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Argentina

Por los socavones de La Mejicana

El interés de los visitantes fue llegar a los socavones de la mina La Mejicana, ubicada a 4.600 metros sobre el nivel del mar, en un paisaje que atrapa con contrastes de colores y desolación.

Por Redacción LAVOZ.

El interés de los visitantes fue llegar a los socavones de la mina La Mejicana, ubicada a 4.600 metros sobre el nivel del mar, en un paisaje que atrapa con contrastes de colores y desolación.

La excursión se hace ir en vehículo y parte del norte de la localidad de Famatina. Toma un desvío hacia el barrio Alto Carrizal, cuya calle principal muestra viviendas de adobe con basamento de piedra y muros pintados de colores. El entorno es un paraje de nogales, olivares y prolijos viñedos.

La destreza de Javier como baqueano permitió superar los desvíos del camino, hasta llegar a lo que los vecinos llaman “corte de la dignidad”, designación que obedece a la férrea resistencia de la comunidad a la instalación de la minera Barrick Gold. Numerosos carteles dan fe de esa campaña: “Defendamos el agua, la vida” y “El Famatina no se toca”, entre otros.

Continuamos la marcha mientras se observa el descenso del río Amarillo que nace en los deshielos de la mina a casi 5.000 metros y al bajar está cargado de minerales que le dan ese particular color amarillo.

La subida aleja del último de los puestos cabriteros llamado “Los Berros”; de ahí en más es sólo montaña y guanacos.

Pasamos frente a las ruinas del viejo refugio “Cuevas de Noroño” que cuenta Javier fue vivienda de una familia dedicada a la cría de animales hasta que unos y otros murieron y quedó deshabitado.

En el kilómetro 17 se presenta el cerro Los Pesebres a 2.670 metros donde se observan las capas superpuestas de óxido de hierro, cenizas volcánicas, ocre, azufre, yeso y sulfatos de cobre que forman una pared multicolor. Nada tiene que envidiar al cerro Siete Colores de Purmamarca, en Jujuy.

Los sentidos no dan abasto con los impulsos que prodiga el paisaje. Cuando ya van 25 kilómetros de la partida aparece el cañón del Ocre, enorme hendidura de ese color, en la tierra. Abajo, se ve el avance del río Amarillo, en una conjunción de colores.

Efectos de la Puna

Al descender del vehículo para dar los primeros pasos hacia el mirador ubicado a 2.900 metros, se siente el efecto de la Puna. Se retoma la marcha y ya a 30 kilómetros de la partida se circula por el río que a esa altura es de hielo. La Cuesta Amarilla a 3.995 metros es el punto de mayor dificultad en un espacio donde casi no hay vegetación, sólo la “yareta” se destaca con un verde intenso y forma redondeada. Esa planta es utilizada para “sahumar las casas”, al decir de Javier quien agrega: “porque yo en las brujas no creo, pero de ellas me cuido”.

Después de 40 kilómetros se arriba al centro administrativo de la mina, hoy en ruinas y saqueada, sólo sobreviven muros y techos.

En las paredes blancas, se destacan las pintadas en contra de las mineras. También es una curiosidad el depósito de muestras de minerales, miles de cilindros usados en las exploraciones realizadas, donde se observa la roca y las vetas de minerales.

Sin embargo, todavía faltaban tres kilómetros que trepan a casi 4.400 metros para llegar a la mina donde está la última de las estaciones del cablecarril que llevaba el mineral a Chilecito. 

Las laderas de fuerte color ocre, con manchas blancas y amarillas delatan los socavones donde se encuentran minerales y sulfuros.

Entre esos escombros sobresalen, vagonetas oxidadas, tolvas de gruesa pinotea intactas, como si no hubiera pasado un siglo, y muros de contención de piedra. 

Recorrer los restos de vías y carros desparramados mientras sopla un viento fuerte y frío genera una sensación de desamparo y desolación. Es como trasladarse a las precarias condiciones de trabajo de los mineros a comienzos del siglo 20.

Todavía se puede ingresar y avanzar unos metros por los túneles sostenidos por gruesas vigas.

A lo lejos hacia el sur, se ve el glaciar de hielos eternos, y aún cuando el corazón tiene un ritmo acelerado por la altura, nos arriesgamos en otro esfuerzo para llegar a la cascada congelada a través de casi 400 metros de desnivel.

El primer tramo se hace por un sendero y el resto entre escombreras y hielo.  

La cascada se ve como lejana, imposible ante la dificultad del terreno, pero poco a poco, sorteamos la subida de los cuatro niveles de hielo para llegar a la cumbre sobre el glaciar a 4.900 metros de altura.

La vista desde el lugar es majestuosa hacia los cuatro puntos cardinales.

Abajo, se divisan las instalaciones de la mina. Aunque el frío es intenso permanecemos contemplando el entorno en silencio, parados sobre el hielo milenario, que asegura vida al valle.

El descenso al pueblo es otro aprendizaje. Es la ocasión que aprovecha Javier para demostrar el conocimiento de la vegetación y sus usos. 

Así cobran protagonismo hierbas como la chachacoma, popular calmante para la tos; el muña muña, Viagra natural, el quinchamali para dolores de huesos, y cientos de especies más. 

Un grupo de guanacos que trepaba cerro arriba ofició de comité de despedida a los excursionistas.

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