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Pampa de Achala: Romance de río y cóndores

Loma de la Esquina es un hermoso mirador natural sobre el río Mina Clavero, en los dominios de Pampa de Achala. Silenciosos, pacientes y alertas, dirigidos por un avezado guía, se puede asistir al conmovedor espectáculo de los cóndores cuando se lanzan a volar.

Por Marta Álvarez Moncada*.

Cuando se viaja desde Córdoba rumbo al oeste provincial, por el camino de las Altas Cumbres, y mientras se avanza cruzando esa gran altiplanicie llamada Pampa de Achala, van quedando atrás el viejo y recordado hotel El Cóndor, abrigado refugio de tantos viajeros que allí buscaron abrigo y descanso.

Y a continuación, La Posta y el nacimiento del río Mina Clavero. Impresiona ese rápido cruzar de las montañas que trae recuerdos de gente de otros tiempos, que con sus caballos y mulas viajaban durante días por senderos apenas visibles entre las piedras.

El viejo camino de los puentes colgantes, angosto y de tierra, muestra las curvas y vueltas interminables que bordean los precipicios. Hoy todo eso fue reemplazado por el ancho y seguro pavimento.

Continúa la marcha y pronto el camino comienza a declinar y de a poco, muestra el manso paisaje de Traslasierra.

Sobre la ruta un grupo de viviendas, más distante una pequeña capilla y un típico parador de los que alivian el cansancio de los viajeros, todo junto a un río serrano que cruza la ruta y se dirige tranquilo, entre piedras y arena, hacia quién sabe dónde. 

El lugar es Río Los Sauces, que no debe confundirse con el río de los Sauces que corre desde Mina Clavero en inclaudicable avance hacia el dique La Viña. 

Del otro lado, se observan las ruinas de uno de los obradores, que fue alojamiento de los trabajadores cuando hace bastantes años construyeron el camino de las Altas Cumbres. En la actualidad, la parte reconstruida es un refugio de montaña llamado La Candelaria.

En Pampa de Achala, por su vastedad, siempre hay otros paisajes escondidos cuyos secretos sólo conocen los lugareños. Y Río Los Sauces es uno de ellos.

Al fondo de la quebrada y entre rocas, corre el río Mina Clavero.

En búsqueda de cóndores

Partimos con Américo, jinete baqueano de esas montañas, quien nos va guiando mientras lo seguimos a pie junto a Paloma, su fiel perra.

Caminamos alegres, emborrachados de la belleza tan agreste y cautivadora y a 500 metros de la ruta aparecen unos senderos. Uno de ellos nos conduce a La Ensenada, donde se encuentra la rampa de lanzamiento de parapentes, para quienes gustan de dar un paseo por los cielos cercanos y descender luego en el Baño de los Dioses. El segundo camino conduce a Loma de la Esquina, hermoso mirador natural sobre el río Mina Clavero. La marcha es apresurada porque el objetivo es llegar a la hora en que suelen salir los cóndores de sus nidos para iniciar largos vuelos en su eterna misión de cuidar el alma de la montaña desde lo alto.

El guía, vigilante, no permite las distracciones y apura la caminata. Conocedor como pocos, sabe que lo que se busca premiará el esfuerzo.

Donde descansan los cóndores. No hay que confundirlos con los nidos.

Nadie del grupo conoce de antemano el lugar y por ello todos muestran su ansiedad por asistir al majestuoso vuelo.

Loma de la Esquina

Cuando la caminata ya llega una hora se arriba a Loma de la Esquina y de repente, al frente, el paisaje se abre sobre una inmensa quebrada y lejos, muy abajo, corre el río Mina Clavero bravío y salvaje, imponente. Una visión sobrecogedora. Rocas gigantes asoman desde lo hondo de la quebrada alisadas por el agua que durante milenios ha corrido entre ellas.

A la distancia aguas arriba, una cascada que apenas se distingue vuelca su caudal impetuoso en un apresurado descenso de la montaña, es el arroyo Mano Negra, imparable en su tarea de llevar las aguas de la Pampa de Achala hacia la llanura distante.

Paredes verticales enmarcan el atractivo abismo y al fondo, se observa el Remanso Cuadrado, como llaman los lugareños a ese sector del río.

Ya acomodados y alertas, contemplamos el paisaje al detalle, cada alero de las rocas, en espera de la señal que nos permita adivinar de dónde saldrán los cóndores a realizar la ceremonia de su vuelo, casi como un ritual milenario.

Algunos jotes intentan engañar a los espectadores agazapados, con sus negras siluetas en el cielo. Se impone la espera.  

Llega la primera señal, algo vuela allí abajo. De algún misterioso y escondido lugar salió un cóndor y comienza a recorrer de manera lenta el cauce del río allá al fondo de la quebrada. Luego desaparece y regresa en la lejanía, en sobrevuelo sobre el curso del río. 

Poco después, aparece otro cóndor y otro más. Van y vienen, cada vez más alto con el fin se sortear el abismo de rocas y comenzar su vigía desde lo alto del cielo.

Al observarlos, con sus golillas blancas sobre el negro plumaje muestran que de manera paulatina recuperan sus ancestrales dominios.

Paloma, junto a su dueño, contempla a diario el colosal paisaje.

Es hora de regresar. Tras una última mirada hacia el fondo, al Remanso Cuadrado, luego hacia el valle de Traslasierra, y por último, a las colosales paredes de piedra que rodean la postal, encaramos la vuelta y aprovechamos para conocer una tapera en medio de la montaña que fue el pequeño refugio de una familia que se atrevió hace muchos años a vivir en medio de esas soledades. Se trata del viejo Puesto Jiménez, donde en verano premia a los excursionistas con frutos introducidos de uvas, damascos y ciruelas.

Desde allí, se observa El Sobrado, otro mirador de cóndores que desnuda a lo lejos un indómito paisaje de mole oscura y granítica que parece un gigantesco balcón que asoma por sobre el río Mina Clavero. 

Tras un ameno descanso en la tapera, bajo el sol de mediodía, volvemos al punto de partida.

* Especial

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