Chacarera de las Piedras

Con la célebre chacarera de Atahualpa Yupanqui como ruta, dos ciclistas recorrieron poblados del norte provincial.

"Caminiaga,Santa Elena, El Churqui, Rayo Cortado/
No hay pago como mi pago/ viva el Cerro Colorado".

Al escuchar la Chacarera de las Piedras de Atahualpa Yupanqui surgió la idea de recorrer en bicicleta esos caminos y lugares que en ella describe su autor, con la conexión a un tramo del Camino Real.

El viaje se concretó el fin de semana largo de agosto. Y si bien se registró una ola de frío polar hubo sol los tres días. Con el fin de hacer el recorrido con salida y llegada al mismo punto hubo que cambiar el orden de visita de las poblaciones.

Una pasada por Santa Elena para llegar por ruta de asfalto al Cerro Colorado donde había muchos visitantes que asistían a la Fiesta de la Pachamama en casa de Atahualpa.

Nos abastecimos de alimentos en un viejo almacén de esquina, que tiene los muros cubiertos de estanterías de madera y carameleras de vidrio que hablan de mucha historia. Ya en la calle surgió la charla con parroquianos, algunos desde el caballo, a quienes les dio curiosidad el equipo y el destino.

Tomamos por ruta 21de ripio y comenzamos a subir para cruzar las Sierras norte, sin banquina y con muro de piedra trabajada. Sobre un lado, monte y sierra, del otro, el río los Tártagos. Todo es calma y contemplación, ni un solo automóvil, con la sola compañía de  los clásicos serruchos del camino.

Atravesamos el caserío de El Pantano, luego Los Morteritos con viejas construcciones y Caminiaga que muestra la calma de los pueblos serranos. En la  plaza almorzamos mientras unas vecinas hacían la siesta sentadas al sol en el frente de sus casas y un vendedor buscaba la diaria llevando mercadería en mientras “voceaba” ofertas.

Alrededor de la plaza resumen historia en las casonas coloniales con techos de tejas unas y otras de estilo italiano, y la iglesia. Un quiosco muy viejo de madera en una esquina completa la escena, allí se juntan los jóvenes locales.

Con un “Dios los acompañe” de una lugareña volvimos al camino con mucha vegetación de un lado hasta que muestra hacia el sur, dos torres que sobresalen entre árboles y palmas.

Así se anuncia San Pedro Norte y tomamos la ruta 18, parte del viejo Camino Real al Perú.

La entrada tiene casas desparramadas muy viejas y las calles dirigen al centro.

Allí la imponente iglesia es principal protagonista frente a las demás casonas y residencias,  de gran interés arquitectónico. El origen de la localidad se remonta a la merced de tierras otorgada en 1602 al hijo de Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de Córdoba.

Se acercaba el atardecer y el frío se incrementaba por lo que urgía buscar dónde armar la carpa. Fuimos a la Comisaría y el sargento ayudante Monge nos permitió acampar en el gran terreno. Con el lugar asegurado salimos a recorrer el pueblo. Nos llamó la atención una casona monumental con gran parque pero en estado de abandono. Un vecino se acercó y contó que el “chalé de Dora”, tal como lo llaman encierra una historia de amor protagonizada por Dora Carrara que muy joven (dicen que a los 13 años) se casó con una persona mucho mayor y en ese solar hicieron su hogar.

Dora fue la maestra del pueblo y tras el fallecimiento del marido permaneció sola hasta su propia muerte.

En la actualidad, problemas de herencia, permiten que la desidia haga estragos en la vivienda.

Con la noche encima procuramos nuestra cena en la carnicería “El Pato”, cuyos propietarios nos ofrecieron una de sus habitaciones. El frío y la amabilidad nos convencieron.

En un comedor con techo de horcones y un fuego prendido nos enfrentamos a una picada de chorizo y escabeche de jabalí y de gallo, quesos, empanadas y pan casero. Además, llegaron amigos con quienes se estableció una interesante conversación. Entre muchas cosas contaron la historia de dos comerciantes turcos que vivieron en el pueblo. Varios años después de sus respectivas muertes llegaron unos familiares que los exhumaron para volverlos a enterrar esta vez parados mirando a la Meca porque eran musulmanes. Hoy esas tumbas son una atracción turística promocionada.

Las cervezas y el cansancio  hicieron efecto y fuimos a descansar. Por la mañana todo era blanco por la helada. El sol apenas entibiaba y de las canillas no salía ni una gota de agua era todo hielo.

Al fondo del patio los chanchos y las gallinas llenaban de murmullos la mañana.

De a poco la casa recuperó vida y en ronda de mates en la cocina comenzamos a despedirnos.