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Voy de viaje

Islas Marietas, donde la playa se esconde

Quien visita la Riviera Nayarit, en México, seguramente será invitado a realizar una excursión a una playa escondida. No es un paseo sencillo y tranquilo: hay que nadar, flotar con salvavidas, usar máscara de snorkel y pasar por debajo de un techo de piedra, pero vale la pena.

Por Andrés Blanco.

Cuando la lancha se detiene sobre el océano Pacífico, frente a una isla deshabitada y desierta, las sensaciones son encontradas. Sabemos que ha llegado el momento de tirarse al agua y de nadar por debajo de una caverna, para llegar al interior de la isla.

De altura baja y poca vegetación, su belleza deslumbra aún sin saber lo que espera adentro. Es cerca del mediodía y el sol se refleja en el agua. Hace calor, aunque el verano está lejos.

Con salvavidas y patas de rana, los visitantes nadan hacia la playa.

Se trata de una de las islas Marietas, una formación rocosa de origen volcánico deshabitada por población humana. Aunque aves, abundan.

La verdadera aventura comienza a la hora de sumergirse en el agua, pero antes hay que colocarse el chaleco salvavidas (aunque uno sepa nadar, es obligación utilizarlo). Con patas de rana en mano -y la GoPro en la otra- llega el momento de tirarse al agua. Al contrario de las aguas argentinas, ya sea en las sierras, la costa o la Patagonia, el agua aquí es templada. 

Dentro del mar hay que hacer malabares para ponerse las patas de rana. El salvavidas mantiene a flote y dificulta la llegada hacia los pies. Con un poco de ingenio, estamos listos para nadar.

Playa escondida o “del amor”, como se la conoce. Una playa en un cráter en medio del Pacífico.

A lo lejos se ven las olas que rompen sobre las piedras y por momentos se cruza la idea de qué pasaría si la marea nos empujara hacia allí. Pero todo se olvida cuando el visor se coloca y se mira hacia abajo.

El agua es cristalina y el fondo no muy profundo (unos 15 metros). Por momentos los peces se acercan, aunque algunos de ellos parecen ya saber que allí siempre hay intrusos en el agua.

Nos tomamos algunos minutos para apreciar el fondo del mar y la vida submarina. Entre los corales vive una gran variedad de peces de arrecife y medusas. Pero este trayecto sirve más para familiarizarse con el equipo y estar listos para atravesar la cueva que lleva a la playa escondida.

Por momentos, las olas son altas y la marea se eleva. Es por eso que es importante esperar el momento justo para ingresar.

El trayecto es corto y desde la entrada a la cueva se ve el interior de la isla. Una vez adentro, hay que avanzar con una mano estirada tocando siempre el techo: por momentos llegan olas más altas que se roban todo el oxígeno por algunos segundos, y con su fuerza pueden golpearnos contra el techo.

Se escuchan gritos en varios idiomas de turistas que no entienden qué hacen allí. Pero lo comprenderán al llegar al otro lado. En inglés, japonés, y otros idiomas que no se alcanzan a distinguir por el ruido de las olas y el eco que produce la cueva, expresan sus emociones mientras dejan entrever algo de miedo.

La Riviera Nayarit, donde está Punta Pita, poblado desde donde parte la excursión.

Al llegar, es importante sacarse las patas de rana antes de salir del agua ya que caminar con ellas en la arena es muy complicado y quebrarlas es fácil.

La playa es chica, pero deslumbra por su belleza y exotismo. El lugar parece una especie de cráter, como si una bomba hubiese impactado allí y la piedra hubiera sido perforada (de hecho, es uno de los mitos que se escuchan sobre su formación).

La mitad del lugar es agua; la otra mitad, arena. En la parte más alta de la roca, se alcanzan a ver las plantas que cuelgan desde lo que sería el nivel suelo de la isla.

Estar en una playa paradisíaca, rodeado por paredes de piedra de unos siete u ocho metros de altura, con el mar ingresando desde una cueva hacen que la imagen sea difícil de borrar de la retina. La adrenalina de la llegada, después de haber atravesado las olas, hace que los sentidos se potencien. 

Biodiversidad

El paisaje que ofrece la naturaleza es difícil de olvidar. Las Marietas son un santuario de biodiversidad: habitan allí entre 70 y 100 diferentes tipos de aves, explica nuestro guía: “A nadie le es permitido subir a las islas, hacer excursiones por su territorio, acampar o pescar”.

Esa es una de las razones por las que el ingreso a este lugar es tan controlado. Aunque dan ganas de quedarse a pasar el día entero y aprovechar el agua, el tiempo permitido para permanecer adentro es de unos 15 minutos.

Pero cuando el tiempo es escaso uno aprovecha cada segundo. Así que, aunque la estadía en la isla es acotada, nos hicimos tiempo para visitar un brazo mucho más pequeño de la cueva en la que asoma el mar. La oscuridad allí es mucho mayor que en la que usada como puerta principal. 

Un brazo del mar ingresa por una cueva.

Luego de atravesar un angosto pasillo, llegamos a un espacio más grande en el que rompen las olas que ingresan por una boca más lejana. Según el viento de afuera, las olas pueden ser pequeñas o grandes. Por estas últimas (y para no caerse) es que la mano no se despega del techo.

Como la moda lo dicta, nos sacamos una selfie que saldrá movida por la falta de luz. Aún así, vale el recuerdo.

Ya de regreso a la “playa escondida”, así la llaman algunos, (otros, la playa del amor), es momento de hacer frente a las olas para atravesar la cueva y volver a la embarcación.

Colocarse las patas de rana en el agua mientras entran las olas desde el mar no es una tarea simple. Tanto, que algunos terminan rodando por la playa y tragando algo de agua.

Otra opción es colocarse las patas en la playa y caminar hacia atrás. Pero esta no es tarea fácil, sobre todo cuando una ola fuerte ingresa y derrumba.

Una vez en el agua, regresamos a mar abierto. Aprovechamos para observar cada detalle del fondo del mar, ya que nunca se sabe cuándo se regresará.

La fauna acuática que se observa en esta zona no parece ser muy abundante, aunque por momentos sorprende. Ya cerca del bote, uno de los compañeros del grupo hace señas para mirar hacia abajo. Al sumergir la mirada, el grito de otra compañera asusta hasta al más valiente. La reacción es nadar rápido, pero al ver con detenimiento nos damos con que sólo se trata de dos peces que pasan a saludar.

*Enviado especial

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La Voz.