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Cuaderno de viaje

Las peripecias de alquilar un auto en Sudáfrica

Y cómo el fútbol puede salvarte en el último minuto.

Por Marcelo López.

1995. Sudáfrica, Johannesburgo.
Estamos llegando al aeropuerto, sobre la hora, pisándole los talones al horario de partida en realidad, con la esperanza de no perder el vuelo de regreso a Argentina.

Como siempre, llegar sobre el abismo del minuto, el último segundo posible, es culpa mía. No es que tenga un problema de manejo de los horarios sino que cuando viajo, inevitablemente, me cuesta irme. Siempre exprimo los minutos y los segundos como si fuera posible lograr eso en el mundo real y uno pudiera estirar el tiempo hasta donde quiere.

Ahí estamos entonces, Johannesburgo. Entramos con el auto alquilado al aeropuerto buscando dónde entregarlo, dónde dejarlo como si fuera una bolsa vacía, un desecho que no le pertenece a nadie, bajar las valijas y correr enloquecidos. Entramos apurados, tarde, y con el marcador de la nafta acusando que estamos con la reserva apenas… Ya lo noté cuando subimos al auto, cuando anduvimos por la ruta y ahora que entramos al aeropuerto, pero no nos quedaban demasiadas opciones, ni antes ni ahora. Salir a la ruta otra vez a cargar combustible, en este momento, es igual a la pérdida del vuelo, así que seguimos camino hasta la empresa de alquiler de vehículos confiando en la buena voluntad de quien nos atienda y en la mejor sonrisa que podamos tener, que es lo único que podemos ofrecer a falta de plata y de previsión.

Llegamos. Buscamos la empresa y estaciono tímidamente a un costado de los demás autos. Nos bajamos apurados, como si en el apuro, de alguna forma, se pudiera pasar por alto el faltante. Un hombre altísimo, pelado y de piel muy oscura nos saluda y se acerca. Planilla en mano, lapicera en la oreja. Revisa el auto para asegurarse de que todo está en orden. Y todo está en orden, por fuera. Ahora se sube y, cuando se sienta en el lugar del conductor y gira la llave, la ilusión de un milagro imposible desaparece. “Falta combustible”, me dice. “Se suponía que debía llegar completo”, insiste. La verdad es esa y que no tendría más de cinco o seis litros si en esa cantidad se contaran el vapor y el vacío como parte integrante del todo, pienso para mí.

El tiempo para tomar el vuelo se esfuma tan rápidamente que parece no tener medida mensurable. Al mismo tiempo, todo parece congelado. El hombre nos sigue observando y otra vez le da contacto al auto, buscando corroborar que no se ha equivocado, girando la llave. La aguja acusadora se niega, otra vez, a ir más allá de la línea roja que marca la diferencia entre tener y no tener… entre seguir y no seguir.

–Falta combustible– me dice otra vez, como si fuera necesario explicarlo.

No lo niego, ¿para qué? No tendría sentido. Digo que “sí” con la cabeza y le explico que, si hubiésemos parado a cargar nafta, no habríamos llegado a nuestro vuelo y que en este momento estamos gastando preciosos segundos que quizás signifiquen perderlo ahora. Le explico que, puestos en esa disyuntiva, prefiero volver a mi casa aunque tenga que gastar los últimos billetes que nos quedan en llenar un tanque carísimo. Siempre será más barato el tanque lleno del auto que un ticket nuevo.

Saca la llave y la aguja se cae desmayada hasta quedar tan horizontal como es posible en ese reloj. La miro indignado; ¡por una vez podría fallar!

Sale del auto y parado, altísimo, mirándonos, con los papeles de nuestro contrato en una tableta plástica, se queda en silencio, dudando, pensando. Nuestros ojos suplican y el tiempo se esfuma como en una película de suspenso.

“¿De dónde vienen?”, pregunta. “Argentina”, le digo.

El grandote sonríe ahora con todos los dientes y me da una palmada en el hombro con una mano tan grande que parece un abrazo. “Vayan, vayan… no hay problema por esta vez”, aclara.
Nos quedamos mirándonos; sin movernos, sin poder irnos, sin poder creerle. Pregunto por qué, casi sin que me escuche, curioso, temeroso de que se arrepienta, mientras agradezco e intento que no cambie de opinión.

“¡Maradona, Argentina… Diego!”, responde jocoso y sonriente mientras se sube al auto. Baja el vidrio y saluda. “¡Maradona!”, le digo entusiasmado, como si tuviéramos ya un código entre nosotros. Asoma el puño, levanta el pulgar en señal de OK y se lleva el auto fuera de nuestra vista.


Diego, 24 años después te sigo debiendo el tanque de nafta de un Nissan Sentra.

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