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Quebrada de las Conchas

Por Redacción LAVOZ.

Cafayate es un hermoso pueblo del sur salteño ubicado en el corazón de los Valles Calchaquíes. Muy cerca de ese pueblo, siguiendo por algo más de 10 kilómetros una ruta que lleva hacia el nordeste, es posible llegar a la maravillosa Quebrada de las Conchas, un valle cerrado en cuyos rincones se levantan extrañas formaciones rocosas cuyos contornos han dado lugar a denominaciones forjadas por la imaginación popular.

Bautizados con nombres como el Sapo, la Garganta del Diablo, el Anfiteatro o el Fraile, estos lugares son producto del trabajo erosivo de vientos o aguas durante cientos de miles de años.

Como si fuera el sendero de un insólito parque de fantasías, el asfalto de la ruta Nacional 68 permite zigzaguear la quebrada y conocer las diferentes formaciones, gran parte de ellas señalizadas con carteles a la orilla del camino.

Allí, esculpido por el viento en rocas rojizas y como viejas fortalezas medievales, el camino lleva hasta El Castillo. Algo más adelante, en una depresión de la geografía, surge un peñasco alto y solitario al que llaman el Obelisco.

Más allá, en un recodo carretero, asoma la Garganta del Diablo, una descomunal pared de 50 metros de altura erosionada por el agua de una catarata ya extinta. Y finalmente, como una herida abierta en la montaña, se llega al Anfiteatro, un sitio cavado por siglos de erosiones fluviales que posee una acústica maravillosa.

Sin necesidad de amplificadores, los sonidos se transmiten mágicamente en este escenario natural que, de tanto en tanto, se utiliza como sitio de conciertos de música norteña.

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