Un destino de aventuras

Un cartel al estilo Hollywood, con la imagen de una montaña nevada, enclaustrado en un pequeño cerro, anuncia a Malargüe.

La ciudad mendocina, resguardada en la cordillera de los Andes, recibe con acequias en las veredas y el estilo rústico de un pueblo de montaña que muestra bicicletas sin candado en la calle, humo que sale de las chimeneas y actividades de todo tipo.

El departamento Malargüe está ubicado al sudoeste de la provincia de Mendoza y limita al oeste con la República de Chile. Se ufana de ser el departamento de mayor extensión territorial y el intendente dice que la superficie de Malargüe es mayor a la de Tucumán.

Los malargüinos invitan a recorrer durante todo el año singulares circuitos hasta las entrañas de lugares pocos transitados. Por ejemplo La Payunia,  está considerado el campo volcánico de mayor concentración de América del Sur. Están contabilizados 830 volcanes, pero se calcula llegan a 1.300. Esta diversidad es un paraíso para amantes y expertos en volcanes.

Un volcán excéntrico para recorrerlo, es el Mala Cara. Ubicado a 44 kilómetros de la ciudad y en la zona volcánica Llancanelo, es del tipo hidromagmático, que significa que hizo erupción junto con el agua.

“Esta zona esta poblada con volcanes que van desde un millón de años- los más antiguos - a 10 mil años los más nuevos como es el caso del Mala Cara”, sostiene Julia Navarro, guía de la Secretaría de Turismo.

La excursión comienza desde el Puesto Quesada, donde Beto, el propietario, nos recibe e indica el camino que hay que recorrer para llegar a la zona tan deseada. Nuestra caminata comienza en la base del volcán.

A lo largo de un kilómetro esquivamos rocas volcánicas y nos agachamos para penetrar pequeños senderos que permiten contemplar las texturas más insólitas por las que recorrió la lava ardiente.

La Valtellina. Luego de la aventura es oportuno visitar la Valtellina. Asentada a 45 kilómetros de Malargüe en medio de la cordillera de los Andes y a 2.000 metros de altura, La Valtellina protagoniza el pequeño centro turístico de los Molles. Se trata de una casa de té con restaurante y complejo de cabañas.

Ofrece a sus huéspedes la calidez de un alojamiento de alta montaña que jerarquiza con propuestas gastronómicas que combinan recetas de sabores alpinos y productos de la tierra mendocina.

El propietario enfatiza que su refugio de montaña es un “homenaje a la región italiana que se extiende por el centro de la cadena alpina”. Su objetivo es combinar la cultura y los deliciosos sabores alpinos que más tarde ofrecerá.

Lo más particular que ofrece  además de fondue y tortas, es el apartado que se muestra en la carta con el sugerente título de “especialidades de montaña”. Aunque sea media mañana y no haya ni una nube, la temperatura marca unos cuantos grados bajo cero. Ese es el momento en que nos sugieren que probemos  la “lubumba”, especie de bebida caliente a base de licor de naranja, chocolate y crema batida.

Si con eso todavía no se alcanza la temperatura ideal, hay otra sugerencia: el “bombardino”, una bebida caliente a base de whisky, licor de huevo, leche y crema batida.

Con el “estímulo” extra, el grupo ya se siente listo para seguir andando por los Molles, con sus recorridos por aguas termales y ofrecimiento de actividades tales como trekking, bicicleteadas, escaladas, rafting y pesca.

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