La Chaya, el carnaval a la manera riojana

Llega febrero y parece que en las calles de La Rioja todos acaban de egresar: bañados en agua y harina, más los infaltables ramitos de albahaca que se cultiva en las macetas de cada casa para desparramar en estos días, el espectáculo de engrudo, música y alegría popular indica que en el calendario ya llegó la hora de la Chaya.

Esta fiesta prácticamente coincide con el Carnaval y un poco se la podría confundir, vista a la distancia, si se trata de desenfreno, bailes y risas. Pero en realidad tiene ritmo y ritos propios: y un origen diferente, que nace entre los valles y quebradas en la época de apogeo de los diaguitas.

Siglos atrás, las tribus locales agradecían a la Pachamama los frutos recibidos durante el año y pedían cosechas prósperas para el siguiente: entre ellos vivía la joven Challai, que se enamoró un día del Pujllay, el espíritu picaresco del carnaval calchaquí, pero no fue correspondida. Dolida y desesperada, Challai –la Chaya– se retiró a un cañadón entre las montañas y luego, ya transformada en nube, ascendió a la cumbre de los cerros.

La buscaron en vano: hoy sin embargo regresa, cada mes de febrero, convertida en el rocío que humedece las flores del cardón. Arrepentido de su desdén, el objeto de sus amores la buscó en vano, hasta caer ebrio y consumirse en las llamas de un fogón: por eso el ritual se repite con la quema del Pujllay, cuyo muñeco se desentierra el primer día de la Chaya y se vuelve a enterrar al final.

Hasta aquí, la leyenda. Ahora, la fiesta.

A festejar se ha dicho

Hay una Chaya “oficial”, que tiene sede en el Autódromo de las afueras de la capital riojana: allí se presentan artistas populares a lo largo de cinco noches que van subiendo el ritmo del festejo y reúnen a miles de personas, sin distinción de edades ni clases.

Pero la fiesta está por todas partes: en los Pujllay que, en la forma de muñecos a la espera de su destino de fuego, lucen sentados en los negocios, hoteles y plazas de la ciudad. En las bolsitas de harina que se venden por las calles para desparramar a diestra y siniestra. En las procesiones de chayeros que se abren paso por las montañas, para cumplir un ritual riojano hasta la médula: reunirse, bailar, celebrar, compartir.

En cada casa con patio, donde se arman una Chaya privada entre amigos haciendo circular el dato boca a boca o por WhatsApp. Al recién llegado primero lo sorprende, y después se deja atrapar por esa alegría contagiosa de los grupos que, a pura harina pero sin disfraz, celebran esta suerte de autóctono carnaval.

Benditos frutos

Lo importante es cumplir el ritual: bendecir los frutos de la tierra, porque la Chaya se vincula con las cosechas; hacer el pan y la “guagua”, una suerte de gran corona de pan dulce; probar la “cabeza guateada”, una cabeza de vaca cocida en un hueco en la tierra; y sobre todo participar en los “topamientos”.

Así se llama a los encuentros donde el “todo vale” permite arrojarse agua, harina, espuma, pintura y papel picado, y hasta entrechocarse entre “comadres” y “compadres”, trayendo al presente los ecos de una antigua forma de seducción que fue -y tal vez sigue siendo- el origen de no pocas parejas. En la Chaya, dicen los riojanos, “todos somos iguales”. Y también lo canta el Chaqueño Palavecino: “Las cajas ya están templadas / los bombos bien estiraos / es que se viene la Chaya / es que se viene la Chaya / riojana con el Pujllay / los changos y las chinitas / las calles se han adornado / con ramilletes de albahaca / con el muñeco ladeao”.

Este año, la fiesta abre el jueves 13 de febrero con Jorge Rojas; al día siguiente será el turno de Abel Pintos, Soledad y Raly Barrionuevo; el 15 Dale Q’Va y el domingo 16 Luciano Pereyra. El cierre del lunes 17 será a cargo de Sergio Galleguillo, con la banda santafesina Los Palmeras. La sede de la Chaya es el Autódromo de la ciudad de La Rioja (Carlos Gardel 1688, La Rioja). Las entradas se venden en www.chaya2020.com.ar: Vip A y Vip B $ 1.200, Platea preferencial $ 800, Platea general $ 500 y Rancho $ 300.