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Imperdibles

La vuelta al mundo y el maravilloso Coney Island

Coney Island es un emblema en la historia de Brooklyn y un verdadero viaje en el tiempo digno de realizar. 

Por Andrea Molina (Especial).

Llegar al final del recorrido de la línea D, en el subte de Nueva York, es como caer en la madriguera de Alicia en el País de las Maravillas y salir en otra dimensión absolutamente mágica: Coney Island.

Muy lejos parece haber quedado esa ciudad llena de edificios y movimiento. De repente el tiempo pasa más lento, el aire cambia y se vuelve húmedo y salado. Ahora el paisaje es de casas bajas, señoras sentadas en reposeras en la vereda, mar, arena, sombrillas y tranquilas caminatas por la rambla. Junto a esa extraña calma marítima empiezan a escucharse música y gritos de emoción que nos indican que llegamos al mítico parque de diversiones. Enseguida se me contagia esa alegría eufórica del ambiente y dentro de mí siento que tiran un montón de fuegos artificiales.

Ingresar al parque es también viajar en el tiempo. Este lugar tiene más de 100 años de historia y conserva los juegos y estética de la época. Enormes carteles de colores saturados pintados a mano, luces, imágenes de payasos de antaño y toldos de colores rayados son parte del fantástico decorado. Hago mis primeros pasos y ya me encuentro con algunos clásicos: la tetera gigante azul y blanca con sus tacitas girando alrededor, el bellísimo carrusel y la histórica montaña rusa de madera. Se siente el traca traca traca de sus carritos moviéndose y los gritos después de cada bajada.

En el medio del parque se destaca la espléndida wonder wheel (rueda maravilla o vuelta al mundo), cuyos compartimentos se despegan del suelo y vuelan muy por arriba. Quiero subir pero nadie me acompaña, me quedo mirándola un rato e imaginando las increíbles vistas del mar y el barrio que deben apreciarse desde lo alto.

Todos los juegos que necesita un parque sensacional están ahí. Hay muchos de esos que hay que embocarle a un objetivo o derrumbar una pila de latas. También están los infaltables tren fantasma y autitos chocadores. Junto algunas monedas y me pongo a jugar al pinball, me queda un dólar y voy a que el famoso Zoltar me diga mi fortuna. Continúo caminando entre sus vibrantes juegos y colores, insisto en subir a la vuelta al mundo pero recibo una negativa otra vez, así que sigo andando. Me topo con una esquina alucinante que promociona un show de freaks y en cuyas paredes tiene pintados con una estética muy retro a distintos artistas como un escapista, la mujer elástica, la traga sables, entre otros.

Comienza a caer la tarde y un señor con megáfono en la vereda anuncia el último show del día. Entro a una pequeña y cálida sala con escenario y me encuentro con un submundo cultural alternativo y bizarro totalmente fascinante. Me recuerda a la emoción y sorpresa que sentía cuando era muy niña y me llevaban a los circos que pasaban por la ciudad.

Coney Island no sólo es un viaje en el tiempo y a la diversión, sino también un elogio a las tradiciones circenses clásicas, a un arte performativo diverso, nostálgico y alegre. Una oda al entretenimiento del siglo pasado.

No pude dar la vuelta al mundo y es, sin dudas, algo pendiente que guardo y ansío concretar, pero hasta entonces tengo el recuerdo de ese viaje al maravilloso mundo de Coney Island.

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La Voz.