Palermo, las fronteras desbordadas

Paisaje palermitano. El lago, la frondosa vegetación, los espacios cuidados y limpios, todo hace al entorno de relax y esparcimiento en la convulsionada urbe.
Paisaje palermitano. El lago, la frondosa vegetación, los espacios cuidados y limpios, todo hace al entorno de relax y esparcimiento en la convulsionada urbe.

El tradicional barrio porteño, antes solo conocido como el “Viejo” o el “Chico”, tiene un problema de identidad. Hoy lo llaman Palermo Soho, Hollywood, Villa Freud y hasta Dead (muerto), en su frontera con “la Chacarita”, por la presencia del cementerio.

En reuniones de amigos es muy común hacer cierto tipo de comentarios o bromas que se ajustan a la más rabiosa actualidad. “¿Viste cómo se llama ahora el barrio de la Chacarita? Palermo Dead (esto es así, está ocurriendo hoy, incluso algunas inmobiliarias muy osadas se atreven a vender sus propiedades con esta denominación o con la menos conocida de ‘Chacalermo’)”.

Uno puede reír o llorar ante esta situación. Soy palermitano de pura cepa, nací y crecí en este barrio y, antes de dar vueltas por el mundo durante varios años como periodista y fotógrafo free lance; de entender más tarde la aspereza que significa ser un inmigrante establecido en Europa durante cinco años, o de radicarme hoy en las sierras de Córdoba, viví casi un cuarto de siglo en el “Palacio de los Patos”, un antiguo edificio de estilo francés que ocupa más de media manzana sobre la calle Ugarteche.

Por las puertas inmensas de “Los Patos” entraba y salía, hasta bien entrada la noche, casi la mitad de la Capital Federal. Actualmente, la zona tiene varias denominaciones palermitanas; el edificio es una fortaleza paranoica, en donde vive semi recluido Charly García, y los precios de sus coquetos departamentos se dispararon hasta la capa de ozono.

Suspiro al recordar que en aquel entonces todo era mucho más claro, tranquilo y accesible. Palermo era mi Palermo (el “Viejo” y el “Chico”) y Chacarita era Chacarita. Hoy es imposible distinguir las fronteras del barrio de mayor extensión de la ciudad de Buenos Aires. Valga como ejemplo algo que escuché hace poco en la radio: a un nativo de la localidad de Avellaneda, en el conurbano bonaerense, le preguntaron su lugar de origen y él, imperturbable, contestó: “Yo nací en Palermo Suburb”. ¿Reír o llorar? ¿ Qué es lo que tiene este barrio para que tantos quieran adosarse a su nombre? ¿En 2050 la capital de la República Argentina se llamará Palermo?

Paseo nostálgico. Vuelvo a mi querido barrio después de mucho tiempo. Como dije, todo está notablemente cambiado. ¿Para bien o para mal? Veamos. Me dirijo con mi cámara de fotos hacia un clásico: el Rosedal, que a grandes rasgos es una puerta de entrada a Palermo para el visitante que empiece a observarlo desde el costado del río de la Plata.

Uno puede estar a favor o no del actual gobierno de Mauricio Macri, pero hay que reconocer que el lugar, de geografía generosa y comparado con el abandono y la inseguridad de muchos años atrás, está impecable. Reina por allí una armonía tan delicada que supera a la de muchos parques europeos o norteamericanos.

Hay tal cantidad y variedad de rosas como para llenar una docena de contenedores; turistas durmiendo la siesta en los bancos; guardias de seguridad que pasan inadvertidos; un patio andaluz remozado, que invita al romance, y corredores, chicas en rollers, botes y bicicletas acuáticas que se deslizan circunspectos sobre el agua del lago, que luce casi cristalino.

El exterior del Planetario, otro clásico, muy cerca de allí, al parecer luce igual que siempre pero me entero, luego de una charla con un empleado del lugar, que en su interior hicieron cambios importantísimos relacionados con la más alta tecnología. De noche se ilumina con tonos rojizos y azulados que dejan boquiabierto al flaneur (andariego, trotacalles) más distraído y cada tanto, los fines de semana, se juntan en sus parques un puñado de colgados que piden la legalización de la marihuana.

Cruzo la avenida Sarmiento, observo el imponente Monumento a los Españoles y poco más tarde contemplo, frente al siempre tristísimo zoológico (a nadie le gustaría ser desterrado y vivir dentro de una jaula), el gesto sufrido de la estatua que le dedicaron al Nobel Pirandello.

Los bosques, pulmón verde de la ciudad, acaso estén más limpios y frondosos. Me emociono al recordar los partidos de fútbol improvisados aquí junto a mis amigos o a los perros de mi infancia olisqueando entre sus árboles.

Observo sobre la avenida Libertador los lujosos balcones de Amalita (Fortabat), fallecida hace poco, con las persianas polvorientas y bajas; pateo más tarde las piedras naranjas de la Plaza Alemania, hoy prudentemente enrejada.

Ingreso por Ugarteche con pies de plomo, como un astronauta que pasea por el túnel del tiempo, me detengo frente a “Los Patos” y me dirijo, al atardecer, hacia “Palermo Sensible” o “Villa Freud”, denominado así por la cantidad de psicólogos, psiquiatras y charlatanes no acreditados establecidos allí desde los \'60.

Mi madre, nacida en Córdoba pero palermitana por adopción, se mudó hace algunos años a esa zona y me recomienda, creo que incluso me obliga, a que visite el nuevo local que Carlitos, “el rey del panqueque”, acaba de montar en una esquina imponente de Charcas y Julián Álvarez.