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Un viaje por el Delta: las aguas bajan por el laberinto

El Paraná, centenares de ríos y de arroyos que moldean el paisaje, lagunas y humedales: la ruta por el Delta ofrece alternativas únicas de turismo por la naturaleza entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos.

Por Daniel Santos (Especial).

El río Paraná, sus islas, el delta. Paisajes que se repiten a lo largo de cientos de kilómetros, descubriendo la naturaleza extraordinaria entre las aguas que bajan, que se multiplican en brazos y arroyos incontables, y que cobijan a cientos de pobladores, que mueven la economía productiva o turística.

Hay mucho de magia en ese recorrido por los humedales argentinos. Hay mucho que entender sobre el cuidado de ese legado natural que permite disfrutar de paisajes de ensueño para descansar, descubrir la biodiversidad más maravillosa, realizar actividades náuticas, deleitarse con la fotografía o hasta conocer la gastronomía tradicional de cada punto del mapa.

Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos comparten esta ecorregión atravesada por una ruta que no es de asfalto, sino de agua. Mucha agua. A lo largo del cauce del Paraná, se pueden visitar reservas naturales, parques nacionales, parques privados, aprovechar las riberas arboladas, conocer localidades y ciudades.

Para conocer

Durante el trayecto, se encuentran grandes parques, reservas privadas, espacios públicos, áreas protegidas provinciales, sitios para acampar o hasta costaneras para disfrutar de una jornada junto al río. Algunos tienen características más acuáticas, otros más de monte y pastizales.

La Ruta del Delta, una de las 17 rutas naturales del Ministerio de Turismo y Deportes de la Nación, va desde el popular delta del Tigre, atraviesa las tierras rosarinas y se pierde en el pre-Delta de Paraná y Diamante, en Entre Ríos.

Los rastros del río, claro, continúan mucho más allá: el Paraná puede seguirse río arriba hacia las fronteras misioneras, e incluso cruzando Paraguay y metiéndose en el corazón de Brasil (nace de la confluencia del Río Grande con el Paranaíba).

Como el cauce de agua estructura un corredor biogeográfico, conviven en el recorrido especies vegetales y animales de ambientes muy heterogéneos, de regiones tropicales, subtropicales y templadas.

El origen de las islas del delta es el sedimento que arrastra el río desde hace miles de años, y que se fue depositando en la desembocadura del Río de la Plata en Buenos Aires. En el final del tramo, en el partido del Tigre, hay más de 350 ríos y arroyos, en un sistema hídrico natural que fue moldeando el paisaje.

El nombre de “Tigre” no es casual: hubo un tiempo en que el yaguareté llegaba hasta Buenos Aires, pero luego se fue extinguiendo y hoy se lo encuentra en regiones menos pobladas.

Es una de las zonas más populares de toda la ecorregión del delta, al igual que la Reserva Natural Provincial Isla Martín García (se llega en tres horas desde el puerto de Tigre), que además de las variedades de plantas y animales tiene para visitar el Museo Histórico, el Presidio y la Panadería de la Isla, de 1913.

Regiones variadas

Lugares de tierra firme; pantanos engañosos; lagunas repletas de juncos o con los tradicionales irupés (platos de agua). A lo largo de esta gran región del Delta, se pueden encontrar especies en vías de extinción, y otras que requieren del cuidado extremo, como el ciervo de los pantanos que tiene su propio parque nacional.

Las áreas protegidas se enfrentan a las amenazas más tradicionales, como la caza y la pesca furtivas.

Francisco González Taboas, vocal del directorio en Administración de Parques Nacionales, dijo a Voy de Viaje que es notoria la tendencia de un mayor número de visitas en estos tiempos de pandemia y de una búsqueda hacia lo natural.

“En término de números absolutos, es difícil comparar con la prepandemia, pero en muchos parques nacionales, los fines de semana largo concurrió más gente que los fines de semana de otros años”, aseguró.

En el caso de Ciervo de los Pantanos, el cupo se completa prácticamente todos los viernes, cuando antes no recibían tantas visitas. “Hay una necesidad de salir hacia la naturaleza, estar al aire libre”, detalló.

Según Francisco González Taboas, la creación de las rutas naturales fue el primer paso, que avanzará hacia el desarrollo más amplio a futuro. “Todas las rutas fueron trabajadas junto a las provincias, validadas e integradas a sus comunicaciones, y se comenzó el trabajo del desarrollo turístico de la oferta, alineado con la política nacional, pero también con una tendencia mundial”, señaló.

Luciana Fabris, de Ciervo de los Pantanos, destacó que aunque el parque “no tiene una marcada visita turística, sin embargo las familias de Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires comenzaron a elegirlo para sus paseos de fin de semana”.

“Si bien en condiciones normales era habitual que durante las vacaciones de invierno aumenten las visitas, este año pudimos ver un incremento notorio. Muchas familias pudieron optar por un Parque Nacional en sus salidas de esparcimiento al aire libre”, agregó Luciana.

Dentro del parque hay increíbles senderos para descubrir: “Recuperando lo Nuestro”, un vivero de especies nativas, “Historias del pastizal” o “Guardianes de la Barranca”. 

Y se puede combinar la vista con el complejo Zárate-Brazo Largo muy cercano, o el recorrido por la cuna del primer auto argentino en Campana (en el Museo del Automóvil).

Volviendo a Ciervo de los Pantanos, el parque tiene cinco mil hectáreas, con enormes cortaderas, flechillas y otros pastizales, con una biodiversidad sorprendente.

La estrella del lugar es el ciervo de los pantanos, el mayor cérvido sudamericano, de patas largas y delgadas, adaptadas para recorrer los suelos pantanosos. Sobre la barranca crecen los talares, bosquecillos donde predomina el tala, cuyo tamaño depende del agua disponible, pero también abunda el sauco, ombú y espinillo.

Variantes Delta

En los tramos medio e inferior del Delta del Paraná, existen dos parques nacionales: el Pre-Delta e Islas de Santa Fe (por el momento, no habilitado), entre Santa Fe y Entre Ríos. La geografía del lugar cuenta con bancos de arena e islas, que llegan a superar las mil hectáreas.

En la zona -con una dinámica muy marcada por las lluvias, con fases de inundación y sequías-, hay cauces menores, grandes lagunas y pantanos, ideales para la cría y desarrollo de peces. Además de las especies del lugar, conviven otras migratorias, de gran valor económico e interés deportivo: sábalo, boga y armado común; dorado y patí; surubíes, manguruyú, mandubíes, bagre amarillo, chafalote, entre otras. Lo que ocurre en el agua, puede replicarse en el aire, con las aves migratorias que utilizan los humedales como áreas de alimentación. 

El paisaje de islas, arroyos, lagunas y riachos, están en cambio permanente, moldeados por el ritmo de las crecidas. Allí está la Azotea, una barranca natural para encontrar aves como el celestino, el brasita de fuego y el frutero imperial. En las lagunas de las zonas centrales deprimidas de las islas, los irupés destacan entre la vegetación; y en los sitios más altos se extienden bosques ribereños de sauce criollo, timbó, alisos de río y ceibo.

Las opciones son muchas, y esparcidas a lo largo de cientos de kilómetros. Desde Rosario (Santa Fe) hasta Zárate (Buenos Aires) sorprenden las costaneras, con paisajes increíbles, combinados con la vida en los pueblos y ciudades del trayecto. Muchos municipios, incluso, cuentan con reservas propias que permiten aprovechar la naturaleza en escapadas de unas horas o varios días de descanso.

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