.

De mis últimas visitas, me quedo con el ritual del desayuno y el sacrilegio de un sodeado a mediodía en lugares que se descubren casi por casualidad; con Rebelión (Gurruchaga 1795), autopercibida, y con razón, cantina del bien (¿acaso el lugar más lindo al aire libre?); con las nuevas cocinas abiertas que parecen tablas de un teatro a donde sus cocineros (todos a la vista) bailan una danza sincronizada y perfecta y cuyas experiencias no se agotan en el plato; y con un sándwich enorme preparado en el Mercado San Telmo (Bolívar 970) y listo para comer sentada en la vereda, abajo de un grafiti que reza No me baño, porque comer en la calle mientras la gente lleva adelante su vida siempre me hace sentir de viaje.

Un paseo por Buenos Aires. Foto: Agostina Clemente
Un paseo por Buenos Aires. Foto: Agostina Clemente

4. Pasar un domingo en San Telmo

En el corazón del barrio más pequeño de Buenos Aires se encuentra un imprescindible: la plaza Dorrego. Ahí se instala, cada domingo, la feria a cielo abierto de objetos antiguos y curiosidades.

Abanicos, billetes y monedas, cámaras fotográficas, candados, caireles, botones, cristalería, libros, muñecas, estampillas, relojes, porcelanas, sombreros y anteojos de sol al mejor estilo Victoria Ocampo son algunos de los objetos de segunda mano (gangas vintage y kitsch con las que luego no sabré qué hacer), insospechablemente valiosos.

Quien llega temprano puede ver cómo las grandes y anchas manos de un hombre acomodan soldaditos de plomo sobre el puesto, como si eso fuera lo último que hará en su vida.

5. Pasear en bicicleta

La última vez nos pescó una lluvia de verano yendo a buscar un regalo. Nos habían prestado bicicletas viejas. La primera parada: una gomería al fondo de un pasillo angosto que me llevó hasta la ciudad del interior del interior en donde nací, donde todavía existe el fiado, dejar la puerta de la casa sin llave y que te inflen las ruedas sin cobrarte un mango.

El señor que atendía estaba enamorado de mi bicicleta, y nos contó que le había tomado fotos con el celular una vez que su dueño la llevó a reparar. Las buscó durante un rato y me las mostró como si ese encuentro entre sus fotografías, la bicicleta y yo fuera inevitable. Pocas cuadras después, empezaron a caer las gotas que rápidamente se convirtieron en diluvio. I., que pedaleaba atrás mío, cantaba su reversión de Singin’ in the Rain: I’m Biking in the Rain. Esa tarde nos reímos mucho. Buenos Aires, entre otras cosas que hace bien, cuenta con Transporte Público en Bicicletas, con estaciones automáticas que funcionan las 24 horas, con una red de ciclovías y carriles exclusivos que generan envidia.

6. Ver una obra de teatro

Con más de 300 teatros, revisar la cartelera y reservar un lugar en la agenda para este plan resulta crucial. El circuito se compone de espacios oficiales (como el teatro San Martín, el Colón y el Cervantes); comerciales (concentrados principalmente en la avenida Corrientes) e independientes. El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) es, para mí, el elegido siempre. Íntimo, alternativo, familiar (tanto es así que una de las primeras veces que fuimos con M., al terminar la obra quedamos amuchadas bajo el toldo del bar que antecede a las salas, protegiéndonos de la lluvia, junto a las actrices y los actores que acabábamos de ver en escena, mientras los más arriesgados agarraban sus bicicletas y se despedían hasta el otro día, a donde seguro se encontrarían para la próxima función).

Todas las obras que me tocó ver ahí me empaparon de buen teatro y me hicieron llorar (como La teta, que merece un chivo especial).

7. Sentarse en el Jardín Botánico

El Jardín ocupa más de siete hectáreas y reúne cerca de 1.500 especies, organizadas según los lineamientos ideados por su creador, Carlos Thays. Programando la visita con tiempo, se pueden realizar talleres y excursiones. Yo siempre elegí el recorrido autoguiado y detenerme a leer un rato y a recordar algo tan básico e importante como respirar.

8. Brindar con vermú

A puro sifón de soda bien fría y vermuterías con mucha onda, el clásico porteño inauguró una nueva era (de más está decir, muy fotografiable). Con un tinte nostálgico en sus locales; que evoca aquella comunión entre aperitivos y largos almuerzos familiares, hoy este vino macerado con hierbas se toma revancha en las esquinas porteñas de Caballito, Palermo y Villa Crespo. Dicen que si además lo combinás con una provoleta a la plancha, corrés el riesgo de pasarla muy bien.

9. Disfrutar del arte callejero

Imágenes de Buenos Aires. Foto: Agostina Clemente
Imágenes de Buenos Aires. Foto: Agostina Clemente

Buenos Aires hace que todo el tiempo me frene a sacar fotos. Me gustan las ciudades que hablan a través de sus paredes, y en ese aspecto, la capital está llena de contenido, de símbolos, de carteles que nos interpelan: Deconstruirse no es desarmarse, es construirse mejor. La tristeza se transita con tiempo. El amor es involuntario. Solo hace falta entrenar la mirada, detener se, no dejar que la belleza se nos pase por alto. Porque como me enseñó mi mamá, todo habitar necesita belleza, y acceder a la belleza es un derecho humano.

Tome estos fragmentos, hágalos propios o destrúyalos y arme su propio mapa, su propio laberinto. Y sobre todo, disfrute el viaje.