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Cara a cara con el tiburón ballena

Una treintena de kilómetros mar adentro de Cancún, los tiburones ballena se acercan a la superficie de esas aguas, y desde las costas se acercan embarcaciones con turistas dispuestos a nadar con el pez más grande del mundo. Hay planteos para restringir las excursiones.

Por Juan Carlos Simo.

Todas las mañanas, unos 30 kilómetros mar adentro de Cancún, los tiburones ballena se acercan a la superficie de las aguas del mar Caribe y se pasean con calma y estilo, como si ya supieran que desde las costas vendrán las embarcaciones con decenas de personas a buscarlos ahí.

En los botes, mientras tanto, los visitantes vamos en su búsqueda disfrazados con trajes de neopreno, antiparras, snorkel y patas de rana.

Tiburones ballena se acercan a la superficie de las aguas del mar Caribe, a 30 kilómetros mar adentro de Cancún. Las excursiones permiten nadar con ellos.

Los capitanes de las embarcaciones se hablan por las radios, para avisarse dónde están los tiburones. De golpe, alguien dice: “Ahí va uno”. Hay que afinar un poco la vista y sí, ahí está el primero: sólo se ve una aleta. Y luego, con el movimiento de las olas, se descubre un poco más de su parte superior y esa boca gigante, de ballena, que tiene la especie.

Todos los años, nuestro guía alterna la temporada de excursiones con otro período de enseñanza de buceo con tanques de oxígeno. Se le nota un cansancio que contrasta con el entusiasmo de quienes estamos por primera vez en el lugar. O incluso con la de una pareja del estado de Florida, Estados Unidos, que asiste a la excursión por cuarto día consecutivo.

“A muchos los voy reconociendo por las lastimaduras que les producen las hélices”, dice nuestro guía Jared. 

Mar abierto

Durante la excursión, hay que saltar del bote de a dos, siempre que esté el guía, y nadar en paralelo a los tiburones, imitando su trayectoria, con una distancia de dos metros.

Entre mayo y septiembre de cada año, los tiburones ballenas se dejan ver cerca de islas Mujeres y Holbox. En el mundo suelen aparecer en los mares tropicales entre las latitudes de 30° norte y 35° sur, según se lee en un informe de la Dirección General de Vida Silvestre de la Secretaría de Medio Ambiente mejicana.

Verlos intimida un poco, pero basta con observar a los que se zambullen en su búsqueda y la pasión que desata para animarse. El traje de neopreno mantiene a flote y, cuando no hay muchas embarcaciones cerca, no hay prácticamente riesgos. 

Son considerados los peces más grandes ya que suelen alcanzar, en algunos casos, 18 metros de largo.

Estos mamíferos pueden llegar a tener hasta 14 e incluso algunos 18 metros de largo, por lo que son considerados los peces más grandes del océano. Al nadar al lado uno puede contarles las branquias y observar cómo nadan las rémoras a su par, esos peces que se les adhieren por succión y viven asociados.

Es interesante verlos moverse bajo el agua. Suelen nadar muy cerca de la superficie y a veces se hunden para reaparecer en otra parte. Mientras tanto uno tiene que bajar y subir al bote, para seguirlos en su trayectoria. La excursión puede contemplar hasta cinco zambullidas, como en mi caso. En una ocasión, cuando regresaba a la lancha para que otro fuera al agua, me quedé cerca de la embarcación. Con fascinación descubrí que uno de los tiburones estaba bajo el casco, en posición oblicua, similar a la que me aseguraron asumen cuando se alimentan. Como tenía los oídos fuera del agua, pude escuchar que el capitán me gritaba:

-¡Mira abajo tuyo, abajo!

-¡Sí, lo veo, debajo del bote!- contesté.

-¡Noo! ¡Abajo tuyo!

Entonces sumergí la cabeza y entendí a qué se refería. Por detrás mío, se había acercado un tiburón y se había sumergido un poco para pasar por debajo. Y así fue: su decena de metros, sus aletas y sus manchas pasaron como una ráfaga por debajo mío. 

Fue en esa situación que comencé a pensar que no éramos nosotros los que nadábamos en torno a ellos, sino que eran los tiburones los que nadaban en torno a nosotros.

Adrenalina

De los que participaban de la excursión, ninguno sintió algún tipo de temor. Tal vez todos menos dos de nosotros. Fue en la penúltima exploración: nadábamos a la par de uno de ellos, durante varios metros, obnubilados por su porte y su elegancia. El tiburón aceleró su paso y nos dejó un poco atrás y, de golpe, giró en U: la cabeza del tiburón nos enfrentaba, a poca distancia. ¿Tal vez a cinco metros? Es difícil precisar. Mi compañera de momento reaccionó con velocidad y se fue en el sentido contrario, según pude reconstruir después. En mi caso, me quedé observándolo, sólo flotando, confiando en que retomaría su marcha. Pero me equivocaba: en ese momento el tiburón avanzó decididamente hacia mí. 

Es un lugar común decir que hay momentos de peligro en los que uno ve pasar su vida entera en un segundo. No fue lo que me ocurrió. Lo que pasó delante mío en un segundo fue una serie de informaciones sobre los tiburones ballena en la que, según percibí entonces, recité para tranquilizarme:

 

  • Los tiburones ballena son inofensivos para los humanos.
  • Son omnívoros pero les interesa sólo el plancton y necton, como pequeños crustáceos como krill, larvas de cangrejos y copépodos, y pequeños peces como sardinas.
  • Tienen miles de dientes pero pequeñísimos: comen por filtración de agua.

 

Sin embargo, el tiburón estaba ahí, como mirándome. Lo que puedo contar es que lo único que hice fue cubrirme la cara con las manos y encoger un poco mi cuerpo. Pasó un segundo y, al abrir los ojos, el tiburón ya no estaba.

La última zambullida no pudo superar la emoción de la vez anterior. El mar estaba plagado ya de embarcaciones y cada vez era más difícil encontrarlos. Los especialistas dicen que los tiburones se estresan y desde 2011, hay planteos para restringir el acercamiento de las embarcaciones, e incluso frenar la actividad una vez cada siete días. Recordé lo que había sugerido nuestro guía:

“No estoy tan convencido de que a ellos les haga muy bien esto. Son tranquilos y se puede nadar a su lado, pero pronto les molestan las vibraciones de las embarcaciones”.

Los capitanes decidieron regresar. Habría que volver a la mañana siguiente, para nadar entre los tiburones ballena. O viceversa.

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