Un viaje a los orígenes

Alguna vez habitada por los diaguitas la provincia de La Rioja ofrece desde su ciudad capital, un conjunto de atractivos recorridos turísticos que permiten el encuentro con un pasado milenario: el Pucará de Hualco, la zona de La Costa, con su nuevo circuito de bodegas artesanales, Huayrapuca con sus secretos de la nuez, El Barreal, escenario perfecto para la práctica de deportes de aventura, la clásica Famatina y la joyita de la provincia: el imponente Parque Nacional Talampaya.

A 150 kilómetros al norte de La Rioja Capital y por la ruta 75 descansan pueblos sumergidos en el silencio.
Pucará de Hualco

La excursión hacia las ruinas del Pucará de Hualco, en el departamento de San Blas de los Sauces, es una caminata intensa hacia el pasado; durante el trayecto se observan vestigios de las pircas que conformaban las viviendas; de las 300 existentes en los tiempos de gloria se recuperaron hasta ahora 150.           Al borde de las sierras del Famatina se ubica Huayrapuca, o Viento Colorado del Zonda.

Este es un reciente emprendimiento turístico productivo que cuenta con alojamiento y donde el visitante puede degustar exquisitos platos gourmet, todos con un toque de nuez. También se realizan paseos por la finca y cabalgatas.

Se trata esa de una región nogalera por excelencia por su óptima ubicación a 1.700 metros sobre el nivel del mar, que combina frío necesario, muy baja humedad, abundante sol y gran amplitud térmica que redundan en un fruto de inigualable calidad.

También se producen exquisitos tomates deshidratados.                                                                                           Famatina es un destino tradicional dentro de las fronteras riojanas.

El dormido cablecarril La Mejicana es el testimonio más cabal de la fiebre por el metal precioso. A lo largo de las nueve estaciones, esta obra de principios del siglo 20 ascendía a más de 4.000 metros hasta los socavones en lo alto del nevado.

Talampaya. Sin embargo, la imagen emblemática de La Rioja es el cañón de Talampaya. Ahí es donde el  tiempo dejó su huella y la erosión un legado de figuras que parecen talladas a mano, se alberga un verdadero tesoro de belleza e historia.

A pie, en bicicleta, bajo un cielo azul profundo o el resplandor de la luna llena, cualquiera de las originales propuestas son propicias para conocer los vestigios de un remoto mundo perdido.

El Gran Cañón, Ciudad Perdida y Circuito Arco Iris son los nombres de los paisajes que forman parte de un territorio de  215 hectáreas separadas solamente por la línea imaginaria que marcan los mapas turísticos.
Recorrer la árida geografía es en sí misma una aventura. Transitarla en su totalidad demanda tres días. Todas las excursiones se realizan con guías y acompañados por guardaparques.

El Cañón Arco Iris es bastante diferente a los demás y es otra de las nuevas opciones del parque Talampaya.
Dentro del universo de este desfiladero se alza un escenario de enormes formaciones ocres, rojas, verdes y blancas, que dejan perplejo al visitante. Las formaciones geológicas de la sierra de Paganzo señalan perfectamente cómo se fue formando la Tierra durante millones de años. Se observan cuevas, pasadizos y enormes rocas que penden en el aire y parecen a punto de caer.

Ciudad Perdida. Ciudad Perdida es el circuito más extenso del Parque Talampaya.

La recorrida dura cuatro horas y avanza, al comienzo, por el lecho seco del río Gualo.

En una caminata que sortea dunas y pampas se llega a un mirador natural. Allí, una impresionante depresión de tres kilómetros de extensión con fantásticas formaciones en su interior se despliega con esplendor. Se trata de una depresión del terreno de 70 metros de profundidad a la cual se desciende para recorrer interminables laberintos diseñados por las corrientes de agua.

Entre los tesoros escondidos en la Ciudad Perdida hay una pirámide casi perfecta llamada Mogote Negro y finalmente un gran anfiteatro natural de 80 metros de profundidad excavado por la erosión.

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