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Voy de viaje

Santos y difuntos de la Córdoba colonial

La Dirección Municipal de Turismo organizó dos visitas guiadas para conocer detalles históricos de la creación del cementerio San Jerónimo y de la cripta de enterramiento de la basílica Santo Domingo, en conmemoración de los días que recuerdan a los santos y los muertos.

Por Redacción LAVOZ.

A la llegada a estas tierras de españoles y de distintas órdenes religiosas, los pueblos originarios aún conservaban a sus muertos en urnas funerarias. La tradición americana se comenzó a relegar conforme avanzaba el proceso de evangelización y así se modificaron los modos de concebir la muerte. 

Cementerio  San Jerónimo, el primero de la ciudad. Fue inaugurado en 1842.

En la Córdoba colonial se hizo familiar enterrar cuerpos próximos a iglesias y camposantos. La creencia establecía, por entonces, que de ese modo los difuntos participaban de las virtudes de los santos.

Por esta causa, los sacerdotes inhumaban a sus muertos en criptas subterráneas, preservándolos en nichos y la ciudad de Córdoba cuenta con varias criptas de enterramiento, una de ellas, la de la basílica Santo Domingo, se encuentra dentro del mismo predio de la iglesia. Pero llegó el momento en que las antiguas costumbres católicas tuvieron que cambiar. 

Cúpula de la basílica Santo Domingo.

A fines del siglo XVIII las condiciones sanitarias de las ciudades del Nuevo Mundo, como la Córdoba de la Nueva Andalucía, hicieron necesario ubicar los enterramientos en zonas extramuros de los lugares poblados, en áreas especialmente destinadas. Sin embargo, fue recién en 1868, durante la presidencia de Sarmiento, que se sancionó el reglamento de cementerios para el territorio argentino.

El San Jerónimo

El cementerio San Jerónimo fue el primero de esos predios en Córdoba. En los márgenes urbanos habitaban los aborígenes de El Pueblito, lugar donde también habían construido un atrio para que ellos pudieran participar de la oración.

En ese mismo lugar, comenzaron a levantarse las tapias del cuadrado que correspondería al nuevo camposanto, que recién fue inaugurado en septiembre de 1842 y cuya capilla fue dedicada al patrono de la ciudad, San Jerónimo.

La basílica  Santo Domingo tiene en su interior una antigua cripta de enterramiento.

En diciembre de 1876, se inició la reconstrucción de la capilla a la que elevaron al rango de parroquia. 

Once años después fue culminada e inaugurada en presencia Elisa Funes, la esposa del presidente Miguel Ángel Juárez Celman, a la que se nombró madrina de la obra.  

En tiempos en que Córdoba se posicionaba a la vanguardia, tuvo necesidad de resolver de manera ecuánime, los problemas que acaecían al fallecer ciudadanos que profesaran otra fe. 

En noviembre de 1867, la Municipalidad demarcó un terreno ubicado en el sector sur del cementerio para sepultar a vecinos no católicos. 

El predio, conocido como cementerio de Disidentes respetó el eterno descanso de no creyentes o creyentes de otros cultos que por entonces no tenían un lugar establecido. 

Los cementerios conservaron en el paso al otro mundo las mismas creencias sociales que en vida habían mantenido sus habitantes. Tal es el caso de la existencia de fastuosos panteones, pertenecientes a encumbradas familias cordobesas, que se transformaron en símbolos de riqueza y poder.

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