Ferias icónicas de la Argentina y el mundo que merecen una o varias visitas

La feria de San Telmo es una de las más concurridas de la capital argentina. (Bibiana Fulchieri)
La feria de San Telmo es una de las más concurridas de la capital argentina. (Bibiana Fulchieri)

Un recorrido por las sorprendentes ferias de San Telmo (Buenos Aires), El Rastro (Madrid) y Da Ladra (Lisboa). Para reencontrarse con tesoros de la infancia y algunas cosas más.

Cada vez que C. tenía un regalo para mí, preparaba una búsqueda del tesoro que me conducía hasta el obsequio. El grado de dificultad de las pistas iba escalando de nivel conforme a la edad. Los lugares donde tocaba esconderlas también fueron cambiando, pero nunca, ni aún en sus peores años y aunque el dolor la aquejara, dejó de hacerlo.

Será por eso que en cada ciudad nueva, el recorrido involuntario me deja a la vera de alguna feria callejera. Una vez ahí, todo me indica que debo entrar, tomar el mapa con ojos de arqueóloga y volver a jugar un rato, como hacía con ella. Recorro sus calles como si se trataran de un laberinto; hurgo entre las reliquias buscando algún elogio al desgaste del tiempo.

Vayamos, entonces, hasta ellas, para encontrarnos con quienes somos ahora y con quienes fuimos en el pasado.

San Telmo, Buenos Aires

En el corazón de este barrio porteño se encuentra un imprescindible: la Plaza Dorrego.

Allí se instala cada domingo la feria a cielo abierto de objetos antiguos y curiosidades que data de 1970 y que la National Geographic ubica segunda, después de la Bermondsey de Londres, entre los 10 mejores mercados de pulgas y antigüedades del mundo.

Allí es posible encontrar todo el universo encerrado en un par de cuadras: abanicos, billetes y monedas, botones, caireles, candados, estampillas, fotografías, perfumeros, porcelanas, relojes, muñecas sumisas y anteojos de sol al mejor estilo Victoria Ocampo son algunos de los objetos de segunda mano, gangas vintage y kitsch insospechablemente valiosas con las que luego no sabré qué hacer.

Es de mañana, llegamos temprano. Estoy embobada con los colores y la música. M me agarra del brazo para que no choque a algún vendedor. Sin acuerdo previo, nos detenemos a mirar cómo las grandes y anchas manos de un hombre acomodan soldaditos de plomo sobre uno de los más de 250 puestos. El preludio hace parecer que esto es lo último que hará en su vida. Con el mismo cuidado, elegimos una cajita Birmania original para J.

El Rastro, Madrid

Leo a Ignacio Vleming decir que El Rastro es algo más que un mercadillo; que es una filosofía, una manera de ser y de estar en el mundo que trasciende las modas. Y que hay algo de liberador en lo feo; en lo que se encuentra por fuera de lo pulido, de lo pulcro, de lo liso e impecable. En el bochinche y en esa postal gastada que queda al final de la fiesta.

Así veo al Rastro la primera vez: llegué cuando ya terminaba. Pero como soy obstinada, vuelvo la siguiente semana: esta feria nunca se suspende.

Los lugareños dicen que con lluvia, con nieve, con calor, suba la presión atmosférica o política, con crisis o sin ella, los irreductibles puesteros abren todos los domingos y días festivos.

Su historia se remonta a 1740, cuando Lavapiés, el barrio en el que anida, era zona de mataderos. De ahí su nombre: de las manchas de sangre que dejaban los animales. Y se caracteriza por vender de todo. Lo mejor es caminar siguiendo el instinto tras lo que nos llama la atención. Por cada montón de piezas de poco o nulo valor hay alguna obra maestra que quiere ser descubierta. Me llevo un libro de poesías y una campera guapísima por cinco euros.

La Feira da Ladra, Lisboa

En Portugal encuentro la sensación de estar en casa. En la Feira da Ladra (“Feria de la ladrona”, ya que en sus inicios abundaban los artículos robados), una escena familiar y cercana. Esta cápsula del tiempo tiene lugar los martes y sábados en el campo de Santa Clara, en los alrededores del barrio de Alfama, y aunque pasó por varios puntos hasta instalarse definitivamente, data de 1272.

Al igual que las anteriores, presenta un formato desordenado que guarda, al mismo tiempo, un orden misterioso compuesto de cámaras fotográficas de hace medio siglo, muebles de segunda mano, discos de vinilo, globos terráqueos, alhajas y azulejos con tranvías ilustrados. Pese a ser invierno, Lisboa está soleada. Con V andamos de remeras sin mangas.

Nos acercamos a una tiendita con instrumentos y su dueño comienza a tocar en la guitarra un fado. Al lado, una mujer regatea los precios al vendedor que se encuentra sobre una manta en el suelo. Seguimos caminando. Elijo unos aros para L, en forma de argollas pequeñas, que me recuerdan a los que usaba durante su infancia.

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