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En familia

Historias de amor a la cordobesa

La Dirección Municipal de Turismo realiza los miércoles de febrero una visita guiada y gratuita que rescata del olvido romances  y pasiones de figuras públicas de antaño. Personajes que debieron superar obstáculos y prejuicios de la época.

Por Redacción LAVOZ.

Dicen que los amores de verano transcurren al calor de la estación y se desvanecen con las primeras brisas del otoño. Sin embargo, el 14 se festeja San Valentín, el patrón de los enamorados y es momento ideal para recordar las historias de amor de la Córdoba de antaño. Amores que superaron obstáculos, amores prohibidos, amores desafiantes e inspiradores que constituyen un legado cultural para las generaciones que le siguieron.

Escultura del fundador de la ciudad de Córdoba, Jerónimo Luis de Cabrera.

 

Amor devoto. La iglesia de la Compañía de Jesús era, por el siglo XVII, el recinto que vinculaba la clase social acomodada con la virtud religiosa. Allí asistía Leonor de Tejeda a confesarse de manera asidua. Casada con el general Manuel de Fonseca Contreras, Leonor mantuvo sus dedicadas costumbres apoyada por su marido, un gentilhombre caritativo que llegó a la Alcaldía y con quien compartió un sueño muy particular: fundar un convento para las mujeres descendientes de los conquistadores que llegaron con la campaña fundadora de la ciudad de Córdoba. 

Al tiempo que enseñaba a las primeras jóvenes en su propia vivienda, su esposo inició la construcción de un edificio que fue base del futuro monasterio. Manuel no llegó a ver la obra concluida y fue Leonor, inspirada por la devoción de su compañero de vida, quien llegó a concretar ese objetivo al fundar el convento de la orden dominica.

Amor prohibido. Además de Leonor, los Tejeda dieron otro hijo dilecto a la ciudad: Luis, el primogénito, considerado el primer poeta argentino. Heredero del fuego sagrado, la historia de Luis estuvo marcada por romances intensos que lo llevaron por caminos considerados prohibidos en esa época. 

Iglesia Santa Catalina, escala obligatoria del circuito.

Tal el caso de las hermanas Bernal de Mercado, a quienes el divorcio de sus padres había estigmatizado. Sobre ellas pusieron sus ojos los hermanos Tejeda. Luis se enamoró perdidamente de Ana, su “Anarda”, como la llamó en sus poemas, en tanto su hermano Gregorio disputaba los favores de Catalina. 

Enterado de que Catalina y Gregorio se habían casado en secreto, el padre puso un abrupto freno a la pasión juvenil de sus alborotados hijos. El matrimonio fue anulado, Gregorio fue puesto en prisión y Luis y Anarda conocieron a partir de allí la tristeza de la separación y un trágico final. 

Amor guerrero. Margarita Weild contaba apenas con 14 años cuando se enamoró de su tío José María Paz, hermano de su madre, María del Rosario. Su tío ocupó en sus afectos un lugar muy especial después de la muerte de su padre y Margarita comprendió muy temprano que sus sentimientos cambiaron conforme ella se transformaba en una joven mujer. 

José María era hombre de armas y no podía responder a los requerimientos de Margarita sin llenarla de sufrimiento. Pero ella estaba dispuesta a todo. Le confesó su amor mientras José se encontraba en prisión y decidió convertirse en su esposa entre las paredes del confinamiento. 

Fachada del museo Juan de Tejeda, entre cuyos centenarios muros se evocan las pasiones de sus antiguos moradores.

Aún cuando anhelaba su libertad, no se movió del lado de José ni aún cuando él se lo rogó debido a su avanzado embarazo. El niño nació antes de que Juan Manuel de Rosas decidiera el traslado de José a Luján, lugar al que Margarita lo siguió y que puso de manifiesto un temple incorruptible.

Amor más allá de la muerte. La panameña Luisa Martel de los Ríos era aún muy joven cuando perdió a su primera hija y quedó viuda. De tal modo, cuando Jerónimo Luis de Cabrera apareció en su vida, Luisa ya conocía las tristezas del mundo. 

En Cuzco (Perú) se transformaron en marido y mujer, pero no tardaron en emigrar ya que Jerónimo Luis marchó hacia el sur para fundar la ciudad de Córdoba, en un sitio alejado del lugar que le indicó la corona española para cumplir ese cometido. Acusado de desobediencia, fue condenado a muerte, sentencia que se cumplió un año después, con la consecuente confiscación de bienes y el repudio de su apellido. 

Lejos de terminar con su amor, la muerte de Jerónimo fue el comienzo de la increíble cruzada de Luisa. No sólo se propuso recuperar la herencia para sus hijos, también abogó por el más delicado regalo a la memoria de su marido, la absolución de la culpa, aunque para ello tuvo que llegar ante el rey Felipe II.  

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