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Voy de viaje

Cartagena, la perla colombiana

Confortablemente embarcados en un crucero que navega entre islas de increíble belleza, se pueden conocer varios destinos en un solo viaje. Distintas escalas, como Cartagena de Indias y Bonaire, son como perlas de un collar que se guarda con los tesoros.

Por Carlos Manuel Couto, Especial.

Uno está confortablemente desaliñado embarcado en un crucero que navega entre islas difíciles de imaginar. La vida a bordo se parece un poco a la de un pashá: bebidas al gusto, buena gastronomía, chapuzones en la piscina con el sol a pique y la posibilidad de no hacer nada de nada. ¿Eso es todo? No. La buena vida sigue en las islas. Es un dulce placer.

Peter, el camarero paquistaní que se ocupará de nuestro bienestar durante el viaje, augura: “con buen clima y con Espen, nuestro capitán noruego, la navegación será muy serena”. Lo dice mientras vemos cómo nos alejamos de la costa panameña, porque el rumbo nos lleva hacia Cartagena de Indias, la perla de los colombianos, tan famosa como su vecino, Gabriel García Márquez y su realismo mágico.

A pesar del pronóstico de Peter, dormimos hamacados por las olas. El Pacífico a veces es inquieto y se zarandea. Algunos se marean y otros duermen como bebés.

A las ocho de la mañana subimos a la cubierta nueve para desayunar en el bufet del Park Café. Es self service y uno no sabe por dónde empezar, todo es rico y a las 10.30 desembarcamos. El moderno water front (frente al mar) de la ciudad salpicada de rascacielos, no permite imaginar cómo será el casco colonial.

Cartagena. Una mujer negra, glamorosa, con pañuelo rojo en la cabeza y vestida a la usanza típica nos regala un mapa de la ciudad antigua, amurallada a lo largo de 11 kilómetros. Es del servicio turístico municipal. Buscamos el bus de nuestra excursión y allá vamos. El guía que nos toca no es de los recomendables: le molestan algunas preguntas y no oculta su interés por llevarnos a determinados negocios. Suele pasar, tiene volumen universal.

El sol es una brasa. Hay que usar calzado cómodo, proteger la cabeza y tomar bastante agua para sortear la deshidratación. Con sólo mirar la subida que nos espera para llegar a lo alto del Castillo San Felipe de Barajas, dan ganas de persignarse. Piratas de toda calaña, escuadras inglesas, francesas y holandesas intentaron tomar esta obra monumental de la ingeniería española. Sólo lo lograron los franceses aunque por poco tiempo.

Sus murallas más altas son ideales para las fotografías panorámicas de los barrios bajos de la ciudad. Al cabo de recorrer sus túneles, calabozos y patios para la tropa, partimos. El calor es casi insoportable, pero en bajada se siente menos.

Todo el mundo pregunta cuándo pararemos para hacer compras. En camino nos detenemos en una larga galería repleta de pequeños negocios, conocida como Las Bóvedas. Son comercios que tienen de todo, a precios que se pueden regatear. ¿A qué humano no le gusta sentir aunque sea una vez, que hizo una diferencia?

La sorpresa es que allí aparecen por primera vez las “palenqueras”. Son negras y mulatas; simpáticas, pechugonas, con dientes muy blancos; vestidas con blusas coloridas, polleras largas, y un cuenco en la cabeza, sobre el que apoyan grandes recipientes con productos para vender. Todos quieren sacarse una foto. Ellas también, porque las cobran 10 dólares.

En la galería, los parlantes le llenarán los oídos con rumbas, vallenatos y cumbias. Aquí también se baila mucho y todos se sienten ¡chévere!

En Cartagena, muchos esclavos tuvieron literalmente una suerte negra. Y no es una ironía. La visita al Palacio de la Inquisición de la Iglesia Católica (un edificio de exquisita arquitectura), es una muestra de las aberraciones que en el siglo XVIII terminaron con la vida de miles de personas. Transformado en museo, en su recorrido se aprecian mobiliarios de época, artefactos de tortura, documentos y objetos de aquel siglo. Las herramientas de tortura, incluida una guillotina, son terribles. Eran para hacer doler todo el cuerpo.

Estamos a un paso de los callejones coloniales. Los balcones de madera tallada; las macetas floridas; las ventanas y puertas con herrería colonial, se suman a casas pintadas con colores vivos y a otras decoradas con colores pastel, en un dechado de buen gusto.

Hay negocios de marcas famosas y boliches de onda, con barras lujosas y música romántica y luz tenue, ideal para hablar del amor como la gran pasión de la vida. Dan ganas de quedarse y disfrutar del barrio más tiempo. No es posible y seguimos adelante.

Ahora le toca a un barrio popular donde se levanta la iglesia Catedral. En la plaza de enfrente hay músicos a la gorra y un mercado de artesanías, entre los que sobresalen los que venden sombreros Panamá. En realidad, no todos los Panamá que se venden en el mundo entero son originales. Los verdaderos “jipijapa” se fabrican en Ecuador, muy de madrugada para aprovechar la humedad, en el cantón Montecristi en la provincia de Manabí. Los auténticos son verdaderas joyas: se pueden enrollar como un habano y al soltarlos vuelven a su forma original.

Lo que hay que saber

Cómo llegar.

A Cartagena; a bordo de un crucero o en avión.
Paquete: siete noches, con aéreos, traslados y desayunos: alrededor de $ 11.180 (en pesos argentinos) por persona.

Gastronomía
Almuerzo o cena, con una botella de vino, aproximadamente $ 120 por persona. Copa de vino: $ 40.

Compras
Camisas sport: $ 156. Gaseosas $ 15.
Bolsos playeros: $ 30.
Vestidos playeros: desde $ 50. Cerveza holandesa: $ 50. Artesanías: desde $ 30. Ojotas: desde $ 150.
Siempre conviene comprar en la playa, ropa liviana y artesanías.

A Bonaire. También en crucero o en avión. Paquete: siete noches, con aéreos, traslados y desayunos: aproximadamente $ 11.750 por persona.
Gastronomía. Almuerzo o cena, con una botella de vino, aproximadamente $ 180 por persona.
Copa de vino: $ 50.
Gaseosas, $ 17.
Cerveza, $ 40.

Compras.
Camisas sport: entre $ 120 y $ 180.
Bolsos playeros: $ 35.
Vestidos playeros: $ 60. Artesanías: desde $ 20.
Pizza con cerveza para dos, desde $ 130.

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