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Voy de viaje

El universo de Van Gogh

Este museo, uno de los más bellos y entrañables del mundo, responde a un concepto pintor-ciudad que se repite en Bruselas con René Magritte y en Berna con Paul Klee.

Por Redacción LAVOZ.

Este museo, uno de los más bellos y entrañables del mundo, responde a un concepto pintor-ciudad que se repite en Bruselas con René Magritte y en Berna con Paul Klee.

El edificio está compuesto por un cuerpo ortogonal que alberga la colección permanente de Van Gogh y se conecta por un puente con otro volumen circular, realizado posteriormente, en el que se exponen muestras temporarias.

Es el museo más visitado de Holanda e incluye más de 200 pinturas, cientos de cartas y dibujos del genial artista.

Van Gogh dedicó los últimos 10 años de su vida a pintar y dejó más de 800 obras. Dicen que vendió sólo una (Las viñas) y la mayor parte de su legado fue heredado por la mujer de su hermano Theo y el hijo de ambos, quienes lo donaron al Estado holandés.

La impactante colección y la sencillez con que se expone, dividida por épocas y los lugares en que residió el pintor, se explica de forma amena y entretenida.

El público. Llama la atención la cantidad de niños en grupos o llevados por familiares que observan las obras y juegan con ellas porque el museo distribuye material para que los más pequeños interactúen con las pinturas y los padres disfruten tranquilos.

Aquí está todo el universo de Van Gogh: las cartas a su hermano, los primeros dibujos en el campo, los girasoles, el cuarto, el autorretrato con sombrero, los trigales, los cuervos, los grabados japoneses, los comedores de papas, la casa amarilla de Arles, los dolidos paisajes del hospital psiquiátrico de Saint Paul... Todo lo necesario para disfrutar, comprender y sufrir junto a él, su errática y magnífica existencia.

Lo acompañan en este viaje varios amigos que conoció en París junto a su hermano Theo: Toulouse Lautrec, Paul Cézanne y Paul Gauguin, quién vivió junto al holandés en su casa de Arles (Francia) y aunque la relación tuviera un final desgraciado (Van Gogh se seccionó la oreja ocupándose por la mala relación con su amigo) de esa época, quedaron obras memorables de ambas partes.

Quizás la más conmovedora sea el lienzo de Gauguin que retrata a Van Gogh pintando girasoles y que tiene un lugar destacado en el recorrido de la muestra.

Este museo no sólo expone las obras y explica la vida del pintor sino que nos conmueve llevándonos de la mano por sus momentos felices, nos muestra fotos y cartas de la relación con Theo, nos emociona con los primeros y titubeantes dibujos de quién decidió a los 27 años dedicarse al arte, nos deslumbra con sus pinturas más reconocidas y al final -en un réquiem de color a toda orquesta- nos conduce por el último año de vida en el hospital psiquiátrico de Saint Remy y la casa de Auvers-Sur-Oise donde apenas deja el pincel para tomar el revólver y pegarse un tiro en el pecho.

Van Gogh murió el 29 de julio de 1890 y su hermano Theo, quién lo acompañó hasta el final, lo hizo seis meses más tarde.

Sus tumbas están juntas en el cementerio de esta ciudad francesa. El museo Van Gogh logra revivir al genio en nuestras vidas.

Volvemos a la calle en silencio acompañados por Rembrandt y Van Gogh.

Cada uno de nosotros lleva los colores y las imágenes en su corazón y nos tiramos en el césped -cerveza en mano- para relajarnos después de un día largo e intenso.

Levanto la cabeza al cielo, la luz del sol me enceguece y cierro los ojos pensando: demasiada luz.

Cuando los abro veo la estructura del eslogan de la ciudad frente al, los jóvenes se trepan a él y los chicos se meten entre las enormes letras y piden a sus padres que los fotografíen: I'Amsterdam. Rijksmuseum

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