San Martín de los Andes en invierno: nieve y mucho más

San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)
San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)

La localidad turística ofrece un menú que va más allá del esquí, en el que brillan sus atractivos naturales y su gastronomía de excelencia.

Una localidad con alma de pueblo, pero con servicios turísticos de ciudad: ese es parte del encanto de San Martín de los Andes, referente de la Patagonia que ha crecido en su oferta sin perder esa sensación de cercanía y amabilidad.

Aquí todos se conocen, se saludan por sus callecitas pintorescas, con su típica arquitectura alpina, enmarcada por sus cerros y la costanera del imponente lago Lácar.

Visitarla en invierno es una experiencia completamente distinta a hacerlo en verano. Ahora la nieve le da un toque cinematográfico a sus bosques blanquecinos, los techos a dos aguas cubiertos de un manto blanco y sus cerros con picos nevados.

San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)
San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)

Pero más allá de la imperdible experiencia en alguno de sus centros de esquí sobre la que ya hablaremos, San Martín de los Andes ofrece muchas otras alternativas que complementan un descanso para todos los gustos.

Soltar amarras y cruzar el lago Lácar

Siempre cambia el punto de vista cuando apreciamos una ciudad desde el agua, al adentrarse navegando para ver la costa desde otro enfoque. Aquí, eso se potencia al realizar la excursión lacustre por el imponente lago Lácar, símbolo y emblema de San Martín de los Andes y como uno de los más representativos de la famosa ruta de los siete lagos.

Partimos puntalmente a las 12 desde la naviera, en una embarcación que tiene un espacio abierto arriba y otro convenientemente cerrado para esta época del año (aunque las ganas de vivir esa libertad llevan a gran parte de los pasajeros a sentir el aire frío en la cara rápidamente).

Dos guías de Parques Nacionales van aportando datos y explicaciones en dosis precisas, como por ejemplo cuando pasamos frente al Cerro Abanico, una montaña “que se ve rara”, con marcas en forma vertical, precisamente porque es un volcán que hace millones de años entró en erupción y quedó con esa forma. Ahí mismo es donde se registró el punto de mayor profundidad del lago, 277 metros.

San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)
San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)

Llegamos a Quila Quina, una península muy buscada en verano por sus playas en las que hay reparo del viento. En las costas, los patagua (árboles que crecen en los primeros metros del lago, como si estuvieran flotando) combinan con caballos pastando y las montañas nevadas de fondo. La postal está servida.

Ahí aprovechamos para almorzar un sabroso guiso de cordero (el menú de empanada, guiso de lentejas y bebida está en 3100 pesos) y seguir viaje.

La próxima parada será Chachín, para encarar un trekking de aproximadamente una hora entre la abundante vegetación de la selva valdiviana, dada la gran humedad de la zona. Llegamos así a la imponente cascada de Chachín: un salto de unos 30 metros de altura que corona en esos turquesas imposibles que sólo se ven en la Patagonia. Belleza pura y bien conservada.

San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)
San Martín de los Andes, uno de los lugares más encantadores de Neuquén. (Foto: gentileza San Martín de los Andes)

La excursión sigue camino a Hua Hum, y las guías recomiendan poner los teléfonos en modo avión para evitar conectarse a redes chilenas y tener una sorpresita en la factura a fin de mes.

Mismo lago, otro nombre

Después de atravesar su parte más angosta, el lago cambia su nombre a Nonthué. Alrededor de esta parte es donde estaban los aserraderos, allá por 1920, hasta que en 1937 se creó el Parque Nacional Lanín y se limitó la tala. Con los años San Martín de los Andes apostó por el turismo, que es hoy claramente su principal industria.

En Hua Hum (que en mapuche significa algo así como Agujero en el cielo) merendamos en una confitería que forma parte de un complejo de cabañas y hostería, un paraíso de pescadores durante octubre a marzo, pero donde la vida es rústica. Aquí no hay gas (la calefacción y la cocina es a leña) y tienen un generador de electricidad que funciona con una caída de agua cercana.

¿4G, WiFi, Netflix? ¿Para qué? Aquí la oferta es una conexión directa y profunda con la naturaleza.

Así encaramos el tramo a la última parada, la Isla Santa Teresita, con una diminuta y pintoresca capilla restaurada, tras atravesar un sendero con arrayanes y otras especies de árboles nativos. La tradición indica que hay que pedir un deseo y dar tres campanadas, y pocos resisten la tentación.

Regresamos con el trajín del día encima, mientras la navegación adormece a los pasajeros. Todos somos como bebés andando en auto, cansados pero felices.

La excursión completa tiene un costo de 10 mil pesos por persona, a lo que hay que sumarle 800 pesos para adultos por el acceso al Parque Nacional Lanín (de 6 a 16 años pagan 300 pesos, jubilados gratis y extranjeros, $ 2.700).

Trekking, a un paso del centro

Otra excursión más cercana y accesible está pocos metros de la costanera del pueblo. Se trata del ascenso al Mirador Bandurrias, a donde se puede subir sin necesidad de ir con guía, abonando sólo un bono de 150 pesos para la comunidad mapuche (lof Curruhuinca) que habita en el sector. Nosotros, afortunadamente, sí recorrimos el sendero junto a Tomás Iglesias (@unguiaenlosandes), un joven criado desde chico en la ciudad que estudió Turismo y es un guía tan formado como apasionado.

Aquí hay tres senderos de dificultad baja y media, de dos horas, dos horas cuarenta y tres horas (ida y vuelta). Nosotros vamos por el primero, que son unos 7 kilómetros en un sendero claramente señalizado. A los pocos metros empezamos con el avistaje de aves: el huet-huet, el Ralladito y la Bandurria, el emblema de la zona.

Ahí también vamos conociendo las especies de árboles: radal con hoja corácea (que parece cuero), el roble pellín (el que se pone amarillo en verano) y el característico ciprés de la cordillera.

“Cómo estas son latitudes muy frías, el crecimiento de los árboles es muy lento. Así que estos que pueden llegar a tener hasta 40 metros de altura, pueden llegar a tener hasta 100 años de antigüedad”, explica Tomás.

Esta zona del Parque Nacional tiene un “comanejo” con la comunidad Mapuche, por la que brinda servicios turísticos y también se encarga del mantenimiento del lugar.

Ahora en invierno, debajo de la tierra se forman una suerte de pequeñas estalactitas, que son las propias gotas de agua que se congelan como un filamento blanco. “Eso hace que la tierra repte, se mueve mientras se separa del suelo”, agrega el guía mientras muestra este curioso fenómeno que se da en esta época del año.

Llegamos al mirador y ante la magnificencia del paisaje, Tomás abre su mochila y ofrece café y criollitos calientes. Como si no fuera suficiente, un cóndor surca el cielo con su esplendor salvaje.

Hay silencio y naturaleza, aire puro y tradición, mientras a lo lejos, en la costa del frente del lago se ve la mítica ruta 40 que se pierde en el serpenteante camino de los 7 lagos. La Patagonia conserva su magia intacta.

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