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En pareja

A navegar los mares del sur

Una experiencia que permite imaginar –y valorar– a los antiguos navegantes que surcaban los mares del sur en precarias embarcaciones. Hoy, Norwegian invita a zarpar desde Buenos Aires y viajar a Valparaíso (Chile), con escala en las Malvinas.

Por Federico Giammaría | Enviado especial.

Leandro Casas es cordobés. Nació en San Francisco pero se formó en Villa Los Aromos. Hoy es el pianista principal del Norwegian Sun, uno de los cruceros que surcan los mares del sur argentino y chileno y que regresó a esta ruta después de cinco años.

Como sus compañeros, Leandro se encarga de hacer del viaje una experiencia inédita y divertida. Cada tarde, vuelve a tocar en alguno de los “buenos pianos de cola” que tiene el barco, hasta conmover al ecléctico público que ha decidido navegar hasta el Cabo de Hornos, el punto más austral que toca el barco en cada recorrido, en una temporada que va de noviembre a marzo.

Vista panorámica de la bahía y de la ciudad de Ushuaia, desde el hotel Arakur.

El Norwegian Sun es uno de los cruceros que hoy recorre la ruta entre Buenos Aires y Valparaíso, en Chile, con una escala especial para los argentinos: las islas Malvinas. Y se diferencia de sus competidores por lo que han dado en llamar free style cruising, la particular manera en la que cada pasajero puede hacer uso de los restaurantes y bufetes sin restricciones de horarios.

“La industria masiva de los cruceros está en Estados Unidos. Pero Argentina crece y por eso apostamos al regreso”, explica Mariana Benseñor, gerente de ventas de Vanguard, la empresa que comercializa a Norwegian en Argentina. “Y en diciembre de 2016 comenzaremos a viajar hacia Brasil”, agrega.

La experiencia le da crédito rápidamente a las palabras de Mariana. La mayoría de los pasajeros son de Norteamérica. Gente mayor, relajada y simpática, curiosa y hambrienta (muy), que busca paisajes desconocidos en la Patagonia y también, un buen tepanyakki en el restaurante japonés. Todo en 14 días, que es lo que dura el viaje.

El barco parte desde Buenos Aires o Valparaíso, por lo que el viaje incluye el vuelo de regreso desde Chile, o viceversa, o sea que los cordobeses deben agregarle un tramo aéreo más. El crucero toca los puertos de Montevideo, Puerto Madryn, Malvinas, Ushuaia, Punta Arenas, Puerto Chacabuco, Puerto Montt y Valparaíso (y a la inversa, claro).

Piscina en la cubierta. A veces el viento no permite disfrutarla.

En el medio, habrá experiencias impactantes, como la de navegar por el Cabo de Hornos, el Canal de Beagle y los fiordos chilenos, y también la de tratar de entender el inglés de los tripulantes que muchas veces es... inentendible. Aunque siempre hay un traductor al español para dar una mano.

Eso sí, el tiempo suele jugar en contra y el viento y el frío podrían ser acompañantes incómodos. Dato a tener en cuenta si la idea era pasarse varias horas en la pileta, tirado en un camastro. Mejor llevar un camperón.

“No es fácil la vida sobre un barco”, cuenta Laura Grandi, una santiagueña que lleva ya 12 años trabajando en cruceros. Pero se conocen personas de diferentes culturas y costumbres”, agrega. 

Rodeados de filipinos (la mayoría de la tripulación del Sun es de ese país), los 14 argentinos que son parte hoy del barco reconocen que es exigente pero que lo siguen eligiendo. Trabajan sin francos, entre 8 y 10 horas por día, y descansan cuando se toca puerto. Es turismo en estado puro, con disposición las 24 horas, con momentos de “exceso de buena onda”, pero con la premisa de que los 1.900 pasajeros la pasen bien.

Golpe al corazón. La costa de Puerto Argentino, en nuestras Malvinas, vistas desde la cubierta del barco. Las condiciones climáticas no permitieron el desembarco.

Norwegian tiene hoy 14 barcos repartidos por el mundo y su base en Miami, desde donde no para de trabajar. “Hay tres mitos sobre los cruceros”, advierte Benseñor: que son aburridos, que no conocés nada y que está lleno de viejos... y la realidad es que en un barco como el nuestro te desconectás, conocés mucho y hay gente de todo tipo”, aclara.

Cuando habla de desconexión no podría usar mejor palabra. Aunque existe la chance de tener Internet (es una de las posibilidades, si se paga un extra), todo parece etéreo sobre el agua, mientras uno se bambolea plácidamente al compás de las olas del Atlántico y el Pacífico.

Con 16 opciones de restaurantes, 11 bares, un spa, un gimnasio y el casino, es difícil pasarla mal sobre los 78.709 kilos del estridente barco. Una mole que toca tierra cada tres días y que ofrece desde clases de español hasta un Picasso auténtico en la subasta de arte.

Malvinas

Un asterisco aparte es la visita a las islas Malvinas, la perla del itinerario que los argentinos eligen para conocer un lugar entrañable. Pero no es fácil, ni puede hacerse siempre porque, como advierten, el itinerario puede cambiar sin aviso previo.

Para desembarcar en la tierra que fue escenario de la guerra de 1982, hay que ser recibidos por un buen día, sin vientos, sin olas; casi de pintura bucólica. De lo contrario el capitán no arriesgará y la visita será abortada, como le tocó vivir a este cronista. 

El Norwegian Sun con proa hacia el Cabo de Hornos, el punto más austral que toca en su viaje entre los puertos de Buenos Aires y Valparaíso, en Chile.

No hay puerto en condiciones de recibir a un crucero en Puerto Argentino. A la ciudad se desciende en los ship's tender, unos botes de gran capacidad que sirve para desembarcar en Malvinas. Lo hacen desde unos cinco kilómetros mar adentro. Y siempre que se pueda.

Sólo los argentinos (unos 150 en el viaje que se cronica) sintieron la tristeza por no descender. El resto del pasaje, al menos los que habían decidido bajar, sólo lamentó quedarse sin ver pingüinos y ovejas en las “Falklands”, como oficialmente se las nombra en el barco.

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