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En avión

Santa Clara y Trinidad

Fue allí donde el guerrillero argentino libró la batalla decisiva por la libertad de Cuba, en 1958, cuando detuvo –al hacerlo descarrilar– el tren que llevaba armas y tropas indispensables para la resistencia del dictador Fulgencio Batista. Esa acción militar determinó el triunfo de la Revolución.

Por Redacción LAVOZ.

En Santa Clara, capital de la provincia de Villa Clara, todo remite a la vida y muerte de Ernesto Che Guevara, el mítico comandante de la Revolución Cubana.

Fue allí donde el guerrillero argentino libró la batalla decisiva por la libertad de Cuba, en 1958, cuando detuvo –al hacerlo descarrilar– el tren que llevaba armas y tropas indispensables para la resistencia del dictador Fulgencio Batista. Esa acción militar determinó el triunfo de la Revolución.

Pero luego el Che se fue a combatir a Bolivia, donde el 8 de octubre de 1967, fue muerto por los militares en la escuelita de La Higuera, en la selva boliviana.

Alumnos del primer nivel reciben educación en la plaza del museo Acción sobre el Tren Blindado.

Recién 30 años después, el 12 de julio de 1997, en horas de la noche, llegaron a Cuba los osarios del Che y otros seis compañeros caídos junto a él y el 17 de octubre de 1997, quedó inaugurado el Memorial donde actualmente se encuentran sus restos.

En la enorme Plaza de la Revolución, que lleva el nombre de Ernesto Guevara, debajo de la estatua en bronce del Che, se construyó un mausoleo en forma de cueva de piedras, en el que están los nichos de los siete guerrilleros. A un costado, con la guardia permanente de efectivos del Fuerzas Armadas, arde una llama eterna. 

Al salir del mausoleo por la puerta interior, se ingresa a un museo destinado a recordar la Revolución, con fotografías, armas, uniformes y un sinnúmero de elementos utilizados por el Che y otros combatientes.

Estatua del Che, en la plaza de la Revolución de Santa Clara. Detrás está el mausoleo con sus restos.

Afuera, en la plaza, hay que esperar turno para sacarse la consabida foto con la gran estatua de bronce del Che, pues cientos de turistas de todo el mundo, todos los días, quieren llevarse ese recuerdo.  

Y antes de dejar Santa Clara, vale una visita al museo “Acción contra el tren blindado”, que se levanta en el sitio exacto donde el tren con armas y tropas oficiales fue interceptado e inutilizado.

Trinidad

Después de dejar Santa Clara y atravesar la sierra del Escambray y el Valle de los Ingenios (por la explotación de la caña de azúcar), arribamos a Trinidad, un tesoro colonial que parece detenido en el año de su fundación: 1514.

Sus callejuelas empedradas, las coloridas construcciones coloniales muy bien conservadas y su apariencia de pueblo tranquilo, le dan un toque histórico muy especial.

Sus comercios, con tabaco, artesanías, ropa típica cubana y souvenirs, forman el marco ideal a dos cosas que no se pueden dejar de hacer. La primera, ir a comer a un “paladar”, esos comedores familiares que abren las puertas para recibir a los turistas como visitas.

Plaza Mayor de Trinidad y la iglesia de la Santísima Trinidad, donde está el Cristo de la Vera Cruz (1713).

Uno de ellos, recomendable, es “Guitarra mía”, del músico cubano Pepe López, oriundo de Trinidad, donde se puede optar por un menú compuesto por tostones de cangrejo y un mixto de mar, con langosta, camarones y róbalo (12,90 CUC).

Lo otro que hay que hacer es ir a la cantina La Cancánchara y probar la bebida del mismo nombre, elaborada a base de miel, limón, aguardiente y hielo. Se dice que era la bebida que tomaban los soldados en la guerra por la independencia de España, para prevenir algunos males, como los catarros. Dulzona, fresca y fuerte, puede convertirse en un remedio para olvidar todo, no solo el catarro.

Y algo que aprendimos en Trinidad, de boca de nuestra guía, Vicky, fue una expresión del sincretismo religioso de la isla. Una de sus principales manifestaciones es la “santería”, culto que mezcla lo católico con las creencias de los esclavos traídos de África.

La mujeres que ingresan al culto, deben raparse su cabeza y usan turbantes y ropaje blanco. Incluso, las adolescentes que asisten al colegio con sus uniformes, lo hacen con esos turbantes en sus cabezas.

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